Don Pío y la Cárcel
Cuando entró, supe inmediatamente que no era un preso normal. El guardia le trató con educación y deferencia y en vez de empujarlo como hicieron conmigo, le cedieron el paso con amabilidad después de abrir la puerta enrejada de la cárcel. Le calculé más o menos sesenta años y el porte erguido y desafiante distaba mucho de las miradas vacías y las cabezas agachadas del resto de encarcelados que había visto.
Casi completamente calvo, tenía el poco pelo arreglado y peinado igual que la barba y la perilla que lucía como si perteneciera a algún aristócrata que hubiera equivocado el pensamiento político en el peor de los momentos posibles. Se estiró las invisibles arrugas de su traje de paño gris y se sentó cruzando elegantemente una pierna sobre otra.
Como el aburrimiento es la tónica del condenado inicié un tímido acercamiento, saludándole y presentándome.
- Mi nombre es Manuel Aguirre. – Achicó los ojos como si me escrutar y después una tímida sonrisa apareció en su boca.
- Pío, Pío Baroja. – Le estreché la mano.
-¿Por qué está aquí?
- Por equivocación, por qué sino. – Una fina línea de ira cruzó y oscureció sus ojos. - ¿Y tú?
- Supongo que yo no. Partía a Bilbao para unirme a los socialistas y nacionalistas que están preparando la defensa de la villa, cuando una pequeña columna me dio el alto. No tuve que haber huido, pero ya es lo mismo.
Después durante muchos minutos permanecimos en silencio.
- ¿Eres anarquista? – Yo comencé a toser ya que el humo del caldo que me estaba fumando me inundó los pulmones.
- ¿Anarquista? No, creo que no.
- ¿Comunista, troskista?
- Mire usted, trabajo de albañil. Conozco muy bien el barro y dicen en la región que nadie hace los adobes como Manuel Aguirre.
- ¿Y por qué partías hacia Bilbao? ¿Por qué quieres pelear?
- Dicen que si las tropas del general sublevado ganan esta guerra, todos tendremos que ir a misa los domingos, se prohibirá el vino en las tabernas e incluso blasfemar cuan uno se enfade.
Pío, don Pío Baroja, me miró creo que entre divertido y asombrado.
- Supongo que tu razón no es peor que la que otros han elegido. – Yo asentí.
Esta vez pasó más de media hora en la que casi terminé el tabaco que tenía.
- Yo fui anarquista. También comunista; médico, panadero, ateo y escritor. He viajado por medio mundo y he conocido a demasiados intelectuales y te juro, Manuel Aguirre, que después de mucho meditarlo no he encontrado mejor razón que la que me has dado para coger un fusil. Si ya no nos dejan ni siquiera blasfemar es que este país ha perdido la chaveta. – Yo sonreí y me alegré de que me entendiera. - ¿Sabes?, te pareces mucho a Zalacain.
- ¿Y quién es ése? – Me miró y durante un momento sus ojos se tiñeron melancólicamente de agua.
- Un joven al que conocí hace muchos años y que como tú decidió coger un fusil.
- ¿Qué pasó con él?
- Murió, lo asesinaron. – Yo le miré compungido. – Quizás es la mejor manera de terminar y por la que te recordarán siempre.
No nos dejaron hablar más. Un cabo barbilampiño, más asustado que yo, llamó a don Pío Baroja y le dijo que saliera que el Marqués de la Torre, Carlos Martínez Campos, deseaba hablar con él. Se levantó con pesadez, me miró y me guiñó un ojo. Después levantando un poco la voz dijo: Ya era hora joder. Me cago en la puta, cojones. Yo le sonreí.
Y seguí sonriendo durante mucho tiempo pensando en don Pío Baroja, del que me habló meses después de escaparme de la cárcel, Julián Gallardo, un cura renegado y rojo como un tomate. E incluso hoy sigo sonriendo y pensando en don Pío Baroja y por supuesto sigo blasfemando por todo lo alto, pese a que los nacionales nos pisen los talones y llevemos más de una semana sin comer nada decente.
