La Segunda Vida del Faraón
Egipto, el imperio más poderoso de la tierra acaba de perder a su líder el faraón Keops. El sarcófago real, a hombros de los sacerdotes de Amón, avanza por el corredor que desemboca en el templo anterior a la gran pirámide en la que descansará hasta que Osiris lo resucite en el Duat.
Pocas veces miramos tras de nosotros, para pensar, para meditar en quién fue aquel y aquella que estuvieron en momentos cruciales de la historia y qué fueron nuestros ancestros, sin los cuales jamás hubiese sido posible existir para ninguno de nosotros.
Cuando penetré en la ribiera italiana traspasando la incontable cantidad de túneles, nunca imaginé que vería ante mí una ciudad tan especial, que se me antojó una hermosa maqueta a tamaño natural. El duomo abulbado y picudo apuntaba discretamente al cielo guardado por una torre que el tiempo y las guerras nunca han logrado inclinar lo suficiente como para derribar su orgullo y templanza. Se trata de la torre inclinada de pisa, sí, esa que suele salir en la mayoría de los panfletos de viajes turísticos y que se ve blanca como si de mármol al completo se hubiera tallado por mano del mismísimo Dios. Penetré en el claustro cuadrangular y flanqueado por magníficos arcos que aportan serenidad con sus líneas limpias y definidas, y subí los peldaños que separan de la tierra la torre, para ver desde el punto de vista de un ave a los seres que pululan por debajo de sus cimientos que de la tierra salen.
En el punto en que comienza el desierto del Thar adentrándome en éste en un cuatro por cuatro, ante mí se recortó la silueta poderosa e imponente del Castillo de Khimsar, que se alza como guardián que advierte del peligro que se cierne sobre el que se atreva a penetrar en el reino del silencio. Las dunas crecen a medida que el viajero entra en las arenas rojizas y calientes del Thar y desde la alta torre del castillo en la que me hospedé, se divisa el horizonte en el que sólo el sol y las arenas calcinadas reinan en un desierto en el que sólo crecen arbustos de diminuto tamaño, anunciando que otrora fue un lugar verde en el que posiblemente abundaron palacios con jardines hoy tragados por las arenas.
Tras mi viaje por India que resultó importante en varios campos, llegar a Nepal resultó agradable y relajante. Allí en el techo del mundo, con la cordillera del Himalaya omnipresente siempre ante los admirados ojos de quienes llegamos, caminé por sus calles embarradas unas veces y empedradas otras, girando mi cabeza ciento ochenta grados para ver cada detalle que asomaba a mí desde cada orilla de la calle. Estatuas de piedra milenarias se alzaban enhiestas y los templos de madera pintada de rojo con adornos de la diosa Kali, o el palacio del rey en el que abundaban las ventanas, privilegio de las clases sociales altas y que evidenciaban el poder adquisitivo antaño de la nobleza, con puertas forradas de oro puro talladas delicadamente y con sus gentes deambulando por la ciudad, nos impresionaron.
La primera vez que visité esta ciudad llegué desde Santiago de Compostela y tras la visión del mayor templo de la cristiandad, contemplé una ciudad moderna y bien trazada junto a un mar que le daba alimento y personalidad a quienes poblaban su suelo, con olor a salitre y a fresco viento que llega desde el norte. Dejé mi equipaje en el hotel y me dirigí al puerto que me habían dicho era algo digno de ver y que arropaba a quien se acercaba a sus balconadas de blanca madera y sus barcos flotando en los muelles como cunas del tiempo, que cabalgan las olas sin descanso siglo tras siglo.
Hace años tuve la ocasión de viajar regularmente a esta ciudad que supuso un hito en la historia de nuestro país, y en la que se yerguen algunos de los más impresionantes monumentos. Acudí a varios congresos de ventas en los que preparé a grupos de agentes comerciales, y cuando concluía cada sesión, no podíamos sino perdernos por sus calles llenas de gentes hospitalarias y alegres que nos brindaban su ciudad para disfrutar de ella.
Cabeza de Castilla, ciudad emblemática, y mítica a un tiempo, Burgos hace las delicias de quien llega hasta ella para contemplar su catedral, llena de detalles hermosos y con sus dos torres puntiagudas pinchando el cielo mismo, en un intento de abrirlo desde la tierra.
Capital de las primeras en serlo, de aquellas que dieron renombre a la reconquista, y entregaron a los primigenios pobladores, tierras y lugar de residencia, una fue León.
Cuando desembarqué en el aeropuerto de Sevilla, sentí que me internaba en un mundo paralelo en el que cada detalle iba a ser diferente por completo a todo lo visto hasta aquel instante, en el que el tiempo me trasladaría a la tierra de las taifas y las mezquitas de altos minaretes, que pincharon el cielo, y de las que sobrevivió uno de ellos, para convertirse en la señal enhiesta de la más altiva y poderosa Catedral de la Europa medieval.