Añorando a Holden Cauldfield
Cuando alcancé las primeras dunas de arena, después de los cuatrocientos metros de vacío desde la playa, me puse a llorar. No sabía, y aún hoy no sé como pude atravesar todo esa arena sin recibir ni siquiera un arañazo cuando a mi alrededor había miles de cuerpos muertos, heridos y descuartizados. Estaba siendo una masacre tan brutal que incluso (por lo menos eso quiero creer) Patton y los otros generales que nos mandaban, estaban horrorizados.
Pero supongo que todo aquel que llegue a leer estas pocas líneas conocerá de sobra lo que ocurrió aquellos días de verano de 1944 en Normandía y por supuesto, aunque mi mente jamás ha dejado de recordar una y otra vez aquellos horrores, me niego a reproducirlo en papel. Muchos amigos y conocidos se dejaron allí la vida y todavía se me presentan en sueños para preguntarme por qué yo sigo vivo.
Cuando mi corazón se relajó un poco, comencé a arrastrarme duna arriba, con cuidado, centímetro a centímetro hasta que asome la cabeza por encima. La imagen al otro lado era igual de desoladora. Las baterías nazis escupían fuego y muerte, alcanzando a franceses, americanos, canadienses e ingleses por igual. Recuerdo gritos y dolor y de repente rabia y odio. Me levanté y como muchos otros comencé a correr hacia los alemanes, gritando para expulsar el miedo. Cincuenta metros, luego cien y a mi alrededor me iba quedando solo. La energía de los primeros metros se convirtió de nuevo en pavor así que cuando divisé un gran agujero provocado por un obús, que nunca supe si nuestro o de los nazis, me lancé de cabeza.
Choqué contra un joven de más o menos mi misma edad, delgado y con la cara afilada. Estaba cubierto de sangre y sujetaba entre sus manos la tripa abierta de un soldado muchos más joven que nosotros, casi un niño que tenía colgando de los labios un cigarrillo sin boquilla.
- Ayúdame. Sujeta con fuerza la herida. – Me arrastré hasta ellos y puse mis manos en el estómago del niño. Al instante se me tiñeron de rojo.
El joven delgado se limpió la sangre de sus manos en el uniforme y rebuscó con frenesí en los bolsillos. Enseguida sacó una vieja libreta y un lapicero desgastado. Lo chupó y se puso a escribir. Lo miré incrédulo.
- ¿Qué haces? No es el mejor momento de escribir una carta. – Me miró con severidad y continuó escribiendo durante un rato mientras a nuestro alrededor las explosiones y las balas seguían segando vidas. Al cabo de un rato guardó de nuevo el lápiz y la libreta.
- No es ninguna carta. El chico se llama Holden Cauldfield y no sé como ha llegado hasta aquí, ni siquiera se afeita todavía. Me ha estado hablando mientras se moría, porque se muere, da igual lo que hagamos por el, le han destrozado las tripas. – Hablaba rápido, anodinamente, como si estuviera describiendo el pronóstico del tiempo. – Es de Nueva York, mal estudiante. Le han expulsado de un montón de colegios y aún es virgen. – Yo no entendía nada.
- ¿Y qué importa todo eso?
- Claro que importa. Es casi un niño que ha decidido dar su vida en una guerra a muchos kilómetros de su casa y yo Jerome David Salinger, voy a hacer lo único que puedo por él. Voy a preservar su memoria. Voy a escribir sobre su figura y su vida y aunque la historia que cuente no se ajuste a la realidad, dentro de muchos años el mundo entero se acordará del nombre de este joven valiente y desorientado.
En ese momento, con un estertor ronco, el chico expiró. Lo supe en el mismo momento y aun así mantuve mis manos sobre la herida mientras la sangre se iba enfriando.
- ¿Cómo te llamas?
- ¿Por qué?
- Porque en mi historia, el joven Cauldfield necesitará un amigo y tú has estado con él cuando más te necesitaba.
- Carl Luce. – le dije sin mucho convencimiento.
- Muy bien Carl y ahora debemos irnos. El chico está en un lugar mejor, seguro, y probablemente ya haya encontrado un sitio en el que reír, a lo mejor un campo de centeno en primavera. Y me lo imagino allí de pie observando, como un guardián. – Y sin decir nada más salió gateando del agujero y corrió hacia las líneas enemigas.
Yo le seguí al de unos minutos, después de cerrarle los ojos a Holden Cauldfield y rezar una plegaria para que realmente estuviera en ese momento guardando un campo de cereal en primavera. No volví a a ver a Jerome David. La guerra terminó y regresé y muchos otros no lo hicieron, me sigo preguntando porqué incluso ahora que mi larga vida termina en este hospital blanco y aséptico, y pese a que siempre he agradecido el salir de aquel infierno, si no hubiera sido mejor que mi cuerpo quedara allí destrozado y mi nombre se recordara siempre como el de Cauldfield, en primavera en un campo de centeno.
