
Cuando el Tío* vio en mis manos el libro de Giovanni Boccaccio, lanzó un suspiro hondo y asistió.
–¿Leíste ya el cuento de Alibech narrado en la tercera noche?
Me quedé como alma suspendida en el vacío. No sabía que el Tío conocía el “Decamerón”, obra medieval censurada por los padres de la Iglesia debido a sus blasfemias y su desmesurado erotismo.
–Y tú, sin ser ratón de biblioteca, ¿cuándo leíste a Boccaccio? –le pregunté a modo de despejar mi duda.
–No hace falta que lo lea –replicó–. Si conozco al dedillo las obras clásicas es porque algunas de ellas están inspiradas en mi existencia y en mi libre albedrío. Soy el protagonista de esas aventuras y de muchas otras que aún no se han escrito. Si gustas, y dispones de tiempo, puedo contarte algunas para que tú, como buen escribano del diablo, les des forma y les pongas color.
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