Desgraciado Infeliz

Estoy oculto, subido a la rama de un árbol y sosteniendo una piedra en mi mano; es por si tengo que defenderme. Este es el lugar más perfecto del monte; el celeste del cielo brilla como el sol y la brisa lleva el fresco olor de los pinos.
Desde aquí arriba puedo ver como el desgraciado infeliz le desprende su vestidito blanco, le acaricia los bucles de su pelo e intenta recostársele encima; ella le sonríe con una ternura boba. Así me sonreía a mí; creí que sólo yo le hacía sentir cosas lindas… Quisiera gritar su nombre pero no puedo. No es momento para pensar en estupideces. La está acariciando en la cara. La besa en la boca. Ha puesto las manos entre sus piernas. ¡La está ensuciando! ¡Es un desgraciado hijo de puta! ¡Se merece lo peor! La cara del infeliz me parece la única cosa en el mundo; cosa despreciable. Le lanzo la piedra. La oigo cortar el aire. Resuena un impacto seco y apenas un grito. No sabe si correr o no. Mira hacia todas direcciones; está asustado. No más que yo. El desgraciado infeliz huye como un loco. Un líquido tibio baja por mis piernas y humedece mis pantalones. Ha vuelto el silencio de los pinos y del monte.
Quisiera gritar su nombre pero no puedo. No se levanta del suelo; su cuerpo ni siquiera se mueve. La sangre ha manchado su vestidito blanco.
