Ciudad de México, Año del Señor de 1685
Mi señora Sor Marcela de San Félix,
Cuán honrada me sentí cuando recibí vuestra cortés misiva. Si mi pundonor no me lo impidiera proclamaría al mundo entero nuestra amistad, mas la prudencia se impone, pues debemos ser cautas. A Vós os han hecho pagar con creces lo que ellos, malos siervos del Señor pero amos de la nuestra querida Iglesia, llaman osadía. Compartimos el mismo Sino. Estamos en manos de unos necios incultos que confunden Arte con desacato. ¿O acaso no es un gran pecador aquel que obliga a quemar libros, a destruir obras? Dicen aquellos que han podido leer vuestras rimas con el corazón noble, libre de las envidias que corroen a nuestros obispos, que bien podrían competir con vuestro propio padre, el gran Lope de Vega, al que Dios tenga en su Gloria y le haya perdonado sus deslices. A Vós, hija nacida sin el amparo del divino sacramento, quiso el Señor recompensaros con el don de la escritura y ahora vuestro confesor os castiga por ello con ruindad, acusando de liviandad lo que vós hicisteis con diligencia, arte, generosidad y sin duda guiada por la Fe. ¡Que mezquino es el hombre que no puede aceptar que la mujer sepa amar las palabras, componer, gozar con el Arte, como si éste fuera derecho único de varones!
Continuar leyendo »