Me Alegro Por Ana María Matute
Pese a haber nacido y crecido en el seno de una familia trabajadora, emigrante como muchas otras de ese despoblado campo de Castilla en busca de una oportunidad industrial, tuve la suerte de que mis padres y por supuesto mis hermanas, me educaran en la creencia de la igualdad entre hombres y mujeres, en la que solamente la capacidad, preparación y valía del individuo era lo que tenía que pesar sobre otros conceptos para su capacidad de evolución, tanto en lo social, familiar y profesional.
Por todo ello nunca he creído en la llamada discriminación positiva con la que el gobierno intenta paliar unas deficiencias que a mi modo de ver son estructurales. Eso no quita sin embargo que vea los errores e injusticias que se cometen contra la mujer (por supuesto que en todos los ámbitos), en el mundo cultural y en particular en el literario.
Por ello me alegro mucho de que la última Premio Cervantes haya sido Ana María Matute, esa NOVELISTA barcelonesa que además ocupa el sillón K de la Real Academia de la Lengua. Y en este caso en mi alegría pesa más su condición femenina que su capacidad literaria, que por supuesto no la cuestiono.
Por que desde que en 1976 se instituyera el Premio Cervantes, considerado el más importante de las letras hispanas, solamente se le ha otorgado a tres mujeres: a la citada Ana María Matute y a María Zambrano en 1988 y a la cubana Dulce María Loynaz en 1992.
Y lo mismo ocurre en la Real Academia de la Lengua ya que desde su fundación en 1713, solamente, si mis datos son exactos, se han sentado en uno de los cuarenta y cuatro (44) asientos que tiene, seis mujeres, frente a más de mil hombres. Esas mujeres son: Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, Margarita Salas, Inés Fernández Órdóñez y Soledad Puertotas.
No, ya he dicho que no creo en la discriminación positiva, pero tampoco creo que estas siete mujeres hayan sido las únicas con la capacidad suficiente para ocupar un asiento en la RAE o ganar un premio como el Cervantes.
