Wamakhashkan

Hace muchos años, antes de que los Europeos lo descubrieran y le pusieran por nombre América, este continente estaba habitado por personas que vivían en diferentes territorios y formaban diferentes tribus. Una de ellas era la de los Sioux. Todos ellos vivían en perfecta armonía con la Naturaleza. Cazaban bisontes en verano y en invierno se dedicaban a la agricultura.
En uno de estos poblados, vivía “Hokshila Wamakhashkan”. Hokshila, en la lengua de los Sioux significaba “niño” y Wamakhashkan, “el que tiene conocimiento y respeta a todo ser vivo de la tierra”, pero sencillamente le llamaban Wama.
Era un niño alegre y observador y por esta constancia de observar, había aprendido a comunicarse con todos los animales de los que aprendía diferentes costumbres y maneras de proceder. Podía pasar horas y horas observando a sus amigas las hormigas, tan pequeñas, que había que estar muy atento para ver una sola de ellas, pero cuando trabajaban juntas, eran tan numerosas, que se transformaban en auténticos gigantes capaces de capturar cualquier insecto o gusano que las superaba miles de veces en tamaño. Después, compartían este alimento con el resto de hormigas que se habían quedado cuidando del hormiguero y de su reina. La reina era la que recibía más cantidad de alimento. Estaba siempre muy ocupada poniendo huevos y así, cuando unas hormigas morían, bien por la edad, por las luchas o por algún accidente, siempre había otras para ocupar su puesto y de esta forma se mantenía constante el gran número de ellas que garantizaba su supervivencia.
Otras veces permanecía inmóvil, anonadado observando la rapidez y destreza de la araña tejiendo su tela en círculos perfectos entrelazados entre sí. Esta habilidad permitía a la araña vivir sola. No necesitaba ayuda para conseguir su alimento. Simplemente, tejía su tela y esperaba pacientemente a que sus presas quedaran atrapadas entre sus hilos pegajosos donde le resultaba muy fácil poder capturarlos.
Observaba también el ir y venir de los pájaros, con insectos y larvas en el pico para alimentar a sus polluelos y las lecciones que éstos recibían de sus progenitores. Cada día tenían su hora de gimnasia de alas. Necesitaban hacer resistentes estos miembros antes de que emprendiesen su primer vuelo para evitar caer al suelo y ser pisados o devorados.
Tanto se fijaba Wama en la Naturaleza que se sentía totalmente arropado e integrado en ella. Le habían enseñado a respetar todo lo que en ella se encontrase.
Cuando llegaba el verano y las manadas de búfalos llegaban a su territorio rico en pastos, mataban sólo los necesarios para comer y aprovechaban las pieles para hacer sus casas terminadas en punta que se llamaban Thipis. Después de cada matanza, se reunían a dar gracias a la naturaleza y al espíritu de los búfalos por haberles proporcionado este bien tan necesario para sobrevivir.
Wama, aún más que el resto de su tribu, podía ser viento, lluvia, tierra, río y hasta mineral. Entendía la lengua de todos los elementos y seres vivos y también entendía el lenguaje de las piedras y las montañas que le hablaban de diferentes lugares y le indicaban puntos de referencia y diferentes caminos. Sabía de la perfecta armonía entre la vida y la muerte que significa continuidad. Las personas y animales tenían hijos que continuaban la existencia cuando ellos morían y las plantas dejaban sus semillas para que otras plantas creciesen en su lugar cuando ellas se secaban. Esa era la contribución que mas le gustaba. Cuando veía que una semilla estaba mal enterrada, él la plantaba a la altura justa para que brotase y si veía que un arbolito corría peligro porque no recibía suficiente sol a causa de la sombra de otros más altos y frondosos, lo trasplantaba con cuidado a un lugar donde pudiera crecer sin dificultad.
Así sucedió que poco a poco se fue sintiendo más y más parte del bosque donde pasaba todo el tiempo libre que le quedaba después de asistir a las clases de aprendizaje básico que le inculcaban sus mayores. Aprendía a hacer señales de humo para comunicarse con los suyos o con otras tribus, a seguir el curso de las estrellas, a las tareas de siembra, recolección y almacenamiento en las diferentes lunas, a aprender el lenguaje de las nubes y la dirección de los pájaros que indicaba el tiempo o la época que se avecinaba.
Día a día, como le habían enseñado sus mayores, iba aprendiendo más y mas cosas de la naturaleza y a interpretar sus signos que se convirtieron en un lenguaje fluido que él podía interpretar sin dificultad.
Un día oyó un nuevo sonido que venía del río. Poco a poco se fue aproximando y pudo percatarse bien del motivo de este alboroto. No era el río sino un cántico de lamento de los salmones que estaban atrapados e impotentes de poder seguir la contracorriente del río y pedían ayuda. Estos salmones habían nacido donde el río comienza y después, siguiendo su curso, habían viajado al mar para vivir en su inmensidad y desarrollarse como adultos. Los que conseguían hacerse grandes y fuertes, volvían a su lugar de nacimiento para depositar millones y millones de huevos que daría paso a una nueva generación que después volvería a viajar al mar y así continuar el ciclo vital de su especie. Wama sabía que si los salmones adultos no conseguían llegar a su lugar de origen, morirían en el intento pero no podrían depositar su mayor tesoro que eran sus huevos y la continuidad de su progenie. Wama también sabía de la importancia que tenían para los osos, que necesitaban comer muchos de estos salmones llenos de grasa para ganar muchos kilos antes de encerrarse en sus cuevas a dormitar durante todo el invierno. Sin este alimento, ellos tampoco podrían sobrevivir.
Corrió lo más rápidamente que pudo hasta llegar al lugar de ese murmullo lastimero que podía oír cada vez mas cercano. Allí encontró la causa de este pesar.
Los castores, que son unos magníficos arquitectos, habían construido una tupida pared con ramas perfectamente entrelazadas entre sí que impedía que el agua del río siguiera su curso en una previsión de sequía. Wama inmediatamente se puso en contacto con ellos y les hizo saber el trastorno que estaban causando. Los castores entendían el problema pero alegaron que ellos necesitaban mucho agua para poder sobrevivir y ese año, como había nevado poco, el río bajaba poco crecido. –Es su vida o la nuestra–, razonaron. Wama les indicó, que mas arriba del río había un lugar mucho más profundo donde les garantizaba que iban a tener pescado en abundancia y el agua no iba a faltarles y les rogó que dejasen un paso para que estos peces siguieran su ruta. Los castores, agradecidos por esta información, rápidamente se pusieron “dientes a la obra” y con sus poderosos y largos incisivos empezaron a roer parte de la presa que habían formado dejando a los salmones paso para realizar su cometido.
Otro día hablando con los árboles, estos le hacían saber el peso que tenían que soportar siempre cargados o bien con flores, hojas o frutos. Esto preocupó a Wama por un momento, pero pensando que ciertos animales de sangre caliente como el oso, la marmota, o el lirón dormitaban durante el invierno cuando no tenían nada que comer para guardar sus fuerzas hasta que la llegada de la primavera les trajera nuevo alimento fresco y otros de sangre fría como algunos insectos, reptiles, tortugas o ranas que necesitaban el calor del sol para poder moverse también dormitaban durante este periodo, se le ocurrió que también los árboles tenían derecho a hibernar en este periodo y así aconsejó a los árboles frutales que se deshicieran de sus hojas para sentirse mas aliviados y se durmieran para recuperar fuerzas. De esta manera, al llegar la primavera estarían más descansados y podrían soportar más flores y en verano más frutos y esto no les supondría una carga. Los árboles agradecieron a Wama la maravillosa idea que había tenido y se fueron poco a poco liberando de sus hojas para, al comienzo de las primeras nieves, entrar en un sueño tranquilo y reparador. A la primavera siguiente, estos árboles tuvieron muchas más flores, hojas y frutos y desde entonces, al llegar el invierno los árboles se liberan de su peso y les vemos dormidos.
Por ser mas observador y tener mas conocimiento que el resto, Wama se convirtió en el Jefe de la Tribu y todos sus descendientes siguieron sus enseñanzas y fueron jefes, viviendo en armonía y dando gracias a la naturaleza por todas las cosas que les proporcionaba.
Este cuento fomenta:
El aumento del vocabulario.
Conocimiento, sensibilización y respeto a los animales y a la Naturaleza, Introducción a la historia.
Apertura y respeto hacia otras opiniones, diálogos y negociaciones.
Apreciación de lo que poseemos.
Cadenas alimentarías y relación entre vida y muerte.
