El Síndrome del Padre Brown (o bien Otro Cadáver en el Jardín)
- Señor: hay un cadáver en el jardín.
- ¿Otro? Por Díos, Rogers, no me diga que lo ha descubierto también Joana.
- No.
- Menos mal.
- Bueno, no exactamente.
El juez Woyles lanzó un suspiró impaciente, señal inequívoca que de que su mayordomo/secretario personal/chófer/compañero de bridge/chapuzas varias tenía que ir al grano con su historia.
- La señorita Moreno estaba sentado junto la estatua del Maasai, al lado del rododendro más grande, y su esposa le pidió ayuda para hacer un ramo de rosas para su despacho. Cuando se levantó y fue hacia ella tropezó con algo y su esposa, al ir en su ayuda, vio que ese “algo” era una pierna que sobresalía del rododendro. Allí, escondido, había un cadáver.
- ¿Y cómo se encuentra?
- Muerto señor: es un cadáver difunto.
- ¡Rogers! – tronó la juez, perdida ya la paciencia pero conservando su exquisita disciplina británica y la compostura-. Mi señora sufre del corazón: ¿cómo está ella?
- Bien señor. De hecho, está sentada y riendo. Ambas lo están: riendo y sentadas, en la cocina. Les he preparado un té.
El juez dejó el periódico, se quitó las gafas con parsimonia y salió al jardín seguido de Rogers. Se acercó y tras confirmar que el hombre le era desconocido y estaba completamente muerto, llamó a su amigo el Inspector Gale de Scotland Yard.
- Gabriel, hemos hallado otro muerto. Esta vez parece que ha sido asesinado con un revolver Glock.
- Thomas, empieza a ser preocupante y un fastidio: con este ya son cuatro los finados encontrados en tu casa o cercanías.
- Cinco –corrigió el juez-: el año pasado, justo por estas fechas, apareció muerta Sara Perkins. Se detuvo y se condenó a ese ex ministro, el tal Guinnes…
- Cierto. Huelga decirte que no toquéis nada. Estaremos en tu casa en veinte minutos.
Fueron ochenta los minutos: una manifestación en Oxford Street demoró a los agentes. La crisis hace que proliferen las concentraciones en la calle.
- Recapitulemos – dijo el Inspector Gabriel Gale en cuanto reunió a todos los implicados en la biblioteca de Mayerling, la residencia londinense de los Woyles, que disponían de una segunda vivienda en Essex-. El primero de los cuatro muertos de este verano, Charles Wellington-smith, lo encontró la señorita Joana Moreno justo al bajar del taxi, cuando llegó para visitar a su tía, la señora Arantxa de Woyle. Fue estrangulado.
Las mujeres nombradas, asintieron.
- El segundo difunto – aún sin identificar- estaba en el garaje una semana después y la autopsia reveló que había sido envenenado. Lo encontró la señorita Joana.- Pausa. Nadie comentó nada.- El tercer fallecido, mujer, Pure Williams, parece que fue arrollada por un vehículo y posteriormente fue arrastrada al interior del jardín, junto a la verja, donde lo encontró la señorita Moreno… Ahora se trata de Laurence Twist y, como los anteriores, ninguno de ustedes le conoce.
- Es todo tan insólito, enigmático, macabro… - se estremeció tía Arantxa.
- Bueno, en realidad no es tan insólito.
- ¿Has resuelto los asesinatos, Gabriel?
- Si te refieres a si sabemos quienes han sido los autores materiales de estas muertes violentas, no. Pero sabemos a qué atenernos: es un caso clásico del “Síndrome del Padre Brown”.
- No lo entiendo.
- Querida Joana: ¿usted lee novelas de misterio? ¿le gusta resolver crímenes?
- Bueno, me gusta la novela policiaca, especialmente la inglesa y, sobre todo, Chesterton.
- ¡Ahí está la clave! En Gilbert Keith Chesterton. Usted padece una enfermedad que la convierte en un imán para los crímenes. Suele desarrollarse en algunas pocas ocasiones, por suerte, pero cuando se dan las condiciones adecuadas, determinadas personas encuentran cadáveres allí donde van. Está en estado latente en muchas personas, la mayoría grandes lectores del llamado género negro. La doctora Fletcher acaba de confirmarme el diagnóstico.
- ¿Es grave? – Se preocupó el juez con razón.
- Para los afectador no, pero para su entorno… Es letal.
- ¿Existe cura? –La voz de Joana Moreno sonó estridente, al carecer ésta de flema británica.
- Es como una cura de desintoxicación: la ingresaremos en el Alec Guinnes Center Hospital inmediatamente. Confiamos en su fuerza de voluntad, pues debe dejar de leer novelas misterio. Nada de Hammet, Christie, Mendoza o Camilleri… Nada de autores nórdicos. No podrá ver series televisivas que tengan este contenido y debe limitarse a películas en cuyo argumento no figuren delitos ni crímenes ni muertes dudosas.
Joana Moreno palideció: le esperaba una ardua tarea.
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