10-febrero-2009Raúl Luceño

Debo reconocerlo, nunca me ha gustado el cine llamado “de autor”, o “alternativo”, jamás he soportado esas películas que, con la excusa de la autoría, se han pasado por el forro cualquier tipo de norma tanto temática como formal. Me ha exasperado la manera que han tenido dichos autores de negar un arte, creando otra cosa con la misma herramienta, producida, o sea pagada, por sabe Dios quién.
He bostezado como el que más viendo cine de nacionalidades pobres, en pequeñas salas con cuatro personas, con la maldición del eterno retorno y sus minutajes sin fin. No he comprendido la “poesía” japonesa o “el tempo” pasoliniano y me he perdido la mitad de una historia intentando seguir unos subtítulos mal dibujados. He criticado con aires de grandeza a quienes abarrotaban las salas de al lado con grandes cuencos de palomitas y grandes refrescos, de la mano de sus parejas o amigos. Nunca ha hablado bien de los actores de moda, cuando ésta se ha hecho visible, ni he reconocido floja la última de tal o cual autor revientapremios. He sido una mente privilegiada, por encima de la media, con un gusto exquisito y maneras de educación sin fín.
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