Mika el Finlandés
El barco discurre plácidamente bajo un sol abrasador, Ra está vengativo piensas. No sucumbes al sopor que propicia la abundante comida recién ingerida y decides, encomendándote a Osiris ya que te hallas sobre el Nilo, combatir el tedio con una de las muchas revistas de pasatiempos que se amontonan formando una caótica pirámide en una especie de arca de ébano decorada con escarabajos y signos que, en otra época, seguramente fueron proféticos.
- ¿Qué siniestra trama le ha traído hasta mi humilde casa?
Siempre que estrenábamos era como la primera vez. Nudo en el esófago, sensación de vértigo, ganas de empezar, miedo a empezar, anhelo de aplausos, pánico a los críticos… Así que no era nada nuevo que, justo antes de empezar, tuviera que ir con urgencia al baño, aunque no sabía si para aguas menores, mayores o, incluso, expulsar lo poco que contenía mi estómago. Me refugié en uno de los retretes, pero los débiles tabiques no dan ni seguridad ni intimidad. En el cubículo de al lado, alguien canturreaba en francés. Sorprendida me di cuenta de que estaban recitando una parte de “El enfermo Imaginario”, la obra del estreno. Pensé que sería alguien de la compañía gastándome una broma absurda: aunque no teníamos propiamente servicios de damas y caballeros para los actores y actrices, el acuerdo tácito era ir de uno en uno…
Estoy muerto. No, no es una forma de hablar. Lo sé, estoy seguro. Me he enterado esta mañana cuando al levantarme de la cama me he sentido ligero, casi volátil y ya no me dolían las heridas que sangraban profusamente cuando me dormí o perdí el conocimiento. Además puedo atravesar con facilidad paredes y puertas, noto cuando lo hago que me fundo con la madera, con el ladrillo y la cal. No siento nada. Además mi memoria comienza a fallar, mis recuerdos empiezan a ser dispersos, nebulosos y lejanos. No es que me importe mucho y ni siquiera habrá quien me llore.
- ¡Tabernera! – truena una voz que reverbera en mi cabeza como si yo misma fuera, toda entera, una caverna y esa voz ascendiera desde mis pies a mi testa. - ¡Tabernera! Dos vinos.
El coche era nuevo, me dijo que lo había adquirido con el dinero que la editorial le había adelantado por su última novela. No recuerdo si era “Las Puertas del Imperio” o alguna aventura del musculoso bronceado de Cimeria. A mí todos esos relatos siempre me han parecido inmorales y perfectamente prescindibles, pero cuando se ejerce mi profesión no se debe juzgar los actos de los enfermos, sino sus patologías. Un Plymouth de color negro, encerado y brillante hasta la exageración. Creo que lo amaba más que ninguna persona. Bueno, a su madre sí que la quería, ya que lo que le encaminó al fatal desenlace, si se me permite opinar, fue la certeza de que la tuberculosis se la llevaría de su lado. Como efectivamente ocurrió veinte horas después.
El día, a pesar de estar a finales de octubre, era caluroso y claro e invitaba a pasear por el campo y a escaquearse de los deberes diarios. Tan distraída iba admirando el cielo, azulísimo y sin nubes, que casi tropiezo con la chiquilla. Tendría unos trece años y me llamó la atención su pálida tez y los bucles de su pelo, pues no seguían, para nada, la moda actual. Me invitó con amabilidad a sentarme a su lado y lo hice, algo sorprendida por hallarla sola en medio de aquel hayedo.
“Corre Jacob, levántate, ya es primavera”. Wilhelm más pequeño y vivaz que su hermano ya se había puesto los calzones y sumergido las manos en la fría agua de la palangana para lavarse las manos. Jacob, remolón, luchaba por despegar de su cuerpo las pesadas mantas y salir del calor del jubón. “Es primavera, por fin”.