Perdida Babel
Me tendió la mano y me dijo, vocalizando muy despacio, con esfuerzo: “Me llamo Erik”. Lo recuerdo así, al menos.
Erik, de apellido impronunciable, fue el primer noruego que conocí y durante mucho tiempo idealicé el país reflejo, en mi tierna pero voraz imaginación, del alto, rubísimo Erik de sonrisa sempiterna, reverberantes erres en sus cortas frases. El hombre azul le llamábamos por sus ojos de un azul limpio y profundo.
Tras Erik pasaron por casa la rumana Franka, el balcánico Lingus, la dulce Sofía, el checo y taciturno Havel y la polaca Kristo. Todos al amparo de la Iglesia, pues llegaban al pueblo a través de un movimiento aperturista e internacional que coexistía en nuestra parroquia con los grupos más inmovilistas –incluso carpetovetónicos- que injuriaban al sacerdote promotor de la iniciativa al que muchos llamaban rojo, mote que yo no comprendía porque aunque no llevaba sotana como los demás siempre vestía colores pardos o grises. También, los carpetovetónicos, criticaban a los feligreses que, como nosotros, acogíamos en casa a estos extraños que, ahora lo comprendo, buscaban refugio, huyendo de algo o de alguien.
Mi casa se llenó de palabras que se me antojaban conjuros, ritos, sones fantásticos, lenguas que se mezclaban pero que tenían su espacio.
El catalán de mis juegos infantiles y del huerto de mi abuelo Enric, de las riñas con mis hermanos y de los cuentos nocturnos de mi creativa madre, se fundía con el castellano de las mates y de las ciencias sociales, de la misa y de mi querida abuela Cesárea. Y ambos idiomas, para mí siempre emparejados, unidos por siempre jamás como en los finales de los cuentos, se juntaban ahora vocablos de sonoridades rotundas – yecuyé, guten dag, nipote, esvresiva, verlo dobro, prosze, ingen arsak- en un galimatías que nos divertía a la par que parecía tejer hilos invisibles entre nosotros.
Mi avi Enric refunfuñaba en catalán, pues no sabía hablar otra lengua ni escribir en ninguna, pero sonreía, imagino que también en catalán, cuando Sofía nos cantaba en búlgaro incomprensibles nanas. Mi abuela Cesárea, oriunda de un pueblito de Segovia, empezó a chapurrear palabras en idiomas bárbaros e, incluso, acabó llamando a sus nietos en catalán.
Los años de acogidas temporales terminaron de una manera abrupta cuando algunos huéspedes abusaron de lo de “estás en tu casa” y pasaron de cristianos a vándalos, pues hasta de nuestra sencilla iglesia desaparecieron algunas imágenes sin más valor que el otorgado por la fe de los orantes.
Babel terminó así, pero acabo de descubrir que algunos sonidos se quedaron alojados en mi alma o en mi estómago porque hace unos minutos estaba completamente desorientada en un barrio periférico de Oslo, perdida hasta que he oído mi nombre, con más “eles” de las que dicta la normativa, y al girarme he visto un sonriente, alto, rubio, aún azul pese a las arrugas alrededor de sus ojos, Erik. El primer noruego que conocí, hace casi tres décadas. Arrastrando las “erres” me pregunta si soy realmente yo y en perfecto inglés, cuando asiento, que cómo estoy bien. Digo, aunque seguramente pronunciándolo fatal, lo único que sé en noruego – bare bra takk (muy bien, gracias)-.
Sonrío. Estoy en casa.
