Un Viaje por el Desierto
El hombre escupió con desgano, más por desprecio que por necesidad. Luego, observó los distantes cerros y se prometió que llegaría a ellos al día siguiente. Prosiguió con su caminata, hundiéndose en la monotonía de la agobiante y calurosa marcha. Muy atrás habían quedado los suburbios de la ciudad en que inició su viaje, lejos estaban los rostros de aquellos niños que lo vieron pasar y alejarse en dirección al desierto; ellos habían sido sus últimos atisbos de humanidad desde hacía cuatro días. Y ahora, inmerso en la oprobiosa soledad, los recordaba con cierto cariño no exento de envidia por estar mejor situados que él.
Estoy en la cumbre del cerro San Cristóbal y veo al sol ocultarse tras el horizonte. Mientras eso acontece, giro de vez en cuando el rostro hacia Santiago. Qué extraño. El hormiguero humano no me inspira nada. Veo surgir las primeras y tímidas luces entre los repliegues de la ciudad, semejantes a insectos nocturnos que inician su vuelo. Qué extraño. Lo único que me emociona es el viento frío que roza mi cuerpo. (El disco luminoso está casi totalmente oculto). Las personas derivan a mi alrededor, envueltas en sus propios asuntos y comentarios: las parejas abrazadas, los turistas, los niños correteando… y los visitantes de costumbre que dirán: “otra vez vino el loco que escribe y escribe en su libreta”. (El sol ha desaparecido). Qué extraño. 
