Menos que Cero
Cuando y o era joven (y cada día ese tiempo se hace más lejano, más inalcanzable y a veces más añorado), no era raro convivir, en los barrios de los extrarradios de las ciudades con la droga. Y cuando digo esto, no me refiero a que uno tuviera que pincharse heroína, esnifar cocaína o comerse un ácido, quiero decir que como fantasmas, a tu alrededor se movían jóvenes demacrados y desechos en busca de un nuevo chute.
Por suerte la adicción a la heroína ha ido desapareciendo de nuestra sociedad (aunque bien es verdad que ha sido sustituida por otras adicciones más sofisticadas y menos estéticas) y ya es muy difícil encontrarte con un yonqui que navaja (o jeringuilla) en mano te amenaza para sacarte cuatro pesetas.
Estas reflexiones no tratan de moralizar, sencillamente han llegado a mi cabeza después de leer “Menos que Cero”, la novela de Bret Easton Ellis, el autor que fue encumbrado con “American Psycho”.
La novela nos relata el reencuentro de Clay, un joven que vuelve a Los Ángeles para pasar las vacaciones estudiantiles con sus amigos. Y en este reencuentro están presentes las fiestas, la cocaína, el alcohol, el sexo y las fiestas interminables.
Y aunque no es un libro en el que las drogas sean el leif motiv, sí que éstas hacen de enlace, de argamasa, para poder comprender la idea de vida que tenía una juventud dorada, hijos de grandes industriales, de políticos y de millonarios que veían en el consumo desmesurado y sin cuartel de todo tipo de estupefacientes, la vía de escape a la vacuidad de sus vidas.
Porque al final, al igual que el yonqui pobre de los ochenta en España, el drogadicto rico estadounidense se abandona al blanco polvo porque el vacío de su vida, el aburrimiento y la desesperanza se han asentado en su vida.
Y aunque el pobre se drogara en basureros y el niño rico lo hiciera al sol de Malibú, las causas fueron las mismas y las consecuencias también.
En fin, que es una buena novela, dura y directa, que merece la pena recuperar.
