La Extraña Costumbre Gala

Cansados, doloridos, arrastrando sus pies por el asfalto ardiente, a las cuatro de la tarde de un mes de agosto. No les restaban fuerzas para emitir una sola palabra, pero ambos pensaban lo mismo y buscaban lo mismo: algún lugar donde poder comprar algo que llevarse a la boca, y una cerveza bien fría, si alcanzaba. No resultó fácil, en aquel barrio de mala muerte, pero finalmente se hallaron frente a frente; ellos y aquella tienda de comestibles, de las que abren ininterrumpidamente hasta bien entrada la madrugada y que, por tal motivo, esgrimen precios desorbitados a compradores desesperados. Era el caso.


