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La Extraña Costumbre Gala

Ilustración del relato 'La Extraña Costumbre Gala'
Cansados, doloridos, arrastrando sus pies por el asfalto ardiente, a las cuatro de la tarde de un mes de agosto. No les restaban fuerzas para emitir una sola palabra, pero ambos pensaban lo mismo y buscaban lo mismo: algún lugar donde poder comprar algo que llevarse a la boca, y una cerveza bien fría, si alcanzaba. No resultó fácil, en aquel barrio de mala muerte, pero finalmente se hallaron frente a frente; ellos y aquella tienda de comestibles, de las que abren ininterrumpidamente hasta bien entrada la madrugada y que, por tal motivo, esgrimen precios desorbitados a compradores desesperados. Era el caso.

Calcularon que con cinco euros apenas les alcanzaba para una hogaza de pan – eso sí, de tamaño descomunal – y una buena Kronenburg para empujar, de la más barata. Julián palpó la cerveza con gesto reprobatorio. Frío cuestionable; y cuarenta grados a la sombra. Si es que estos franceses no saben lo que se pierden.

En aquel instante, una pareja hizo entrada triunfal, parloteando a voz en grito en aquel idioma de mujeres. Discutían. No entendía una palabra, pero a Julián le pareció lo más cómico que había visto en su vida.

- Pero, ¿qué coño haces? – De repente había descubierto que Fabián llevaba un rato pellizcando la mejilla del dependiente, que dormía recostado sobre el mostrador.

- Que no despierta, colega, que esta tieso como una mojama.

- Anda ya, no digas tonterías – el aliento pútrido del tendero alcanzó a Julián a medio metro de distancia – Ni los muertos huelen tan mal, tío. Éste lo que lleva es una borrachera monumental.

Ambos callaron súbitamente ante los gritos que profería la pareja al fondo del pasillo. A Fabián la situación se le reveló tan grotesca como surrealista, y optó por una salida acorde a la altura de las circunstancias. Contempló un instante la litrona de cerveza que su amigo portaba bajo el brazo, y alcanzó rápidamente un enorme trozo de queso – y que viva Francia.

- Píllate esas magdalenas y vámonos pitando de aquí antes de que saquen la cámara oculta.

Cuando cruzaron el umbral del local, y tras colisionar bruscamente con un calor sofocante, no pudieron evitar retorcerse en violentas carcajadas. Apretaron el paso para alcanzar cuanto antes una esquina que doblar. Fabián se giró en el último momento para comprobar que la puerta de la tienda permanecía desierta e impasible, y sus cinco euros en el bolsillo. Sonrió ante el golpe de suerte.

Golpe de suerte que no duraría más de tres zancadas, la distancia que les separaba de aquella maldita esquina.

El tipo de camisa blanca asió a Julián por el brazo y se lo retorció tras la espalda, presionando al tiempo su boca con sus dedos pestilentes. Fabián fue atrapado por un personaje que vestía una chupa de cuero agrietada, y cuyo intenso olor a sudor lo dejó en un estado de semi-inconsciencia.

- Et voilà! On y est – Dijo el tipo de camisa inmaculada. Julián escrutó desesperanzado las calles desiertas del peor barrio de la periferia parisina, preguntándose hasta que punto era conveniente avistar un desafortunado testigo. Mientras tanto, aquel energúmeno se lanzaba a parlotear a velocidad de vértigo en aquel idioma que comenzaban a odiar con todas sus fuerzas.

Fueron lanzados a un coche que los condujo a un solar flanqueado de edificios en ruinas. Fabián pensó que si los mataban allí mismo, nadie lo sabría jamás. Los matones comenzaron a hablar entre ellos, dilucidando quizás las cuestiones técnicas del secuestro, robo y/o asesinato de aquel par de extranjeros desgreñados. Julián y Fabián se miraban de reojo, recriminándose el uno al otro mentalmente la decisión de penetrar en aquel barrio tremebundo en busca de alguna ganga en la que pasar la noche. Habían metido la pata; hasta el fondo.

De repente los matones se giraron ante ellos, y el chulo de la chupa de cuero comenzó a hablar en perfecto castellano.

- ¿Dónde está la chica?

Julián contorsionó el rostro, aquello dejaba de tener sentido. El chico no percibió la mueca de su amigo al recordar súbitamente dónde y cuándo les habían visto con anterioridad.

- Nosotros no conocíamos a la chica – Espetó Fabián. Julián le observaba sobrecogido mientras le asaltaba una gran duda “Pero, ¿de qué chica están hablando?”.

El matón escupió la traducción al francés para su amigo e insistió.

- ¿Dónde está?

- Ni la más remota idea.

- Te estás jugando el pellejo, chaval – Desplegó suavemente una fina navaja, bello ejemplar con mango de madera que hipnotizó al portador. La miró complacido.

- ¡Vas y! ¡Vas y! – Exclamó el francés con toda la furia que le permitía su acento afeminado. Los chicos se preguntaron horrorizados que querrían decir sus gritos.

- Démosles una oportunidad – dulcificó su voz hasta alcanzar la seducción de una puta barata – Quizá sean capaces de recordar; la presión hace milagros, ¿no es cierto? – Dirigió la mirada a su compañero, que le contemplaba indiferente sin comprender una sola de sus palabras

- A ustedes también les ha robado, ¿verdad? – Inquirió Fabián. La osadía en sus ojos enfureció al maloliente individuo, que se lanzó al cuello del muchacho, navaja en mano.

- Se llama Francesca y es italiana. – Se apresuró a decir el chico – La conocimos en el tren.

Aquellas palabras consiguieron calmar al bravucón – Así que italiana, ¿eh? – Le agarró fuertemente la mandíbula con la mano izquierda; la derecha aún sostenía la navaja. - ¿Y qué más sabes de la italiana?

- Mi amigo y yo queríamos… – dudó – queríamos…

- Querías tirártela, ¿eh? Estaba buena la muy zorra, ¿verdad? – Fabián quedó mudo ante aquel perdonavidas que le ametrallaba el rostro con su inmundo esputo; casi podía masticar su aliento hediondo. Se habría orinado encima si Julián no se hubiera precipitado ágilmente sobre la respuesta correcta.

- Nos robó. La chica nos robó la cartera; se quedó con nuestro dinero y nuestra documentación – Miró alternativamente a uno y otro personaje, esperando algún gesto de aprobación o desaprobación que iluminara su incierto futuro como ser vivo.

El matón tomó aliento un instante antes de estallar en rotundas carcajadas; aquel eco diabólico quedó prendado en los oídos de Fabián, que casi rozaba la histeria. Julián se preguntó compungido qué era aquello que le hacía tanta gracia.

- Sin dinero ni documentación en un barrio infecto de una ciudad enorme. – Recobró la seriedad – No os envidio.

- Ella está aquí, en París – Prosiguió Julián – Nosotros no pudimos encontrarla, pero la vieron bajar del tren, en La gare de Lyon. Es todo lo que sabemos – Julián había hecho acopio de toda la serenidad que era capaz de almacenar en su agitado estómago. Durante instantes que parecieron décadas, reinó un silencio sepulcral. A Fabián se le erizó la piel de la nuca.

- Está bien – Asintió lentamente el primero de los maleantes, giró el rostro y se dirigió finalmente a su compañero, que observaba ajeno, con cierto gesto de enojo, la escena que se representaba ante su ausencia cognitiva. Hablaron con calma, esta vez mucho más despacio. Julián supuso que estaría relatándole las revelaciones que acababan de compartir, y dilucidando quizá qué hacer con aquel par de cabecitas pensantes que de poco podían ya servir. La idea de que su vida o su muerte pudiera estar debatiéndose en un idioma del que apenas entendía un par de palabras, reminiscencias escolares, le apretaba el pecho, y aguzó el oído, por lo que pudiera captar.

Tras un par de minutos, el francés arrancó de nuevo el vehículo y tomó rumbo desconocido ante la atónita expectación de los jóvenes que, ante todo, agradecían mentalmente seguir vivitos y coleando. El coche se detuvo en un cruce; Julián supuso que estaban cerca de París, puesto que las calles se hacían más transitadas. El hispano volvió la cara y emitió un sonido gutural.

- ¡Fuera del coche!

Fabián saltó del vehículo a velocidad de rayo y tiró con fuerza del brazo de su amigo, que permanecía inmóvil y aturdido ante la extraña sucesión de acontecimientos. Vieron alejarse al extraño montón de hojalata mientras deshacían el apretado nudo de sus gargantas.

Tras andar un par de calles, Julián dedujo que se encontraban en “Porte de La Villette” que, por aquello de “porte”, supuso que los habían acompañado hasta la mismísima puerta de la ciudad. Por otra parte, París tenía decenas de puertas, por lo que seguía igualmente desubicado. Se preguntó inquieto el motivo por el que se habían tomado la molestia de llevarlos hasta allí, pudiendo haberlos dejado tirados en cualquier cuneta. La sola idea de que aquellos tipos hubieran sentido el más mínimo atisbo de compasión por ellos, le dio ganas de echarse a llorar. Recordó que aquella misma mañana, en la embajada, les habían dicho que en un par de días les conseguirían billetes para volver a España. Cuando se le ocurrió preguntar qué harían a la espera de tales billetes, la chica del mostrador ya exponía sus gruñidos al siguiente turista desamparado. Jamás pensó que aquellas prometedoras vacaciones resultarían tan indigestas.

Olisqueó irremediablemente aquel aroma a pan caliente. Odió de nuevo aquella ciudad por llenar sus calles de restaurantes y panaderías. Recordó como un tonto a Heminway, que decía que París era una ciudad horrible para el muerto de hambre, y le imaginó vagando enloquecido por aquellas calles malditas con olor a pan caliente. De repente le pareció percibir una sonrisa malévola en los labios de Fabián, que introdujo su mano en el bolsillo y extrajo feliz sus cinco euros, aún intactos; de nuevo compartían pensamientos. Señaló oportuno en dirección a un establecimiento que asomaba tras la próxima esquina, y se sorprendió al descubrir que no recordaba la última vez que habían comido. Moría de hambre.

La noche comenzaba a arrojar tinieblas a sus renegridas perspectivas; la ciudad del amor y la luz se les revelaba como un lugar de sombras, temores e incertidumbres. Decidieron que, definitivamente, iba siendo hora de abrir los ojos ante aquella ciudad maldita, y ya que todo apuntaba a que pasarían la noche vagando por sus calles, lo mejor era buscar el lugar adecuado. Tras preguntar a un par de transeúntes en el idioma internacional de los signos, y colarse en el metro sin ningún tipo de problema, se encontraron en la rue Mouffetard. De nuevo el olor a comida atrajo su atención, y Fabián se preguntó el motivo por el que los franceses no reventaban de obesidad, ante tanta insistencia. Pensó que si hubiera tenido dinero, aquella noche habría engordado al menos un par de kilos. Por otro lado, Julián se lamentaba de la fatídica experiencia; contemplaba hipnotizado el bello espectáculo que le rodeaba, el colorido de aquellas pequeñas calles, y las gentes que paseaban ajenas a todo mal, y no pudo evitar sonreír. Al fin y al cabo, estaban en París.

Fue entonces cuando Fabián le asió del brazo con fuerza; sus ojos estaban clavados en algún punto de aquella multitud que comía, reía o paseaba, pero no alcanzaba a articular palabra. Julián analizó la trayectoria de su mirada, pero aún tardó un poco en descubrirla, feliz, comiendo inocentemente un helado con forma de flor descomunal, paseando del brazo de un hombre de rostro poco afortunado – pobre iluso -; la italiana.

Corrieron a ocultarse para poder cavilar cómo hacer frente a aquella nueva posibilidad que se abría ante ellos. Fabián habría deseado poder entregarla a los matones para que la despellejaran viva y le sacaran todo lo que les había robado, y de repente se preguntó confuso qué sería aquello que la chica les había robado. Dudó que aquel par de gorilas hubieran montado aquel circo por un puñado de euros, debía haber algo más, y aquella chica era la única respuesta. La observó un instante y halló el camino para desvelar sus inquietudes y, de paso, recuperar su dinero; la joven entregaba plácidamente el helado a su ingenuo acompañante, mientras se adentraba lentamente en la creperie de la esquina; el muchacho se dispuso a aguardar pacientemente. Sin duda alguna ella iba al baño; era el momento. Los chicos se deslizaron sutilmente en el interior del bar y avistaron su rubia melena conversar unos instantes con el camarero; acto seguido, se dirigió hacia las pequeñas escaleras que había al final de la barra, y las descendió con total parsimonia. Los dos jóvenes comenzaron a caminar a un tiempo, rodeándose de un fracasado disimulo que atrajo la atención del camarero – estaba claro que sin rubia melena, uno no entraba tan campante en los servicios -. Fabián hizo oídos sordos mientras su compañero frenaba la marcha y se enfrentaba al individuo – de nuevo aquel idioma en el que no era capaz ni de estornudar -, rezando para que su amigo tuviera tiempo de cazar a la italiana.

Fabián la escuchó tirar de la cadena y se plantó frente a la puerta, cubriendo la salida. El gesto de la muchacha al contemplar la seriedad de aquel rostro conocido fue de ácida sorpresa, en un principio, traducida segundos después en sonoras carcajadas. Fabián no supo cómo tragar aquello. - ¿Por qué en esta maldita ciudad todo el mundo ríe ante la desavenencia? – Fue su primer pensamiento.

Cuando Fabián salió del bar, con la tranquilidad y la felicidad esculpidas en su rostro, Julián le esperaba junto a la puerta convertido en un deshecho humano. Interrogó a su amigo con ansia, mientras éste evadía intencionadamente sus preguntas con la malévola intención de hacerle sufrir cariñosamente. Cuando constató que rozaba la locura se echó a reír, adoptando lo que había acordado en llamar “la extraña costumbre gala”.

- No te preocupes, hombre, que lo he arreglado todo. Va a devolvernos el dinero.

- ¿Cómo que va a devolvérnoslo? ¿Dónde está?

- La he ayudado a escapar

- ¿Cómo?

- Sí, del tipo aquel con el que estaba. Le ha robado la cartera.- Julián miró disimuladamente a aquel personaje, que continuaba clavado en el lugar en el que ella le había dejado, con un helado enorme chorreándole por la muñeca.

- No te creo, ¿y tú le has ayudado a escapar? ¿Puedo preguntarte por qué? – La ironía que aderezaba su pregunta anunciaba una muerte por asesinato. El pasmo adornaba su rostro encendido como una bombilla.

- Ha ido a buscar nuestro dinero, va a reunirse con nosotros en media hora. Me ha explicado como llegar…

- Voy a llamar a la policía – le interrumpió.

- Ni se te ocurra. La policía no va a devolverte el dinero aunque la detenga. – Contuvo la respiración – Vendrá con nuestro dinero, Julián, me lo ha prometido.

Julián perdió el habla unos instantes y arqueó la ceja ante lo que le pareció la mayor estupidez que su amigo había cometido nunca. La ingenuidad del muchacho que contemplaba le tenía desconcertado, y se sintió ridículo de no poder competir con una melena rubia y un par de tetas italianas.

- He estado hablando con ella, habla muy bien el castellano. Le he dado pena, tío, en serio. Ya verás como aparece. Ha llegado incluso a contarme que fue lo que les robó a aquellos dos imbéciles en el tren. Adivina, no era dinero.

- Y yo que sé, Fabián. No estoy para adivinanzas.

- Una mochila.

- ¿Una mochila?

- Con dos kilos de cocaína dentro. Y una pistola – Julián enmudeció -. Con eso encima, ¿qué puede suponerle nuestro puñado de euros?

Tras diez minutos esperando en la puerta de aquel restaurante, Julián comenzaba a ponerse rojo de furia; su compatriota, blanco de angustia, o verde de vergüenza cuando se veía reflejado en la ira de su amigo. Lo cierto es que ambos semblantes pasaron al azul celeste cuando vieron aparecer a aquella beldad italiana desfilando rítmicamente por el acerado, a cámara lenta. Melena al viento. Cuando llegó junto a ellos, la chica compuso la mejor de sus sonrisas a aquellos espectadores sin habla.

- ¿Entramoss? – Dijo acariciando suavemente la ese final.

- ¿En… en el restaurante? – Tartamudeó Fabián.

- Claro, yo invito – La chica se abrió paso entre ellos y penetró en el restaurante, con la soltura dibujada en sus andares de mujer fatal.

- Tío, ¡va a invitarnos a un japonés! – Susurró Fabián con toda la alegría que cabía en su cuerpo.

- Con tu dinero, imbécil. Va a invitarte con tu dinero – Antes de que aquellas palabras colonizaran su sistema auditivo, Fabián ya se hallaba babeando junto al despampanante escote que descubrió la rubia melena.

- A nadie le gusta robar para vivir – venía diciendo la beldad -, pero cuando no sabes hacer ninguna otra cosa en la vida, sonríes ante la suerte de tener un cuerpo que embruja a vivos y a muertos. – Sonrió – No por eso soy mala persona. – Julián callaba de incredulidad ante la sospechosa franqueza de la joven. Aquella presencia femenina se le antojaba mucho más peligrosa que la amenaza de aquellos matones que habían sido desposeídos de su valioso alijo. Observó a su tibio compañero contemplar el rostro impoluto de la mujer, los rizos rubios que se balanceaban lujuriosos entre el carmín de aquellos labios que emitían palabras que apenas alcanzaba a oír. Se había enamorado. – Yo no soy demasiado inteligente – Prosiguió. Julián se preguntó si los idiomas venían incluidos en el kit para ladronas lerdas pero esculturales. Italiano, español y francés, ¿alguien da más? No había logrado creer ni una sola de las palabras que había oído de boca de la joven, y entristeció ante la imagen de su amigo, que sonreía feliz como corderillo en el corral.

La chica siguió relatando historias; infancia traumática, huída temprana y otros cuentos. En cierto momento de la noche – justo cuando el sushi hacía su entrada triunfal – una estridente musiquita bajó a Fabián de los cielos. La joven sacó el móvil de la mochila.

- ¿Aló?

Comenzó a parlotear tan rápido que Julián no logró cazar ni una palabra. La leyenda de que el italiano se parecía al castellano acababa de morir ante sus oídos. De súbito, la chica se interrumpió.

- No hay cobertura, salgo fuera un segundo.

Ambos la observaron balancearse sobre sus caderas camino de la puerta.

- Es impresionante – El comentario no sorprendió a Julián, que deseó en aquel instante abofetear a la babosa subnormal que había tomado posesión de su amigo.

- No me fío de ella ni un pelo. Es más, no me hace ni puta gracia que haya salido a la calle. Se va a volver a ir con nuestro dinero.

- Que no, tío. ¿Por qué ha venido entonces si no piensa devolvérnoslo, eh? – Fabián parecía haber recobrado su cordura, no podía negarlo – Además, ha dejado aquí su mochila, no tendría sentido que…

- Calla – Julián había dejado de ver a la chica a través de los cristales del restaurante. – La he perdido de vista – Podría simplemente haberse alejado unos pasos distraída con el hilo de la conversación. El frío glaciar que se apoderó de su esófago le gritaba que no. – Se ha largado.

- Que no, hombre, tranquilízate. Si está ahí su mochila.
Su mochila. Aquella palabra tronó en su cerebro segundos antes de que todo sucediera a velocidad vertiginosa. Y tronaría sin duda cada minuto durante mucho tiempo. Aquellas sirenas de policía aullaron en su cabeza mucho antes que en sus oídos, pero sus piernas inmóviles no le dejaron levantar el culo para salir corriendo. Cocaína, llamada telefónica, mochila, pistola. Aquel montón de vocablos danzaban crueles en su cerebro, paralizado de congoja. Fabián observaba anonadado el rostro de su amigo que se blanqueaba, contorsionado en una extraña mueca. Parecía una sonrisa. Extraña costumbre gala.

Cuando la policía esposó sus pequeñas muñecas, Fabián aún no había enlazado acontecimientos, pero aspiró profundamente al ver cómo los gendarmes abrían la mochila y extraían una suculenta pistola. Palideció al observar aquella pequeña bolsa que contenía unos cien gramos de lo que el policía acertó a bautizar como cocaine. Primera palabra que alcanzaba a entender de labios de un francés.

Patricia Díaz Vidal  

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Narrado por Patricia Díaz Vidal el 23-09-2010 [Escribir comentario]
Categoría: Cuentos

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