Tenemos las horas contadas me dijo, porque como Alicia, habitábamos en un mundo de espejismos e ilusiones. Sin embargo no temimos embarcarnos en la aventura de un viaje sin destino. Teníamos de nuestra parte, a las ninfas del agua, las hadas de las dunas, los duendes del bosque y a toda la cohorte de tritones y sirenas de los Dioses del océano.
Todo era perfecto hasta que un fuerte golpe de viento rasgó las velas de su barco y nubes negras amenazando galerna cubrieron su cielo, dejándole desorientado y a la deriva en medio del mar.
El sol seguía brillando pero en ese momento él aún no lo sabía. Intenté convencerle a pesar de la amnesia sufrida por los Dioses, de que yo conocía el raro lenguaje de las ardillas, y que juntos seríamos capaces de volver a descubrir la magia que produce el canto de los grillos en las noches de verano o el de las cigarras, ebrias por el calor, a la hora de la siesta.
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