Amigo Muerto

María está arreglándose frente al espejo. Desde el borde de la cama, donde estoy sentado, puedo verle la espalda, el culo y las piernas, ese vestido le queda realmente bien; lástima que sea un traje de luto. Sus manos se aferran a la pila de mármol, están crispadas y sujetan un cigarrillo al que ni siquiera da caladas. Hace una semana que murió Oscar y aquí me tienes, mirando los zapatos relucientes y recién pulidos sin saber muy bien qué hacer con ellos, qué hacer con todo el atuendo negro que llevo puesto y que sé de buena tinta que él no querría para su funeral, pero las formas son las formas; espero que no te enfades viejo amigo. Hace una semana que recibimos la noticia, nos despertó el teléfono a media noche para decirnos algo que ya imaginábamos; aun así nos golpeo como un mazo. No es fácil de digerir para María, sobre todo teniendo en cuenta la historia que tuvieron, y, desde luego, no es nada fácil para mí.
Me levanto de la cama y camino descalzo, como si estuviese en un sueño, hasta llegar a donde está María; necesito abrazarla. La aprieto fuerte contra mi pecho por detrás y la miro en el espejo, sus ojos grises están rojos y vidriosos de tanto llorar, prácticamente no hemos hecho otra cosa en la última semana.
-Tenemos que irnos ya, empieza dentro de una hora. -Le digo
-Ya lo sé. Te quiero.
Nos besamos con fuerza sin ganas de separarnos porque; nos puede pasar a cualquiera.
Conocí a Oscar cuando apenas levantábamos un metro del suelo. El tenía un año menos que yo. Nuestra familia pasaba las vacaciones en un camping cerca de la playa, era lo mejor que nos podíamos permitir. Ese verano, llegaron con su caravana y la plantaron justo enfrente de la nuestra. Recuerdo que miraba, con los ojos como platos, como iban bajando del vientre de aquel mastodonte, tenía la esperanza de que hubiese algún niño con el que poder jugar. Lo vi bajar con su pelo rizado y sus pantalones de chándal remendados con unas rodilleras de plástico; nos hicimos amigos al instante y nos pasábamos las mañanas en la piscina y las tardes corriendo detrás de un balón por todo el camping.
Unos cuantos años más tarde, yo tendría unos doce o trece años, salíamos de la piscina Oscar y yo. Íbamos envueltos en nuestras toallas como un par de momias, moviéndonos a saltitos hasta llegar al césped donde un padre jugaba a las palas con su hijo.
-¿Crees que algún día la tendremos así de grande?- Me dijo señalando el bañador deportivo que llevaba el padre. Y la verdad es que tenía un paquete enorme, supongo que si no tienes una buena polla para rellenarlo no te pones un bañador deportivo.
-No lo sé, supongo, eso es lo normal ¿No?
-Puede -dijo estirándose la goma del bañador para poder mirársela-, a mi me parece muy grande.
Un par de noches más tarde nuestros padres estaban jugando al parchís, como hacían dos veces a la semana. Tenían un viejo tablero descolorido y podían pasarse toda la noche tirando los dados de plástico; yo nunca le he encontrado la gracia al juego. Serían las once y Oscar y yo estábamos más que aburridos y nos fuimos a dar una vuelta. Mientras andábamos de puntillas entre las tiendas de campaña, simulando que era una base enemiga donde debíamos infiltrarnos, vimos a su hermana que caminaba de la mano con mi hermano. Aprovechaban cada recoveco oscuro para detenerse a meterse mano.
-Nuestra misión es seguirlos sin ser vistos. Lo ha entendido sargento.
-Si señor -Le conteste poniéndome recto y con la mano a modo de visera, igual que había visto a los soldados de las películas.
Nos lanzamos a ello, éramos como dos sombras paseándonos por el camping y siguiendo a nuestros hermanos hasta la playa. Los vimos sentarse muy juntos en la arena y darse un buen puñado de besos más, no se habían dado cuenta de que los seguíamos. Nos acercamos hasta la duna que tenían justo detrás y nos asomamos por encima de la montaña de arena; estábamos en completo silencio, pendientes de todo lo que hacían y decían.
Mi hermano empezó a pasar sus manos por dentro de la fina camiseta de ella y a jugar con sus pechos apenas desarrollados mientras la besaba.
-Cógela- Le dijo mi hermano.
Vimos como ella alargaba su mano. Desde nuestra posición de vigía veíamos como su brazo subía y bajaba cuando acariciaba su polla con movimientos rápidos e inexpertos. El se agitaba con nerviosismo, besándola más fuerte y sobando sus tetas con ambas manos.
-¿Por qué no usas la boca?
-No pienso hacer eso
-Venga, mis amigos del colegio dicen que está muy bien. Prueba un poco y si no te gusta paramos.
-Te he dicho que no. Ya no me apetece seguir haciendo esto, me voy.
La vimos levantarse e irse caminando por la playa mientras acababa de arreglarse el sujetador y la camisa. Mi hermano se levanto poco después aun con la polla fuera de los pantalones. Se la guardo en su sitio, y corrió detrás de ella mientras gritaba -Lo siento, perdóname.
Nos recostamos en la duna y miramos a las estrellas hasta que no pudimos aguantar más y empezamos a reírnos. Nos revolcábamos por la arena de la duna, yendo arriba y abajo de la montañita, rodando sin parar y sin poder dejar de reír.
-Tu hermano es un idiota.
-Si, ya lo sé -Por aquel entonces yo odiaba a mi hermano con toda mi alma
-Sabes, me han dicho unos compañeros del colegio que te puedes hacer tu solo lo que estaba haciendo mi hermana.
Aquella noche me masturbe por primera vez. Nos pusimos cada uno en una duna para no poder vernos y empezamos a frotarnos con fuerza hasta el final, evidentemente no salió nada porque no había nada que sacar. Después hablamos de lo bien que había estado y de cómo sería cuando ya tuviésemos semen. Aquel verano nos lo pasamos escabulléndonos de nuestros padres para ir a la playa a pelárnosla, porque, la verdad, una caravana no da demasiada intimidad.
Cuando teníamos quince años descubrimos que nuestros padres nos habían estado ocultando que vivíamos en la misma ciudad, si lo hicieron intencionadamente o fue un simple descuido lo desconozco; la verdad es que no se me ocurre un solo motivo para no habérnoslo dicho antes. Yo iba todas las semanas una o dos veces a su casa, normalmente los domingos por la tarde, nos sentábamos en la mesa y su madre nos traía la merienda mientras su padre miraba el partido. Luego nos íbamos al parque a pelotear un poco con el gastado balón firmado por los jugadores del Valencia. Pero sin duda lo que más recuerdo de aquellos domingos es a Julia, la hermana de Oscar.
Ella tendría dieciocho años por aquel entonces, y solía levantarse a las tres o las cuatro de la tarde porque el día anterior había salido de fiesta. En cuanto oía la puerta de su cuarto abrirse giraba la cabeza para verla salir, normalmente llevaba unos pantaloncitos cortos y una vieja camiseta sin mangas que usaba para dormir. Luego se desparramaba en el sofá al lado de su padre, con la cara manchada del maquillaje de la noche anterior y la boca pastosa. Yo aprovechaba para mirarla de reojo, aquellas piernas blancas, aquel culo asomando por debajo de los pantaloncitos, y aquellas tetas enormes. Para más inri no llevaba sujetador y los días que hacia un poco de frió podía verle los pezones marcados. Era lo más parecido a una mujer desnuda que había visto en mi vida, exceptuando, claro está, las revistas Man e Interviú que guardaba debajo de mi cama. Recordaba aquella noche que les espiamos en la playa, que suerte había tenido el cabrón de mi hermano, habría dado lo que fuera por haber estado en su lugar, sentado a su lado en la playa.
Algunos viernes Oscar y yo nos íbamos a una discoteca “light”, es decir para menores. Yo y unos cuantos compañeros pasábamos por la puerta de su instituto porque nos venía de paso en el camino hacia el local, ahí se nos unía Oscar y otros estudiantes. Normalmente comprábamos, a medias, un paquete de tabaco en el kiosco, y nos plantábamos en el parque que había justo enfrente de la discoteca; nos escondíamos entre los árboles y los arbustos para fumar y bebernos las cervezas que habíamos escamoteado de las neveras de nuestros padres. Cuando ya íbamos bastante borrachos nos metíamos en la discoteca donde aguantábamos hasta que cerraban las puertas.
-Vamos a buscarte a una que este bien buena -Solía decirme Oscar antes de entrar.
Yo aún no había besado a ninguna chica pero él tenía muchísima experiencia en ese campo; raro era el día que salía de allí sin tres o cuatro chupetones que mostraba con orgullo durante el resto de la semana. Aquellos viernes intentaba emparejarme con la amiga de la chica que le gustaba a él, empezábamos a hablar y a bailar con ellas hasta que se apartaban a un lado para besarse y meterse mano. En ese momento yo me quedaba de pie, tieso como un palo, petrificado, me ponía rojo como un tomate y sin decir una sola palabra hasta que la chica optaba por irse. Cuando volvía a casa me encerraba en mi cuarto sin decir nada a nadie y me maldecía por no ser como Oscar, por no ser más lanzado.
Los años pasaron y la distancia entre él y yo creció, él dejo los estudios nada más acabar el instituto, decía que una carrera suponía demasiado compromiso y que él era un hombre libre, que necesitaba vivir experiencias; y vaya que si experimentó. Yo, por mi parte, empecé la universidad, conocí a otra gente e incluso me eche una novia, Sofía. Aun así nos veíamos un par de veces al mes, solo para conservar el contacto, también chateábamos de vez en cuando. Una noche me llamó al móvil, eran las once de un martes, me dijo que necesitaba verme. Yo tenía un examen al día siguiente, pero aun así accedí.
-Me ha echado. -Me dijo mientras se liaba un porro -El puto cabrón me ha echado de casa.
-¿Que ha pasado?
-Dice que soy escoria y que no valgo para nada; que estoy todo el día drogado y sin hacer nada y que él no “permite” eso en su casa.
-Vente a mí casa hasta que se calmen las cosas, a mis padres no les importara.
-No tío, no quiero que se arreglen las cosas. Que le den a ese fascista de mierda. -Expulsó una gran bocanada de humo denso y azulado y me pasó el canuto. -Necesitaba a alguien para hablar, tú has sido mi amigo desde siempre, así que he acudido a ti.
Me quede callado, no sabía que decirle ni que hacer. Di una calada al porro y se lo devolví.
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-No te preocupes, tengo unos colegas que me acogerán en su casa, siempre me han dicho que viva con ellos.
-Ya, bueno ¿Pero de qué vas a vivir?
-No lo sé, ya saldrá algo. Te importaría acercarme a su casa.
-Claro que no, pero antes vamos a tomar una cerveza ¿Vale?
Evidentemente suspendí aquel examen, aunque nunca me arrepentí de ello.
Un mes más tarde, cuando ya había acabado la época de exámenes, me pase por su piso. El sitio era una autentica pocilga; vivían ocho personas en un piso de tres habitaciones, y, a la mierda que acumulaban ellos, había que sumarle la de los tres o cuatro perros que siempre deambulaban por la casa y corrían por el pasillo. Digo tres o cuatro porque su número iba cambiando; cuando moría uno cogían otro de la calle; todos parecían muy enfermos, tenían rodales sin pelaje por todo el cuerpo, y babeaban y hacían sus necesidades en cualquier sitio, sin que ninguno de los dueños mostrase la más mínima preocupación.
Después de enseñarme su habitación y de presentarme a su compañera, que era una chica menuda, pero bien proporcionada, con una larga melena oscura y bastante sucia, Oscar me empujo fuera del piso. Nunca se lo dije, pero me dio la impresión de que se avergonzaba de que lo viese viviendo allí, rodeado de inmundicia y chuchos muriéndose por las esquinas. Me llevó hasta el bar que había bajo de su casa y donde servían quinto y tapa; era un local lleno de abueletes con algunos jóvenes punks apiñados en una mesa.
-¿Te la has tirado ya? -Le pregunte
-¿A quién, a mi compañera de cuarto? si tío, follamos a los dos días de llegar al piso. Nada serio.
-Que cabrón.
-Que va, fue más por ella que por mí.- hizo una pausa para meterse una trozo de tortilla en la boca. -¿Qué tal todo? ¿La universidad bien?
-Sí, he aprobado casi todo.
-Me alegro tío, si es que tú vales para eso.
No le pregunte de donde sacaban la pasta para pagar el piso, y prefería no saberlo, quería conservar la imagen que tenía de él, con su pelo rizado y sus pantalones rotos; corriendo detrás de una pelota por todo el camping. Pasamos la tarde bebiendo cerveza y rememorando nuestros tiempos de críos, luego yo me fui; había quedado con Sofía.
Un par de años más tarde vi por primera vez a María. Era una estudiante que venía de un pueblo a las afueras de la ciudad y vivía en un piso compartido con otra chica de su mismo pueblo. Cuando la conocí me quede sin palabras, era la chica más preciosa que había visto nunca, era esbelta y alta, llevaba el pelo recogido en una coleta que se bamboleaba de lado a lado con cada paso que daba; pero lo más importante, era la novia de Oscar. Parecía que él había calmado un poco su sed de experiencias, solo lo parecía, y solíamos quedar los cuatro, ellos dos, Raquel y yo. Raquel era un chica bastante monilla y un poco pija con la que salía por aquel entonces, nada comparado con María.
Una tarde habíamos quedado en el piso de María para tomar unas cervezas e ir a cenar; yo llegue un poco antes y lo vi todo.
-¿Así que te vas? por las buenas, sin dar una sola explicación. -María le gritaba a todo pulmón. Oscar no dejó de sonreír ni un momento.
-Tengo que hacerlo, ya sé lo que es estar en pareja, ahora necesito algo más.
-¿Algo más? ¿Qué pretendes demostrar yéndote con una panda de piojosos mugrientos? Dime ¿Que vas a ganar?
-No lo sabré hasta que lo haga.
-Ya te lo digo yo. Nada, no vas a ganar nada. Solo quieres drogarte con tus amigotes, no puedes ser más como él. -Chilló señalándome con el dedo. -Lárgate, corre, ve a follarte a todo lo que puedas y a meterte mierda. No quiero saber nada de ti.
María y yo fuimos a despedirlo al aeropuerto. En los días posteriores a la pelea habían hecho las paces y vuelto a discutir cientos de veces; pero aquí estaba, diciéndole adiós y besándolo con fuerza, intentando retenerlo un par de días más entre sus brazos. Pensaba que con un par de días le bastaría para convencerlo, para atarlo y que se quedase a su lado. Pero yo sabía que no era así, conocía a Oscar mejor que nadie, una vez toma una decisión no hay vuelta atrás, igual que lo que paso con su padre.
Nos quedamos de pie en la terminal hasta que vimos despegar su avión; entonces, cuando estuvo completamente segura que él no iba a volver, que no iba a aparecer por la puerta de embarque y a disculparse, se echo a llorar. La llevé a su casa y me pidió que subiese, me dijo que en ese momento no podía estar sola, que necesitaba hablar con alguien.
Estuvimos bebiendo sentados en el sofá y nos fumamos la poca marihuana que Oscar había dejado tras de sí. Eran ya las tres de la mañana y me disponía a irme a mi casa cuando ella salto sobre mí haciendo que las botellas de cerveza cayesen rodando de la mesa. Me besaba con tanta fuerza que nuestros dientes entrechocaban; yo pensaba en Raquel, en que la estaba traicionando, le estaba engañando con la chica de mi mejor amigo. Seguimos besándonos, en su habitación, en su cama, debajo de las sabanas, completamente desnudos. Me apretaba con fuerza, sin separar ni por un momento sus labios de los míos y con los hermosos ojos castaños cerrados; no me besaba a mí, estaba besando a Oscar.
Se lo conté a Raquel, le pedí disculpas, le dije que yo no quería hacerlo; que estaba triste porque Oscar se había ido y no lo volvería a ver.
-¡Eres un hijo de puta! -Me dijo ella, tenía la cara completamente estática, como si llevase una máscara. -Te he visto como la mirabas cada vez que quedábamos.
-Eso no es verdad. Tú eres…
-Cierra la boca, idiota. No quiero volver a saber nada de ti, no quiero volver a verte.
-Pero Raquel…
-Antes de que me vaya por esa puerta quiero que sepas una cosa. -Me cogió la cara con las dos manos y me hizo mirarle a los ojos, aunque su rostro seguía estático, impasible, sus ojos reflejaban una ira fulgurante. -Eres un maricón de mierda, cuando tenias tu ridícula polla dentro de esa guarra pensabas en él, es a él al que te quieres follar, es con él con el que quieres estar, solo te la has follado por qué es lo más parecido a hacerlo con él sin metérsela por el culo. -Cerro de un portazo y se largo sin dejarme decirle nada.
Pasaron tres años antes de volver a ver a Oscar. María y yo empezamos a salir, ella acabó la carrera y yo entré a trabajar en una oficina en el centro; poco después alquilamos un piso y nos fuimos a vivir juntos. De vez en cuando recibía e-mails de Oscar, me contaba todo lo que estaba viviendo, las tías con las que se había acostado, las borracheras, los conciertos; leía sus e-mails y le envidiaba, pensaba que me tenía que haber ido con el cómo me propuso. Entonces aparecía María y se sentaba encima mío para leer también las historias de Oscar. Ahí sentado en las silla, con el culo respingón y firme de María sobre mi regazo, palpando su espalda y sus tetas con las dos manos me daba cuenta que yo había elegido lo correcto y que él se equivocaba.
El día que regresó fuimos los dos a recogerle al aeropuerto, era exactamente igual que cuando le dejamos marchar. Apareció por la puerta, llevaba unos pantalones vaqueros llenos de rotos y descosidos; estaba tremendamente flaco y los rizos caían pesadamente sobre su cara. Corrió hacia nosotros con una enorme sonrisa en la cara, arrojó al suelo el petate donde llevaba la poca ropa que tenía y me dio un abrazo. Entonces se dio cuenta de que María estaba allí. La agarro por la cintura, la acerco contra su pecho todo lo que pudo y le dio un largo beso en la boca. -ya esta, aquí acaba todo, yo solo te la estaba manteniendo caliente amigo; ahora es toda tuya- Pensé mirando como ella le devolvía el beso. Pero no fue así.
-Así que ahora estáis juntos. Me alegro un montón, porque sois mis dos personas favoritas. -Dijo mientras cogía de nuevo el petate y caminaba hacía el parking. Llevaba un cigarrillo entre los labios que encendió nada más salir por la puerta. -Tranquilo, no te la voy a quitar, solo me estaba vengando de cuando follasteis nada más irme.
-¿Se lo has dicho tú? -Le pregunte a María que aún se estaba recuperando del recibimiento que le había dado Oscar.
-¿Yo? que va
-No discutáis, sabía que iba a pasar; lo sabía desde antes de irme. Todas esas miradas que os lanzabais el uno al otro, digamos que yo sólo me eché a un lado.
Hará un par de meses que empezaron sus problemas de salud, yo estaba con él cuando se desmayó por primera vez, y también estuve con él cuando le dijeron lo del cáncer. Le acompañe a la consulta porque yo era su única familia, no había visto ni a su hermana ni a sus padres desde que le echaron como a un perro.
-¿Qué puedo hacer entonces? ¿Qué opciones tengo? -Le dijo al médico, acababan de comunicarle que tenía un tumor en el cerebro y que era maligno.
-Siento mucho decírselo así, pero no hay opciones, no podemos hacer nada. -El médico tenía la cara gris y los ojos llorosos, debe ser duro decirle a la gente que se muere.
-No se ponga así hombre, si no pasa nada. ¿Cuánto me queda? -Oscar animaba al médico con una sonrisa en la cara y dándole palmadas en el hombro.
-Unos tres mese.
-¡Pufffff! Vaya si es poco tiempo. Venga alegre la cara, no querrá que el próximo paciente le vea así. -Después de aquello se levantó y se fue por la puerta dejándonos al médico y a mí estupefactos.
Aquella noche, Oscar montó una gran fiesta en su casa; no cabía ni un alma más en aquel piso diminuto donde vivía. Acudieron todas las personas que le conocían; todos los que había compartido aunque solo fuese un minuto de su tiempo con él estaban allí. María y yo hablábamos con unos amigos suyos cuando me di cuenta de que hacía mucho que no le veía. Empecé a buscarle, estaba realmente preocupado, podía haberse vuelto a desmayar, podía haberle pasado algo.
Después de dar vueltas y más vueltas lo encontré en el baño, tenía la cabeza apoyada en la taza del váter y una jeringuilla asomaba de su brazo.
-Nunca había probado esto, tenía miedo de engancharme. -Me dijo mientras sacaba lentamente la aguja de la vena donde la había metido. -Supongo que ahora ya da igual. Menudo viaje colega.
-¿Cómo se te ocurre hacer una cosa así en tu estado? -Cerré la puerta detrás de mí y me incline para levantarle del suelo. El se agarro a mi brazo y tiró de él hasta hacerme caer.
-El caballo no puede hacerme nada peor que el tumor que flota en mi cerebro comiéndose todo a su paso. -Rompió a llorar.
Por primera y última vez le vi llorar, lloró con fuerza dando gritos mientras yo lo sujetaba entre mis brazos y lo apretaba con fuerza contra mi pecho, como si fuese un bebé. Pasamos el resto de la noche en el baño; él seguía llorando, solo paraba para decir -No me arrepiento, no me arrepiento de nada.
Los días próximos a su muerte los paso en la camilla de un hospital. Al final, después de mucho suplicarle María y yo, aceptó ver a su familia. Su madre y su hermana lloraban desconsoladas mientras se abrazaban mutuamente a los pies de su cama, y su padre se golpeaba el ancho pecho, que asomaba por debajo de una camisa entre abierta, diciendo -Es mi culpa, es todo mi culpa, si no le hubiese echado de casa.
Al final pasaba más tiempo inconsciente que despierto, y los pocos momentos que abría los ojos no salían de su boca más que desvaríos, producidos por el cóctel de drogas que corría por sus venas. En uno de sus pocos momentos lucidos nos hizo un gesto a María y a mí para que nos acercásemos. Nos cogió a cada uno de un brazo y empezó a susurrar, era un leve carraspeo, no más alto que el ruido que provoca un estropajo al frotarse con un plato sucio. Tenía los labios cortados, resecos y llenos de costras y sus ojos se hundían en su cráneo buscando una salida por la nuca.
-El día que muera. -Trago la poca saliva que le quedaba en la boca con fuerza, se lamió los labios y continuó. -El día que os llamen y os digan que ya no estoy, que ya no existo, que no soy más que un pellejo de carne sobre una cama llena de excrementos.
-Sí dinos, qué quieres que hagamos ese día. -María le apretaba la mano con fuerza.
-En ese momento, nada más colgar el teléfono, quiero que folléis. Que folléis como nunca antes lo habéis hecho. No quiero que recordéis ese día como el día que desaparecí sino como el mejor polvo de vuestra vida. -Empezamos a reírnos los tres.
La noche que recibimos la fatídica llamada María y yo nos miramos, estábamos en la cama, con el pijama puesto y los ojos llenos de legañas, nos miramos y empezamos a besarnos. Nos desprendimos de la ropa y nos acariciamos con fuerza, mirándonos a los ojos, sin pestañear siquiera. Me hundí en ella con una pasión que nunca antes había tenido, respondiendo a los violentos movimientos de sus caderas y a las manos que recorrían mi cuerpo mientras yo lamía sus pezones duros. Nos movíamos como salvajes sin dejar de mirarnos. Sé que, mientras gemíamos al unísono e intentábamos postergar al máximo el momento final, los dos pensábamos en Oscar; los dos pensábamos en el Amigo Muerto.
