Editorial Narradores

Los Veinte Mejores

27-enero-2011Luis Sarsanedas

Ilustración del relato 'Los Veinte Mejores'
[A mi padre]

NO CÓMO tra­du­cir esta frase. Se me ocu­rren varias expre­sio­nes pero nin­guna se ajusta exac­ta­mente a lo que quiso decir el autor. No sé si exis­tirá en espa­ñol la pala­bra… Con­sulto el dic­cio­na­rio de la RAE. Nada. Me duele la vista de tanto mirar a la pantalla.

Afuera el cielo está enca­po­tado. El viento agita el follaje de la morera que crece frente a mi casa, en la plaza de la Igle­sia; señal que va a caer una buena. Hace una tarde triste, sin luz, melan­có­lica, y no sé por qué pienso en Veró­nica. Pen­sar en ella me pone más melan­có­lico toda­vía. La he olvi­dado, en efecto, pero eso no quita que haya dejado de que­rerla. A decir ver­dad la quiero sin que­rer, como aque­llos recuer­dos de la infan­cia que enton­ces me pare­cie­ron terri­bles y hoy, indo­lo­ros, hasta los encuen­tro ridícu­los. Cosas de la edad.

Guardo el docu­mento y apagó el orde­na­dor. Mañana será otro día.

Un trueno me acon­seja que no salga de casa, como era mi pro­pó­sito; ade­más, a decir ver­dad, tam­poco tengo muchas ganas de tomarme un café en el bar. No me ape­tece hablar con nadie. Quiero estar solo con mis pen­sa­mien­tos. En silencio.

Enciendo un ciga­rro y me pongo a mirar por la ven­tana. La plaza está pre­ciosa. Un trac­tor cir­cula por la Bai­xada de l’Ajuntament. En Ca l’Andreu reco­gen ya. ¿Qué hora es? Las seis menos cinco.

Mi padre tam­bién se fue. El día de su entie­rro Dios quiso ren­dirle home­naje y ocultó el sol bajo su capa gris perla. Como hoy. Pero no llo­vió. Se murió en el sofá de casa de mi her­mana. Se quedó dor­mido y no vol­vió a des­per­tarse. Un ata­que al cora­zón. Ful­mi­nante. ¿Adónde esta­rás, viejo pro­fe­sor de len­guas? ¡Tú sí que sabías gozar de la vida! ¡Hasta supiste morirte! Sin ente­rarte… ¿Sabes lo que me duele? No haber podido des­pe­dirme de ti.

Le doy la última calada al ciga­rri­llo y bajo hasta el come­dor. Afuera empieza a llo­ver fuerte. Se me ocu­rre enton­ces la idea de ponerme nos­tál­gico, escu­char en el toca­dis­cos un viejo vinilo de aque­llos que solía poner mi padre. Algún chan­son­niere: Jac­ques Brel, Azna­vour,… ¿Edith Piaf? No sé si tenía alguno. Rebusco en la dis­co­teca… ¡Geor­ges Mous­taki! No me acor­daba de éste. Tam­bién canta en fran­cés. ¡Cuán­tos recuer­dos me trae Le métè­que:.. Avec ma gueule de métè­que de juif errant de patre grec et mes che­veux aux qua­tre vents…! Es un doble LP, edi­tado hace veinte años; Los 20 mejo­res de Geor­ges Mous­taki. ¿Por qué no escu­charlo? Abro la por­tada del disco. Hay cua­tro foto­gra­fías del can­tante en blanco y negro y la letra, tam­bién, de cua­tro can­cio­nes: Le fac­teur, Sans la nom­mer, Je ne sais pas ou tu com­men­ces y la popu­lar Le métè­que. “Letra y música de Geor­ges Mous­taki” leo. Enciendo el toca­dis­cos. Pongo el pri­mer disco sobre el plato –cara 1– y la aguja sobre el vinilo. Los pri­me­ros acor­des de Le métè­que inun­dan la habi­ta­ción y me arras­tran a mi niñez. Recuerdo estar sen­tado en el sillón, con el disco abierto, inten­tado seguir la letra mien­tras mi padre la can­taba de carre­ri­lla como si el fran­cés fuera su len­gua materna. Avec ma gueule de métè­que de juif errant de patre grec et mes che­veux aux qua­tre vents. Avec mes yeux déla­vés qui me don­nent l’air de rèver moi qui ne rèves plus sou­vent… Cie­rro los ojos y escu­cho la voz de mi padre, a mi lado, sola­pán­dose con la de Mous­taki en una armo­nía per­fecta. La voz pro­funda, lige­ra­mente ronca, del pro­fe­sor de len­guas, hom­bre de mundo. La cali­dez del sonido en vinilo, el sutil refrito de la aguja repa­sando los sur­cos como un hacen­doso labra­dor… Por un momento –una ben­dita eter­ni­dad– creí que mi padre estaba al lado. Abrí los ojos. Sólo vi a nadie. Una lágrima se escapó fur­tiva de mis ojos. La melan­co­lía de una tarde gris de invierno.

Cuando acaba el corte, vuelvo a ponerlo. Me estiro en el sofá y me dejo lle­var por la música. Luego viene el segundo tema, Ma soli­tude, y el ter­cero me depara una pequeña sor­presa. No me acor­daba de esta can­ción. Le fac­teur, una de sus pre­fe­ri­das. Es una letra muy bonita, y triste; un niño que muere ado­les­cente sin cono­cer la vida, el amor y todas las vici­si­tu­des que nos hacen cre­cer, a veces dema­siado, otras en su justa medida y tiempo. C’est lui qui venait cha­que jour, les bras char­gés de tous mes mots d’amour. C’est lui qui por­tait dans ses mains, la fleur d’amour cuei­llie dans ton jar­din. Y ahora entra la voz de Fran­co­ise Walch: Il est parti dans le ciel bleu comme un oiseau enfin libre et heu­reux. Y la voz de mi padre, a dúo, Et quand son âme l’a quitté, un ros­sig­nol quel­que part a chanté. No es Mous­taki quien canta sino mi padre. Abro los ojos y veo una som­bra detrás del toca­dis­cos; el busto de un hom­bre como dibu­jado a car­bon­ci­llo en el aire. Es mi padre que des­a­pa­rece en un par­pa­deo. Su fan­tasma eté­reo o mi ima­gi­na­ción sugestionada.

Dejo que acabe la pri­mera cara y decido no poner más dis­cos. Dema­sia­dos recuerdos.

La tor­menta parece amai­nar. Llueve pero no dilu­via. Me des­pe­rezo, me levanto y guardo el disco en su funda. Luego me pre­paro un buen café. Mien­tras tanto, enciendo la radio que tengo en la mesa de la cocina. Mª Elena Rodrí­guez entre­vista a Johnny Deep, de pro­mo­ción en España con su última película.

–¿Qué ha sido lo más difí­cil de tra­ba­jar con Stephen?

–Well… –y una parra­fada en inglés con mar­cado acento sureño.

–¿…Por qué no quie­res creer…? Bueno, la ver­dad es que Step­hen es un gran pro­fe­sio­nal que sabe cómo.… –tra­duce el intérprete.

–¿Qué opi­nas del tra­bajo de tu com­pa­ñera, la actriz Nicole Kay, y las crí­ti­cas desata­das por el colec­tivo femi­nista que la acu­san de reaccionaria?

–(Se ríe) The ame­ri­can peo­ple also…

–…Hay otros mun­dos… La socie­dad ame­ri­cana es, a veces, dema­siado susceptible…

Pero, ¿qué dicen? Unos segun­dos antes de la tra­duc­ción se oye una voz clara y lejana, de un hom­bre. ¿Están radiando una psi­co­fo­nía? Presto atención.

–Se dice que pien­sas gra­bar un disco de coun­try con tu banda, los Alabama’s Tra­ve­lers Boys. ¿Qué hay de cierto en esa noticia?

–Well, really…

–…Rubén San­tana Rigau. ¡Pre­sente…! La ver­dad es que en estos momen­tos me tomo la música…

¡Madre mía! ¿Quién nom­bra a mi padre? ¡Me estoy vol­viendo loco!

–Bueno, y para aca­bar la entre­vista, me gus­ta­ría que salu­dase a los oyen­tes de “Las tar­des con Mª Elena Rodríguez”.

El tra­duc­tor susu­rra la pre­gunta en inglés.

–Oh, well, Un saludo a… ¿Cómo se dise…? …Catorce cin­cuenta a eme… Un saludo de cora­són a los oyen­tes de “Las tar­des con Marie­lena Rodrígues”.

¿Catorce cin­cuenta a eme…? ¿Las tres menos diez minu­tos de la tarde? ¿Qué pasa a esa hora? ¿Catorce cin­cuenta…? Cojo un bloc de notas y escribo 14:50 a.m.… O 1450 AM… ¡La fre­cuen­cia 1450 de la onda media! ¡Mi padre quiere comu­ni­carse por el 1450 de la onda media! La busco rápi­da­mente en el dial; no se escu­cha nin­guna emi­sora. Sólo el rumor de una cadena árabe, tal vez tunecina.

–¿Papá…?

–…Rubén San­tana Rigau. ¡Presente…!

–¿Papá…?

–¡…Deja de repe­tir papá como un loro…! ¡…Carajo…!

¿Carajo? ¡Eso decía mi padre cuando se enfa­daba! Ade­más es su misma voz. Su mismo tono.

–Papá, ¿pero qué haces en la radio? ¿Adónde estás?

–…Estoy aquí contigo…

Miro a mi alre­de­dor; salvo yo no hay nadie más en la cocina.

–…Sién­teme…

Puedo sen­tirlo. Siento la cali­dez de unos bra­zos pater­na­les e invi­si­bles. Mis ojos se lle­nan de lágri­mas. No sé qué decirle.

–Papa, ¿cómo te encuentras?

¡Vaya pre­gunta!

–…Estoy muerto…

No puedo evi­tar reírme.

–Eso ya lo sé. Fui a tu entierro.

–¿…Cómo está tu hermana…?

–Bien. Los niños ya van a la guardería.

–…Tres años tiene…

–¿Eh…? Sí, tres años el pequeño.

–…Javier tiene cinco…

–¡No pier­des la cuenta a pesar de la distancia…!

–…Estoy con voso­tros… Siempre…

–Eso ya lo sabemos.

–…Cree en mí… Hasta la vista…

–¿Qué? ¡No te vayas! ¡Tengo tan­tas cosas que explicarte…!

–…Lle­ga­rás muy lejos… Te quiero… Adiós…

–Adiós… ¿Papá…?

–…

Se fue. Me siento en la mesa de la cocina sin dejar de escu­char la radio mal sin­to­ni­zada. Un árabe habla de reli­gión en fran­cés. ¿En Túnez se habla fran­cés? Creo que sí.

No volví a oír su voz.

Afuera ha dejado de llover.



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