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Noche de Primavera

Imagen de San Juan de la CruzVaya noche de primavera. Frío, lluvia y viento. Mas parecía un crepúsculo de los desalmados meses de diciembre y enero que del luminosos mayo en el que nos encontrábamos. Y si no fuera porque el sol se había escondido más allá de las nueve, de verdad habría pensado que el invierno había llegado en toda su crudeza.

Me dirigía a Valladolid, pero al acercarme a Medina del Campo, decidí detenerme. Apenas veía a través del parabrisas y el río en que se había convertido la estrecha carretera, amenazaba con arrastrarme con él. Una tenue luz, que aparecía y desaparecía con el capricho del aire me guió. Salí de la carretera y tomé lo que parecía un camino de tierra y llegué a una antigua, pero bien conservada construcción religiosa, que supuse que había sido restaurada para convertirla en hotel rural o algo por el estilo.

La luz que me había guiado era la de un candil de aceite que estaba colgado de una viga en el portón principal. Me hizo gracia el detalle. Bajé del coche y corrí bajo la lluvia y aunque apenas había dos metros hasta la cobertura del alar, llegué empapado. Busque un timbre y como no loo encontré cogí la pesada aldaba y llamé un poco cohibido por el ruido que hacía. La gran puerta se abrió en silencio como si no estuviera trancada. Dudé, un solo segundo, el viento arreciaba y me colé dentro.

- ¡Hola! ¿Hay alguien?

Una estancia fría y húmeda me recibió iluminada con varios cirios raquíticos. Nadie contestó.

- Hola. Necesito una habitación.

Un rumor, a veces decadente y otras creciente, me llegaba desde el fondo de un pasillo que salí a la izquierda de la estancia. Lo seguí. Estaba oscuro y me fui apoyando en la fría piedra, guiado por la luz que llegaba desde el final. El murmullo era cada vez más audible. Cuando por fin se terminó el asfixiante pasillo, desemboqué en otra estancia, mucho más pequeña en la que un pequeño hombrecillo, con los ojos angustiados, vestido con ropas talares y descalzo, recitaba absorto, lo que parecía un largo poema escrito en pedazo oscuro de papel.

- Hola.

El hombrecillo me miró y pareció confundido. La estancia tenía un jubón de paja en el rincón donde una pequeña ventana daba luz por el día, una mesa rudimentaria y un taburete con el asiento de paja. Encima de la mesa un quinqué iluminaba una pluma y un tintero.

- ¿Qué queréis ahora? Ya he dicho que no me retactaré. La reforma es necesaria.
- Sólo pretendo descansar esta noche. – No entendía de que me estaba hablando.
- Supongo que es una nueva estratagema de esos frailes calzados. No importa, me vendrá bien la compañía. Puedes utilizar el jergón. Yo no dormiré esta noche. La iluminación de nuestro Señor aparece y desparece sin aviso y hay que aprovechar esos momentos.

Dudé mucho rato pero necesitaba descansar. Además pensé que quizá era una nueva forma de atraer turistas y que por la mañana me cobrarían la representación. Me senté en la dura cama y escuché.

¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche!

Aquella eterna fonte está ascondida.
¡Que bien sé yo do tiene su manida
aunque es de noche!

Su origen no lo sé pues no le tiene
mas sé que todo origen della viene
aunque es de noche.

Cuando dejó de hablar me miró y me interrogó con la mirada. Yo sin saber que hacer aplaudí con timidez.

- Agradezco la atención prestada pero de verdad a quién va dirigido este poema es Dios y a mi amadísima Teresa de Jesús. Por ella y por Nuestro Señor no me retractaré, podéis decírselo a vuestros superiores y al mismísimo abad. – Y dicho esto se sentó en el taburete a escribir, con el ceño fruncido, entre indignado y enfurruñado.

Yo durante un tiempo me quedé sentado observándole, temiendo dormir porque no me fiaba del todo, pero al final el sueño me venció y sin yo darles permisos mis ojos se cerraron y mi mente, aunque entre sueños extraños, descansó.

Desperté helado de frío. Tímidos rayos de sol inundaban la pequeña estancia a través del desvencijado tejado. Estaba solo y la paja vieja sobre la que había dormido, olía a humedad. No había ni rastro del jubón, de la mesa, del taburete, del tintero y por supuesto del hombrecillo vestido de fraile. Salí adormecido y mi sorpresa fue mayúscula cuando atravesé el pasillo y me encontré la estancia de la noche anterior, la que estaba iluminada con candiles, sin techumbre y con la pared que daba al norte caída. Tampoco había rastro de la puerta ni del alar que me había cobijado. Mi coche sí que estaba exactamente donde lo dejé, así que corrí hacia él y salí de allí pitando.

El camino de tierra me llevó de nuevo a la carretera aún húmeda y en la intersección un cartel indicaba: Antiguo Convento de los Carmelitas Calzados donde estuvo preso San Juan de la Cruz.

Mario Alfageme  

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Narrado por Mario Alfageme el 12-07-2010 [1 Comentario]

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1 Comentario

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  • 1.- Narrado por Llum el 24-07-2010

    Estamos antiguos, últimamente! O clásicos y extasiados!




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