Editorial Narradores

La Carta

23-agosto-2010Mario Alfageme

Retrato de Jane AustenLa carta olía a viejo, a anti­guo y el papel del sobre, pese a lo ama­ri­llento que el paso de los años lo había vuelto, man­te­nía intacta su estruc­tura firme y ater­cio­pe­lada. El mata­se­llos ape­nas impe­día ver bien la estampa dibu­jada en el tim­bre, aun­que la direc­ción de pro­ce­den­cia estaba per­fec­ta­mente indi­cada. Pero no era todo eso lo que hacía que man­tu­viera la carta en mi mano y la mirara con curio­si­dad y asom­bro, no, la ver­dad es que hacía mucho tiempo que no reci­bía una carta y me intri­gaba quién podía escri­birme a mí, que me había ale­jado de todos mis cono­ci­dos en un último esfuerzo por sacar mi novela adelante.

Pero no había duda de a quién estaba diri­gida, mi nom­bre apa­re­cía en el reverso del sobre, escrito con una fina y ele­gante cali­gra­fía, al lado de la direc­ción del hos­tal donde me alo­jaba desde unos días atrás. Encendí un ciga­rro y abrí una lata de cer­veza; no tenía ganas ni de fumar, ni de beber, pero me sir­vió como excusa para retra­sar unos minu­tos la aper­tura de la misiva. Me intri­gaba pero a la vez, me hacía sen­tir un pru­rito de temor que se ini­ciaba en mi estó­mago y me empe­que­ñe­cía los testículos.

Cuando el cuchi­llo de cocina rasgó el papel, la sen­sa­ción de incer­ti­dum­bre se acre­centó y noté en mi boca el ácido sabor del tabaco y el alcohol. Tres cuar­ti­llas de papel en per­fec­tas con­di­cio­nes y escri­tas con la misma pul­cra cali­gra­fía apa­re­cie­ron ante mí y en el enca­be­za­miento de la pri­mera de ellas, sin men­cio­nar mi nom­bre se me indi­caba que con­ti­nuara leyendo con unas ama­bles y casi olvi­da­das pala­bras: Esti­mado señor.

Leí la carta dos veces. La pri­mera del tirón, ner­vioso y expec­tante. La segunda, con más calma, real­mente sor­pren­dido. Las fir­maba R. M. Rilke en res­puesta a una supuesta carta que yo le había enviado, pidién­dole con­sejo sobre la novela que estaba escri­biendo y depo­si­tando en él, la fe y la espe­ranza del con­sejo que espe­raba recibir.

Estaba seguro de no haberle enviado nin­guna carta, ni a él ni a nadie, por lo menos en los últi­mos veinte años, donde el orde­na­dor y el móvil habían arrin­co­nado el arte epis­to­lar. Pero sus pala­bras habla­ban de mi obra, de mis per­so­na­jes y sobre todo ello espe­cu­laba. Lo hacía con afecto y sus comen­ta­rios no esta­ban exen­tos de crí­ti­cas per­ti­nen­tes y acer­ta­das. Me ani­maba a bus­car en mi inte­rior las pala­bras y las ideas ade­cua­das y me pre­gun­taba si real­mente que­ría escribir.

Esto ocu­rrió hace una semana. Durante estos siete días no he escrito ni una sola línea. Ape­nas he comido y el sueño ha sido escaso y con­vulso, pero he tomado una deter­mi­na­ción. A la pre­gunta que R. M. Rilke me hacía he res­pon­dido que sí, que sí quiero escri­bir y que mi vida es la escri­tura. Por ello le he res­pon­dido y espero su carta con ansie­dad. Mien­tras he decido hacer algu­nos cam­bios en la estruc­tura de mi obra.



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