Tras mi viaje por India que resultó importante en varios campos, llegar a Nepal resultó agradable y relajante. Allí en el techo del mundo, con la cordillera del Himalaya omnipresente siempre ante los admirados ojos de quienes llegamos, caminé por sus calles embarradas unas veces y empedradas otras, girando mi cabeza ciento ochenta grados para ver cada detalle que asomaba a mí desde cada orilla de la calle. Estatuas de piedra milenarias se alzaban enhiestas y los templos de madera pintada de rojo con adornos de la diosa Kali, o el palacio del rey en el que abundaban las ventanas, privilegio de las clases sociales altas y que evidenciaban el poder adquisitivo antaño de la nobleza, con puertas forradas de oro puro talladas delicadamente y con sus gentes deambulando por la ciudad, nos impresionaron.
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