El Cansancio de Norman
Otra noche de tormenta. Estoy cansado, pero sobre todo aburrido. Al principio la idea de Robert Bloch me pareció incluso divertida, pero el tiempo ha pasado y estoy enlazado a este cliché tan fuertemente que ya no recuerdo absolutamente nada de mi pasado anterior. El viento arrecia en el exterior y la mecedora de madre chirría con suavidad en su habitación; todo está preparado de nuevo. Tengo que levantarme y acicalarme, él necesita que mi presencia sea impecable. Estoy cansado de este juego, pero quizá él venga esta noche. A veces aparece, sólo para disfrutar mirando, por el morbo obseso de espiar y gozar sin mancharse las manos. Sé que se lo debo todo, pero a veces le odio… no muerdas la mano que te da de comer.
El siguiente texto es el escrito encontrado junto a un viejo borracho en la taberna de un pequeño puerto pesquero cerca de Lisboa, está incompleto pero su historia, que se deja entrever, sugiere y evoca otra mucho más famosa, llevada a cabo en el corazón de África, en medio de las tinieblas.
Apartó la mirada al notar su estómago algo revuelto. Le parecía de muy mal gusto, una enorme falta de consideración, que el tal Ernesto de Entrambasaguas, por muy conde que fuera, se atreviera a manchar los libros de la balda de “recomendados”. Más que una excentricidad de anciano noble, que el susodicho se suicidara salpicando a Henning Mankell, Vicente Aleixandre e, incluso, a Pablo Neruda, le pareció de una gran y vil bajeza humana.
Año del Señor de 1793
Cuando llegó la orden, pensé que era una broma. Hasta ese momento nuestro Gobierno nunca había resuelto una crisis de esa envergadura por la fuerza de las armas, aunque fuera de manera encubierta. Yo me encontraba en aquellos momentos disfrutando del sol, la comida y las mujeres, por lo menos de su visión, en la griega isla de Creta. La fragata que nos había trasladado estaba fondeada a unas millas al sur, en aguas internacionales y aunque la movilización de mi unidad se había hecho con urgencia, todos sabíamos que probablemente no entráramos en acción. Nunca lo habíamos hecho y aunque las excusas generalmente estaban relacionadas con evitar daños personales innecesarios, pensábamos que el ejecutivo central temía enemistarse con los países árabes de la zona que históricamente habían sido considerados amigos.
El barco discurre plácidamente bajo un sol abrasador, Ra está vengativo piensas. No sucumbes al sopor que propicia la abundante comida recién ingerida y decides, encomendándote a Osiris ya que te hallas sobre el Nilo, combatir el tedio con una de las muchas revistas de pasatiempos que se amontonan formando una caótica pirámide en una especie de arca de ébano decorada con escarabajos y signos que, en otra época, seguramente fueron proféticos.
- ¿Qué siniestra trama le ha traído hasta mi humilde casa?
Siempre que estrenábamos era como la primera vez. Nudo en el esófago, sensación de vértigo, ganas de empezar, miedo a empezar, anhelo de aplausos, pánico a los críticos… Así que no era nada nuevo que, justo antes de empezar, tuviera que ir con urgencia al baño, aunque no sabía si para aguas menores, mayores o, incluso, expulsar lo poco que contenía mi estómago. Me refugié en uno de los retretes, pero los débiles tabiques no dan ni seguridad ni intimidad. En el cubículo de al lado, alguien canturreaba en francés. Sorprendida me di cuenta de que estaban recitando una parte de “El enfermo Imaginario”, la obra del estreno. Pensé que sería alguien de la compañía gastándome una broma absurda: aunque no teníamos propiamente servicios de damas y caballeros para los actores y actrices, el acuerdo tácito era ir de uno en uno…
Estoy muerto. No, no es una forma de hablar. Lo sé, estoy seguro. Me he enterado esta mañana cuando al levantarme de la cama me he sentido ligero, casi volátil y ya no me dolían las heridas que sangraban profusamente cuando me dormí o perdí el conocimiento. Además puedo atravesar con facilidad paredes y puertas, noto cuando lo hago que me fundo con la madera, con el ladrillo y la cal. No siento nada. Además mi memoria comienza a fallar, mis recuerdos empiezan a ser dispersos, nebulosos y lejanos. No es que me importe mucho y ni siquiera habrá quien me llore.
- ¡Tabernera! – truena una voz que reverbera en mi cabeza como si yo misma fuera, toda entera, una caverna y esa voz ascendiera desde mis pies a mi testa. - ¡Tabernera! Dos vinos.