Concursos Literarios: Apatía, Falta de Rigor y Premiados Mediocres
Por motivos de salud, la semana pasada, el que escribe, faltó a la cita cuasi diaria que tiene con los lectores de esta revista. Durante mi cautiverio y entre enfermeras sonrientes, voces de aliento de los más cercanos y medicación por un tubo (el que tenía insertado en mi brazo) he podido leer mucho y meditar sobre lo que leía.
Sería estupendo, casi heroico, poder decir que mis lecturas fueron clásicos, grandes obras de la Literatura o novelas actuales alternativas predecesoras de nuevos movimientos literarios; pero faltaría a la verdad. He leído novelas, unas compradas por mí y otras regaladas por esos que siempre están ahí y la mayoría giraba era entramados históricos, policiales y misteriosos (quién piense que voy a despotricar contra ese tipo de historias, se equivoca).
La mayoría estaban compuestas por grandes tramas, ideas geniales que de haber sido bien desarrolladas podían haberse convertido en verdaderos best sellers, pero que no han pasado de unos pocos cientos de ejemplares vendidos. Y me di cuenta (perspicaz que es uno), que muchas de esas novelas estaban galardonadas con premios que llevan el nombre de viejas ciudades que necesitan dar salida al excedente monetario que tienen asignado a cultura.
No, tampoco voy a meterme con los concursos literarios. Lo que sí voy a hacer es cargar las tintas contra los personajes o personajillos que componen el jurado de esos premios que de no ser por ellos podían convertirse en grandes referentes de la literatura castellana, por que el nombre de la ciudad bien lo vale y porque el premio metálico es muy apetecible.
Pero por desgracia la mayoría de las veces la historia galardonada se convierte en un conato, una aproximación débil de lo que podía haber sido y pasa sin pena ni gloria por las pocas manos que osan cogerla para su lectura.
Y la solución es bien sencilla. Todos los jurados tienen la potestad de declarar desierto el certamen, que lo haga. Pero si la medida les parece muy drástica, que se tomen la molestia de indicar el camino al escritor para que no cometa fallos en los diálogos, en la forma de las estructuras, en la gramática y sobre todo en los lamentables finales.
Porque ya lo he dicho, muchas de las novelas poseen una historia más que aceptable lo que les falta es ordenar las ideas, los personajes y encauzar la trama para que no parezca que las cosas ocurren por arte de birli birloque. Ya que si hay una cosa que odio en una novela es la falta de rigor en las secuencias (lo que yo llamo cerrar el círculo de las actuaciones, de las acciones), porque si ese círculo no se cierra la historia no es más que un conjunto de palabras desgarradas caminando sin rumbo fijo. Profesionalidad.
