Recuerdos de un Viaje al Corazón de las Tinieblas
El siguiente texto es el escrito encontrado junto a un viejo borracho en la taberna de un pequeño puerto pesquero cerca de Lisboa, está incompleto pero su historia, que se deja entrever, sugiere y evoca otra mucho más famosa, llevada a cabo en el corazón de África, en medio de las tinieblas.
Alguien me preguntó una vez qué de que estaba huyendo y yo con la atrevida osadía de mi lozanía osé responderle que da nada; que sencillamente me gustaba viajar y conocer gente nueva y nuevos territorios. Hoy sé, que aquél hombre, que se me presentó como Joseph, conocía más de mí que yo mismo. Porque hoy es el día que si no fuera por aquel viaje terrible y maravilloso a la vez y a pesar de que los años han ajado la frescura de mi cuerpo, seguiría vociferando a todo aquel que se encontrara a mi lado en cualquier inmunda taberna de cualquier puerto mugriento, que yo jamás he huido de nada. Pero aquel viaje existió y yo tuve la suerte, o la desgracia de ser testigo de todo lo que sucedió. Me gustaría que el vino, agrio y aguado que embriaga mi mente, me mantuviera más lúcido y así poder extenderme en mi relato, pero aunque mi mano apenas puede sostener la pluma, por el temblor etílico y, mis recuerdos del alfabeto se han ahogado con el tiempo en los litros de alcohol ingerido, quiero que estas pocas líneas sirvan para entender de que huía y de que no he dejado de huir nunca más.
Europa seguía con una carrera loca por conquistar las tierras negras de más al sur del estrecho de Gibraltar y aunque la Gran Guerra aún quedaba lejos, ya se adivinaban los horrores que causaría ya que por doquier se dirimían las diferencias de los hombres con pistolas, navajas o machetes. Yo llevaba vagabundeando varias semanas a orillas del Congo, subsistiendo con peonadas interminables por las que recibía algunas monedas, un húmedo catre y un litro de un licor destilado que no lo olisqueaban ni las ratas. No era raro ver europeos, pobres como ratas, paseando su superioridad entre los negros, pero sí que era raro que alguno se rebajara a realizar un trabajo de negros. A mí no me importaba, pero estaba cansado de olor a pescado podrido, las enfermedades venéreas y las reyertas portuarias, así que cuando aquél hombre, inglés me dijo que era, pero yo le adiviné el acento polaco, me dijo que necesitaba un hombre fuerte para diversas tareas en su barco de vapor le dijo que sí. A él le extrañó que ni siquiera preguntara dónde íbamos y por ello me preguntó que de qué huía.
Embarcamos la madrugada siguiente y pese a que la resaca intentaba confundir mis ideas, la visión del puerto desapareciendo a nuestras espaldas y la promesa de un viaje río abajo, lejos de la mugre de la ciudad consiguió sacarme una sonrisa y una vieja melodía vino a posarme en mis labios…
Tengo que parar porque mis recuerdos son confusos y no quiero dejar mentiras escritas sobre mi vida… necesito un baso de vino y entonces quizás pueda continuar…
… Los primeros días fueron apacibles y el buen tiempo animó las jornadas que terminaban con risas, canciones y wisky barato. Los negros que viajaban con nosotros no cantaban y soportaban con estoicismo los gritos, latigazos, patadas y escupitajos que los miembros de la tripulación les lanzaban, unas veces para que realizaran su trabajo más aprisa y otras, solamente para divertirse. Yo no me metía con ellos y aunque al principio no me importaba lo que les ocurriera, un hecho hizo que cambiara mi postura. Estaba anocheciendo cuando un negro joven manchó los pantalones de una marinero, holandés y pendenciero, cuando fregaba la cubierta; éste comenzó a golpearla en la espalda hasta que lo tiró por la borda. El pobre chico murió devorado por un cocodrilo sin que nadie hiciera nada por él, ni siquiera los de su propia raza. Esa noche vomité el licor…
Creo que me he quedado dormido y los parroquianos me miran con sorna, creo que no han conocido a nadie que supiera escribir… un vaso de vino me mantendrá despierto.
…Poco a poco me había ido acercando al hombre que me había contratado, me gustaba oírle hablar y ver como se pasaba todo el día tomando notas en un cuaderno de papel, como si lo que sucedía a su alrededor no fuera con él. Un día me dijo que el marfil que los blanco sacaban de África con el sudor de los negros, no era más que una excusa para demostrar la supremacía del color. Yo asentí, pero creo que en ese momento no lo entendí. También me dijo que debíamos buscar a un hombre y llevarlo de vuelta a Inglaterra, a mí me pareció bien…
Me duele el pecho y creo que el brazo izquierdo no lo puedo mover bien, supongo que el vino me está gastando una de sus bromas… apenas recuerdo ya el viaje, peleamos con negros, vimos muchas maravillas en forma de oro blanco y descubrimos los encantos del continente negro.
Murió. El hombre que fuimos a recoger murió en el viaje de regreso. Yo pensé que no había valido la pena todo lo que habíamos pasado pero Joseph, me dijo que la muerte le había liberado de lo que le esperaba en Londres, de la civilización y de volver a convivir con sus iguales después de haberlo hecho como un semidios entre los negros…
No puedo seguir, ya ni el vino me proporciona la vitalidad de antaño. No recuerdo nada, excepto una cosa: huía de todo lo que encontré en aquél viaje al corazón de las tinieblas.
- La Literatura y la Selva
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