Enero
La Palabra de la Semana
La palabrita de la semana: El antiguo calendario romano tenía diez meses (de marzo a diciembre): seis eran de treinta días y cuatro de treinta y un días, lo que daba un total de trescientos cuatro al que se añadía un lapso invernal de unos sesenta días durante el cual no se registraba la fecha. Según la tradición, el segundo rey de Roma, Numa Pompilio, estableció en el siglo VIII a. C los meses de enero y febrero. Enero —en latín, Januarius—, con treinta y un días, fue creado en homenaje al dios Jano, que regía las entradas y los comienzos, y pasó a ser el primero del año. Los cónsules se elegían en enero.
Para los romanos sólo había dos estaciones: la primera estaba compuesta por la suma de lo que hoy llamamos primavera, verano y otoño, mientras que la más breve era el hibernum tempus. La más prolongada se llamaba “ver, veris” palabra que dio lugar a nuestro verano pero, en determinado momento, el comienzo de esta estación se llamó primo vere ‘primer verano’ y más tarde, prima vera. A pesar de este desmembramiento, la estación cálida todavía era más prolongada, hasta que en cierto momento, su período final, el tiempo de las cosechas, fue llamado autumnus, voz derivada de auctus ‘aumento’, ‘crecimiento’, ‘incremento’, que procedía, a su vez, de augere ‘acrecentar, robustecer’ y de ahí, otoño.
Respondiendo dudas: Pomada viene de “poma” (manzana). Antiguamente los hombres solían untar su cabello con una sustancia cuyo principal ingrediente era la grasa animal y lograban mantener el cabello firme en su lugar, con un elegante aspecto de mojado, pero el resultado era un tanto maloliente, debido a la grasa. Los franceses idearon un perfume extraído de la manzana que adicionaron pomme al producto, que así olía un poco mejor. La novedad se llamó pommade, de (manzana) tomada del italiano pomo, del mismo significado, palabra proveniente del latín tardío pomum (manzana), que en el latín clásico se había empleado para denominar genéricamente cualquier fruto. En catalán manzana sigue siendo “poma”.
El fragmentito de la semana: cuento anónimo que corre por Internet. Los Reyes Magos son verdad.
Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
-Papa, quiero… que me digas la verdad.
-Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido.
-Es que… -titubeó Blanca- ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero…
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos.
-¿Es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos- ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca.- Escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla: Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y espeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo: - ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- Es una buena idea -exclamó Gaspar-, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo. Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Os voy a ayudar a realizar vuestro deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. - Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Jesús.
- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor de sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.- Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.
