Soñadora | Inexpresiva

Soñadora
Con la mirada fatigada
por el ciego mirar hacía las alturas,
voy cruzando el mundo.

Soñadora
Con la mirada fatigada
por el ciego mirar hacía las alturas,
voy cruzando el mundo.
Marian se paseaba absorta, internada en la penumbra silenciosa, entre las estanterías de su biblioteca mientras observaba como las luces y las sombras escenificaban, devolvían o engullían las formas de sus libros. Conocía aquel lugar a tientas desde la A de Anderson hasta la Z de Zafón. Había memorizado todas sus adquisiciones con las que fue rellenando poco a poco sus estantes. Rodeada por esa enmudecida sabiduría llenaba sus horas de vida, alargándolas indefinidamente. La librería de Marian constituía el verdadero organismo que le dotaba de una experiencia mágica y duradera. Los libros, en especial los que trataban de otras obras de la literatura, eran el sustento de su existencia y desde hacía tiempo empezaron a sustituir sus propias ilusiones.
Dice una vieja saga alemana que hubo una vez una joven virgen llamada Lore, que era hija de un noble caballero cuyo castillo se elevaba sobre una peña llamada Ley, a orillas del Rhin. Un joven, guapo y apuesto caballero se había fijado en la joven Lore por aquel entonces…