El Doctor Fauster
- Y ¿Qué es lo que ve allí señorita Hendersoon? ¿Qué es lo que hay detrás de esa nube de humo?
- No lo sé, nunca he querido seguir más adelante.
- ¿Por qué no lo hace ahora?
- Tengo miedo.
- ¿De qué?
- Del monstruo.
- Ajá.
- Y ¿Qué es lo que ve allí señorita Hendersoon? ¿Qué es lo que hay detrás de esa nube de humo?
- No lo sé, nunca he querido seguir más adelante.
- ¿Por qué no lo hace ahora?
- Tengo miedo.
- ¿De qué?
- Del monstruo.
- Ajá.
Me he quedado en blanco esta noche y ya no puedo escribir nada. Nada, por que mágicamente las ideas huyen y se alejan y un escritor sin ideas, bueno, para qué lo vamos a negar, no es nada, apenas una pobre caricatura de sí mismo. Así que, como verán, después de estar sentado por más de dos horas frente al computador, es comprensible que terminara dándome por vencido, eligiendo la comodidad de mi habitación y el alivio del sueño antes que el frío de la noche.
Solíamos amarnos Jane ¿Lo recuerdas? Solíamos caminar por el parque abrazados, tomados del brazo, mirándonos a los ojos como dos perfectos enamorados y entonces no necesitábamos a nadie, nada de lo que este mundo decadente podía ofrecernos, nada. Lo teníamos todo y al mismo tiempo no teníamos nada y era maravilloso ¿Lo recuerdas? Mierda, que tiempos aquellos. Vivíamos sólo para estar juntos, para vernos, para tocarnos y el mundo a nuestro alrededor desaparecía, como si todo en realidad se tratara de una vana casualidad, de un simple espejismo. Maldita sea Jane ¿Qué nos paso?
Ya se le había advertido, pero, así y todo, no hizo mucho caso. Era como esos niños porfiados, un lector algo terco y obstinado, aunque también audaz y desafiante. Así fue entonces como al empezar la lectura, se dio cuenta que, para bien o para mal, aquella historia no era como todas o, por lo menos, no era lo que había esperado encontrar al empezar a leer el ocaso de aquel libro perverso. Pero saben, en realidad no le importó y, es más, fue como si al parecer toda esa confusión del comienzo y esas extrañas advertencias le entusiasmaran aún más, dejándose llevar fácilmente por la curiosidad, y quizás también por ese vicio necesario de la desobediencia. No se dejó amedrentar por aquel singular comienzo y pensó que tal vez si seguía leyendo, un poco más allá, todo volvería a tener sentido: obviamente, nuestro reciente amigo no sabía en lo que se estaba metiendo.