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De Sogas y Semisuicidios

Ilustración del relato 'De Sogas y Semisuicidios'
Eutiquia
No era agua. Estaba lloviendo, pero no era la gotera de siempre lo que caía sobre la cara de Eutiquia. Eran trozos del techo que le estaban cayendo en la cara, mientras contemplaba embobada ese espectáculo, espanzurrada en la cama. Se sintió ruin por no haber llamado a los albañiles a tiempo. Pero cambió de idea cuando oyó además una especie de grito y otro batacazo en el suelo, digo en el techo, de su dormitorio. Con el pijama lleno de manchas, porque había pasado tantas horas delante del ordenador que no había tenido tiempo de lavarlo, bajó con prudencia de la cama, se puso las zapatillas, esperando que algo resolviera ese misterio para no tener que moverse y poder volver a roncar con soltura, y subió a casa del vecino.

Nadie abrió la puerta. Volvió a por la llave que tenía para regarle las macetas en sus ausencias y entró sofocada, pidiendo mentalmente que todo fuera una tontería. No estaba ella para esas incomodidades.

Allí estaba Genaro, tirado en el suelo, con una soga alrededor del cuello, la cara muy moradita y un priapismo algo vergonzoso. Pero no, no estaba muy muerto del todo, aún hacía chirivitas con los ojos y sacaba la lengua intentando decir algo.

Eutiquia siempre había sido algo pava y tardó en comprender que ese señor, su muy estimado vecino, había hecho un intento de viaje al mas allá, pero se quedó más acá. Debería haberla avisado, claro, porque con estas cosas los precios de las viviendas se devalúan. Pero en un arranque de caridad, se lo perdonó y corrió a por el cortaúñas que estaba sobre la mesilla, le costó bastante romper la soga.

Genaro pudo incorporarse y extracorporarse, a pesar de no haber desayunado, es decir, no sabía muy bien que hacer, pero se agarró a Eutiquia en un arranque de simpatía y los dos volvieron a caer al suelo, ¿qué digo al suelo?, al techo, al de ella, y dieron un cebollazo en la cama de ella, como era de prever. La vida sedentaria, y las dietas de usuario de ordenador, que son poco sanas, ¡ya se sabe! Fue así como el amor surgió del delirio de un semisuicidio.
Fin, por supuesto.

Luciano
¡Op!
Me tiré al tren, con la alegría del que se va de viaje muy lejos, y el tren descarriló, y a mí se me quedó cara de gilipollas, y me tocó ayudar a sacar a los vivos, pero también tuve que pasar el traguito de sentir envidia de los muertos.

Carmelo
Carmelo era un señor muy jubilado, es decir, lo llevaba a gala y ejercía como tal con la intensidad de la lucha en alguna batalla. Pero las máquinas fallan y estaba algo saturado de obligaciones jubilacionistas. Lo de tomarse siete medicamentos todos los días le producía flatos que se le salían hasta por las orejas.

Decidió irse al otro barrio, al de su Iluminada, que había fallecido en olor de anestesias el año pasado.

Se tomó todas las pastillas de Flatoril, esperando que la ausencia de gases paralizara sus intestinos y la preciada muerte tuviera a bien llevárselo. Para ayudar en el intento, metió la cabeza en la nevera, había oído decir que el frío atonta, no estaba muy por la labor de sufrir más de lo necesario. Le volvió a dar el lumbago, no eran posiciones propias para sus años, pero aguantó como un héroe.

Como a las 4 horas allí no había pasado nada, decidió salir a comprar el periódico, ejerciendo una de las más socorridas artes de su jubilación. Metió la pata, digo la pierna, en una alcantarilla y, para qué nos vamos a engañar, como se fracturó el peroné y la tibia, le llevaron de viaje, pero no al otro barrio, al hospital.

Hilaria
Y entonces me comí el rosario de pétalos de rosa, señor juez. Sí, el que mi abuela compró en el museo de aquél monasterio. Es que, verá, yo siempre había querido ser carmelita descalza, pero no hubo suerte, me tocó trabajar en la churrería con mi tío y ya ve, ¡frita! Y además del rosario miré con ternura y amor ese escapulario, pero me lo zampé también, es que olía a humedad de inciensos, no puede evitarlo. Sí, sí señor, yo quería morirme, convertirme en espíritu de madera y plata dentro de un ataúd, ya que no pude enclaustrarme. Pero, claro, no soy previsora y no podía suponer lo que iba a pasar. El escapulario era de la Virgen del Páramo Perdido y se apoderó de mí de tal manera que me dio por aparecerme a todos mis familiares y amigos. Yo sólo quería ayudarles. No, no, le juro que no tengo ningún cómplice, que fue el escapulario, de verdad, que es que no sabe usted el poder que eso tiene. Así que puse a todos en procesión, no me pregunte cómo, porque mi ascetismo me impide revelar mis procedimientos, y allá que los llevé de excursión. Con bocadillos de choped, sí señor, veo que están bien informados. No, no, que yo no le quité ninguna tuerca a la noria, que le juro que se cayó sola. ¿Yo? No, si yo no podía morirme, me lo tenía prohibido el escapulario, una vocecita me lo avisó desde el estómago.

Donato
Como no me podía cortar las venas en condiciones, porque el cuchillo estaba bastante desafilado y el agua de la bañera poco caliente, porque es que vaya momento había elegido la bombona de butano para ir a terminarse, pues tuve que arañarme la muñeca y arrancármelas de cuajo. Lo único que conseguí fue marearme bastante, por la impresión del suceso, pero sólo me quedé muerto a medias, así que, salí de la bañera, me resbalé, lógicamente, porque yo iba pensando en cosas trascendentales y no en el agua que hizo efecto surf entre mis pies y esas baldosas brillantes que tuve que poner el año pasado, porque eran más baratas, me levanté con el glúteo algo molido y la vanidad algo maltrecha, pero dispuesto a seguir adelante, subí al ático por la escalera, no me atreví a meterme en el ascensor, porque como iba chorreando podría electrocutarme y eso me da yuyu, me crucé con la vecina del 5º que me miró a las pelotas y las venas colgando con cara de susto, lo que pasa es que yo la ignoré a ella, si no quiso ligar conmigo en Julio, había perdido su oportunidad, llegué a ese remanso de espiritualidad que es el ático y, sin pensármelo más de 8 veces, me tiré.
Maldigo al vecino hijoputa que siempre está haciendo obras sin avisar, maldigo el colchón lleno de manchas que el muy capullo había tirado al contenedor y maldigo a los obreros por poner el contenedor justo debajo del ático.

Xrisstinah  

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Narrado por Xrisstinah el 22-07-2010 [3 Comentarios]
Categoría: Cuentos

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3 Comentarios

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  • 1.- Narrado por Llum el 24-07-2010

    ¡Ay, pobre Luciano!
    ¡Hooola Xristina! Cuánto tiempo sin leerte ¡Me encantan tus relatos agridulces, comicotrágicos!


  • 2.- Narrado por xrisstinah el 25-07-2010

    Gracias Llum
    El placer es mutuo.
    Me refiero al de leerte,
    o sea, quiero deciiiir,…
    no, déjalo.


  • 3.- Narrado por Llum el 27-07-2010

    Mmmmmm… Y al de escribirlo… Entiendo….




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