La Mudanza
Cuando comprobé que los últimos trastos estuvieron en el camión de la mudanza, me subí a la cabina con aquellos operarios silenciosos y eficaces, completamente alejados de mi imagen de los mozos de carga parlanchines y bebedores.
Cuando comprobé que los últimos trastos estuvieron en el camión de la mudanza, me subí a la cabina con aquellos operarios silenciosos y eficaces, completamente alejados de mi imagen de los mozos de carga parlanchines y bebedores.
Tiene gracia.
Y maldita la gracia que tiene.
Pero a ellos les hace mucha gracia.
Dirán: Qué gracia tiene el puñetero.
Estaba soñando que Bambi patinaba en las escaleras, en el rellano del portal. Por allí iba Bambi despatarrado, como por una pista de hielo, y yo con él.
Y de repente, ¡zas!, me caí sin patines. Pegué contra el suelo y se me despertó un ojo, uno sólo, con el ruido del porrazo. Mis pobres huesos sonaron como las pastas duras de un libro que se aplasta sobre el parqué. Y un poco como ramas secas.
Luego no fui capaz de volver a subirme a la cama.