Velas, pulseras y amuletos están integrados en nuestra vida diaria. No es que seamos supersticiosos. Son elementos habituales. Forman parte de nuestra cultura. Y a ellos les solemos atribuir un valor simbólico.
La cultura popular está plagada de normas y ritos que hemos calificado de supersticiosos. Algunos tienen un sentido lógico. Se dice que pasar por debajo de una escalera trae mala suerte. En realidad es una medida de precaución. Evitamos que algo se nos caiga encima desde las alturas.
Otros tienen un significado cultural. Para atraer la buena suerte, tocamos madera. Este es un gesto que ya hacían los pueblos celtas. Quienes consideraban que los árboles eran seres sagrados. En ellos vivían seres mágicos, protectores. Como las hadas y los elfos. Al tocar un trozo de madera es como si su espíritu les protegiera.
Cuando vamos a efectuar un cambio importante en la vida, solemos adoptar una serie de rituales. Nos hemos cambiado de ciudad o de trabajo, o hemos dejado a la pareja con la que llevábamos años, y se nos ocurre, en ese momento, ir a la peluquería y cambiar de peinado, o modificar el estilo de ropa con el que nos vestimos. Son gestos que indican que vamos a emprender una vida nueva. Que empezamos desde la casilla de salida. Estos sencillos actos nos dan fuerza para continuar.
Ese parece ser el papel que cumplen los artículos mágicos. Los vendedores de El Palacio del Incienso, una tienda online mayorista de productos exotéricos, que tienen más de 3.000 artículos diferentes en su catálogo, dicen que los productos espirituales sirven para cerrar etapas y abrir caminos. Para renovar la energía e impulsar un nuevo ciclo.
El cambio es parte inherente de la vida. Todo en la naturaleza, en el cosmos, está en movimiento. Y estos objetos mágicos nos ayudan a pensar que ese movimiento se va a producir a favor de nuestros deseos o intereses. Lo vemos con algunos artículos en concreto.
Las velas.
Nunca dejará de sorprendernos el hecho de que a pesar de que la luz eléctrica sea un elemento habitual en nuestras vidas, continuemos teniendo velas en casa. No las necesitamos como precaución. Es raro, y menos en Europa, que se produzca un apagón eléctrico que dure horas. Incluso, si se produjera, tenemos otros aparatos para suplirlo, como linternas. Y, sin embargo, las velas están ahí. Guardadas en un cajón.
Las velas se supone que alumbran el camino. También en un sentido espiritual. Tanto es así, que como señala la revista Divinity, el color de las velas tiene un significado.
Las velas blancas, las más habituales, representan pureza, claridad, paz, armonía. Es ideal para iniciar nuevos caminos y para evitar que la confusión nuble nuestra mente.
Las velas negras, a las que normalmente le asignamos un valor negativo, son todo lo contrario. Forman parte de un ritual protector. Disipan del entono las energías negativas. Aquellos lastres que nos impiden avanzar en pro de nuestros deseos. Se utilizan para cerrar etapas.
Las velas rojas están asociadas a la pasión, al amor carnal, a la acción. Excitan nuestros instintos, alimentan nuestros impulsos, nos dan vitalidad. La llama del fuego, conectada a una fuente de color rojo, nos invita a tomar acción. A pasar de los pensamientos a los hechos.
El verde es el color de la esperanza. Pero cuando estamos hablando de velas y de fuego, también representa la prosperidad, la abundancia, el crecimiento. No es un símbolo de resistencia. No es que nos aferremos a una ilusión para sobrellevar una situación incómoda, sino que pone en marcha un camino. Un viaje hacia un destino en el que nos vamos a sentir mejor.
El incienso.
Hoy, en las casas, utilizamos el incienso, influenciados por la cultura oriental. Por ese halo exótico que lo envuelve. Pero lo cierto es que el incienso es uno de esos materiales extendidos por todo el mundo. Presente en todas las culturas. Un elemento universal, que nos conecta a todos los seres humanos con independencia de nuestro lugar de procedencia, de nuestra raza, de nuestra cultura y de nuestras creencias.
Por supuesto, el incienso está presente en la cultura judeocristiana occidental a la que pertenecemos. Se utiliza en expresiones culturales como las procesiones de Semana Santa y está integrado en las ceremonias religiosas.
El incienso, sobre todo, es un potente ambientador natural. El olor que desprende la quema de incienso oculta otros olores desagradables como el olor a humedad, los fuertes olores corporales y el olor a tabaco.
Por eso, de una manera o de otra, con matices entre las distintas culturas, al incienso le hemos adjudicado un poder sanador, limpiador. De barrer y echar fuera las malas energías, para hacer que nuestra estancia en el lugar en el que nos encontramos sea más placentera.
Pero el incienso también tiene un sentido místico. Las suaves nubes de humo que se forman al quemar esta resina producen en nosotros un efecto hipnótico que, como mínimo, nos conduce a la relajación.
El humo del incienso sube con lentitud hacia el techo. En su observación, la tensión de nuestra mente y nuestro cuerpo se disipa. El incienso quemado estimula la vista y el olfato, de una manera acompasada, haciéndonos más conscientes del momento presente. Del aquí y del ahora. Y no de los pensamientos que provienen del pasado o que nos proyectan al futuro y que con frecuencia inundan nuestra mente.
Las pulseras.
Como explica la revista Muy Interesante, muchos de los abalorios que han llegado hasta nuestros días proceden de la prehistoria y tenían un significado ritual y mágico. Es el caso de los collares, los colgantes y, por supuesto, de las pulseras.
Las pulseras se vuelven frecuentes en la edad de bronce, donde ya se fabricaban con metales como el oro y la plata. Principalmente, tenían un efecto protector. Protegían a quienes las llevaban de la enfermedad, del infortunio y del mal de ojo. Metales como el oro, se pensaba que interactuaban con los astros y las estrellas y que influían en el desarrollo de los seres humanos.
Contra lo que indican algunas fuentes, en edades tan tempranas de la historia; o de la prehistoria, puesto que aún no había constancia escrita, las pulseras, entonces, no reflejaban ningún estatus social.
La sociedad esclavista se empieza a fraguar avanzada la edad de bronce, donde hay una mayor división y especialización del trabajo. Aparecen mineros, artesanos y soldados, que conviven con los agricultores de siempre. Las nuevas herramientas dan un impulso a la producción y aparece el excedente. Surgen los primeros ricos, cosa que se aprecia en que los enterramientos dejan de ser colectivos para pasar a ser individuales. Y la riqueza acumulada se comienza a transmitir por medio de la herencia por vía consanguínea.
Pero este movimiento no es inmediato, se da en lucha contra la organización comunal de clanes en la que el hombre había vivido desde su origen. La lucha dura siglos. Se supone que las pulseras, igual que los collares, ya se utilizaban en el paleolítico. Por lo que el significado mágico de la pulsera es anterior a la ostentación de riqueza o al símbolo de estatus social.
Hoy, muchas personas adornan sus pulseras con colgantes simbólicos como la mano de Fátima, el ojo turco o el trébol de cuatro hojas, conservando ese sentido protector o de buena suerte, que las pulseras tenían en origen.
Los amuletos.
Llevar un amuleto con nosotros es un gesto bastante extendido. Muchos de nosotros solemos tener nuestros propios rituales de buena suerte. Esa camiseta que nos ponemos para presentarnos a los exámenes, con la que siempre aprobamos, o ese billete antiguo, de 100 pesetas o de tu dólar que siempre llevamos en la cartera. Ya lo decía tu padre, lo peor que te puede pasar es quedarte sin dinero en el bolsillo.
Los amuletos están bastante arraigados en la cultura popular. El blog mexicano Tu Lotero nos habla del origen, de lo que según ellos, son los tres amuletos más poderosos que existen. Tres figuras que solemos llevar con nosotros de una u otra manera.
El ojo turco es uno de ellos. Este ojo es una serie de círculos concéntricos con un punto de color azul en el centro. Es de origen persa. Aunque fueron los griegos quienes lo adoptaron y lo tomaron como propio, probablemente después de las incursiones asiáticas de Alejandro Magno, y fueron los turcos los que lo hicieron popular. Simboliza la vigilancia constante y es un protector frente al “mal de ojo”, las envidias y los celos.
La mano de Fátima proviene de la tradición árabe y judía. Es un amuleto que ya se utilizaba en la edad antigua. Está ligado al poder femenino y a la maternidad. La piedra incrustada en la palma refleja la conexión de la mano (la acción) con el corazón (el sentimiento, las creencias, el lado espiritual). Entre otras cosas es un emblema de paciencia, fe y conexión divina. Entre otras cosas se utiliza para mantener abiertos caminos de salud, amor y cambio espiritual. También se utiliza en rituales de prosperidad, pero más relacionados con el bienestar personal o familiar, que con la acumulación de riquezas.
El trébol de cuatro hojas es un símbolo de suerte y se remonta a la tradición celta. Se supone que es un regalo de la naturaleza. Un golpe de la fortuna. Los pastos y los bosques están repletos de tréboles, la mayoría de ellos son de tres hojas. Por lo que encontrar uno de cuatro, una hierba con esta mutación genética, es algo extraordinario. Un augurio de que algo bueno te va a pasar. Por eso, llevar con nosotros un trébol de cuatro hojas se supone que es un imán de la buena suerte.
Imágenes religiosas.
El catolicismo, la iglesia predominante en España, está plagada de santos y vírgenes con poderes asociados a un área concreta de la vida, que da pie a rituales, que en cierto modo, pueden parecer supersticiosos.
Es cierto que la sociedad española es cada vez menos religiosa o menos practicante. Pero estos santos se han quedado con nosotros, instalados en nuestra cultura. Después de todo, la cultura es eso, nos indica de dónde venimos. Las imágenes religiosas se siguen utilizando en pequeños altares en algunas casas, en medallas que se llevan colgadas al cuello o en amuletos protectores que se colocan en algún punto visible del hogar o del vehículo.
Un gesto curioso es colocar perejil a San Pancracio. Hay que mantener contento al santo para que nos ayude a encontrar trabajo, para conservar el que ya tenemos y para que nunca falte dinero en casa. San Pancracio fue un mártir del siglo IV que murió con 14 o 15 años. Su juventud lo relaciona con los jóvenes que buscan su primer empleo. Por extensión, se ha asociado con todas las personas que buscan trabajo. En la tradición católica, San Pancracio no solo te ayuda a encontrar faena, también la conserva. Colocarle una ramita de perejil fresco proviene de la cultura romana, donde en la antigua Roma, el perejil era símbolo de prosperidad.
Ponerle una vela a San Antonio para encontrar novio es otra tradición que ha sobrevivido al paso del tiempo, aunque sea como anécdota. En otros tiempos, las jóvenes casaderas, encendían una vela al santo para que le ayudara a encontrar marido. Se dice que San Antonio de Padua ayudó a una mujer desesperada a reunir dinero para su dote, lo cual le permitió casarse. Esto ha dado lugar a diferentes rituales para conseguir que el santo intermedie en cuestiones amorosas.
Una de ellas es el ritual de las 13 monedas. La persona que desea encontrar novio o novia, pide 13 monedas a 13 personas distintas, y las coloca en el pie de la imagen del santo junto a una vela encendida. La persona interesada ha recolectado la dote y al santo le corresponde hacer el trabajo más difícil, que es proporcionar el novio.
Todos somos conscientes de que las cosas en la vida nos vienen por trabajo y por esfuerzo. Que al final alcanzamos aquello que andamos buscando. Pero una ayuda mágica de vez en cuando, no nos viene nada mal.



