
Tendría treinta años cuando leí, por vez primera, “El amor en los tiempos del cólera”. Estaba, como casi siempre, a la sombra de los alerces viejos que bordean el viejo sendero de este pueblo viejo y arrugado. Sentado en un viejo banco de maderas agrietadas, recién terminada esa historia de amor entre viejos, me sentí viejo. Viejo. Bueno. Quizá no fuera eso. Quizá mi temor residiera en los años venideros. Al proyectar el futuro me veía caduco, impotente, un eunuco abandonado en el imperio de los fuertes. El sol declinaba despacio, se dejaba arrastrar por los tentáculos imperceptibles de las nubes, se sonrojaba al ocultarse en los trigales. “El día está viejo”, pensé antes de incorporarme y, tras el rutinario vistazo a su balcón, caminar con el peso de los años, los míos y los de Florentino Ariza, rumbo a la decrépita soledad de mi hogar.
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