Clarissa

Clarissa se encontraba en un dilema de amor. Era raro, nunca había sido muy enamoradiza. Es más a lo largo de su vida solo había tenido dos novios. ¿O quizá sería por eso, por su escasa experiencia, que ahora estaba en tal problema?
No lo sabía, pero ese hombre cuarentón, con incipientes canas en las sienes la había cautivado. Comía poco, dormía poco y ya hasta trabajaba poco. O igual, pero menos concentrada. También era raro, nunca había faltado al trabajo, salvo cuando tuviera una enfermedad grave. Pero nunca se había enfermado de amor, hasta ahora.
Si alguien os pidiera que le nombrarais alguna obra de George Orwell, seguramente que la mayoría de vosotros (y yo mismo), diría “Rebelión en la Granja” o “1984”. Y aunque quizás sean sus escritos más conocidos y actualmente se cataloguen como clásicos, George Orwell fue mucho más que esas dos novelas.
El idioma se mueve. Esto es importante, necesario y sobre todo emocionante ya que cambia al ritmo que le impone la sociedad y todos, en mayor o menor medida somos partícipes de ese cambio y por ello debemos sentirnos protagonistas y jugar con él con cuidado y consideración.
Una tarde parda y fría
No soy aficionado a los toros y tampoco me he decantado nunca con rotundidad porque la llamada fiesta nacional desaparezca. Pertenezco a ese grupo anodino de personas que en esta cuestión nunca ha tomado partido; y no lo he hecho por dos motivos fundamentales, por una lado detesto como se martiriza a los toros durante la lidia y por otro comprendo perfectamente a sus defensores cuando nos hablan del valor económico del toro y la posibilidad real de desaparición del animal. Así que cobardemente me he mantenido en la temible y peligrosa línea intermedia.
- Voy en tren. Veo una mansión, victoriana y amarilla, sobre una pequeña loma y decido apearme en la próxima estación, que anuncian ahora mismo, pero no entiendo… Bajo y le pregunto al jefe de estación cómo se va a la casa amarilla.