Mi Vida en el Faro

Recuerdo mi vida en el faro.
Unas escaleras imposibles que acrecentaban mi vértigo conforme ascendían, y asemejaban la concha de una caracola, por sus círculos, por su eco.
Dentro del faro también se oía el mar, como algo ajeno, casi lejano, que te apresaba por su hermosura, que temías por su bravura en las frías noches de octubre.
Mi vida supuraba soledad. Soledad que ocupaba magnánima mi destierro. Soledad que por días se tornaba huraña e inhiesta, formando el más abrupto acantilado de mi personalidad antaño risueña.
A veces creía ser un insecto que había caído dentro de una lámpara de aceite.
Algunas noches me reconfortaba pensar que en el fondo de ese romanticismo que posee el espíritu de un faro, se encuentran las lágrimas que los marineros vierten al mar en las noches de tempestad.
Yo era su luz, y eso me reportaba la satisfacción de saber que más allá de mi soledad guiaba a puerto barcas de pescadores perdidos. Y hacer de nuestra soledad un espejismo. Y por una noche regresar al calor de un hogar con sabor a sal, mientras en el recuerdo, una gaviota se posaba sobre el amanecer de nuestros anhelos.
