
Puedes llamarte Miguel, Alberto, Hugo, Juan, Enrique, Carlos, o Francisco, es lo mismo. Lo que sí no te cuadraría nunca es uno de esos rimbombantes Brandon o de los anacrónicos Jacintos. Uno más, lo mismo que tu rostro, la viva estampa del Tercer Mundo, con la delgada vena que palpita sobre tu sien derecha, las ojeras que se pronuncian alrededor de tus párpados, el cabello en remolino, desordenado, y la barba crecida en la misma mueca de disgusto que cargas desde hace más de tres décadas. La barriga se te eleva más de cuarenta centímetros sobre el plano normal del cuerpo, y será una vergüenza cuando cierren la tapa de tu ataúd y apenas quepas dentro con semejante gordura y el párroco deba plantar encima su trasero y presionar a riesgo de que se le afloje el almuerzo de la tripa y se le escape un viento.
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