Hace poco os hablé de la hija mayor del Báltico, y ahora que aún está fresco el relato, os traigo a su hermana pequeña. Se trata de Vilnius, capital de Lituania.
Al entrar en esta diminuta ciudad que más bien parece de cuento de Cristian Handersen, se siente una suave brisa que acaricia sin ser fría, que agradece sin empalago. Resulta una interesante mezcla de edificios modernos y casas blancas, que conviven en perfecta armonía. Una calle central desemboca en una alta torre, orgullo de sus habitantes, y frente a esta se eleva digno y bello el parlamento, rodeado de columnas blancas a modo de pastel de fiesta, con un estilo neoclásico admirable.
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