James Gatopirata (piratecat)

Un cuento casi infantil, con cuatro subtitulos en inglés, dos pareados, un verso y moraleja
Tenía la cara simétrica y verticalmente separada en dos colores. El perfil derecho era blanco y el izquierdo gris oscuro. El resto del cuerpo se repartía los dos colores en proporciones aleatorias.
Curtido en mil batallas callejeras su pelaje escondía un sinfín de cicatrices y en algunas no había vuelto a salirle pelo. Había perdido parte de su rabo en una trifulca por culpa de Gata Parda (Kitty Brown) una belleza de ojos verdes, sensual y casquivana. Una de sus patas delanteras, las de James Gatopirata digo, que de Gata Parda ya hablaremos más adelante que intuyo que les ha llamado la atención el personaje… Pues eso, que una de las patas de James Gatopirata no tenía huesos. Sí, sí, han leído bien, no tenía huesos. Allí donde alguna vez hubo tibia y peroné gatuno ahora había una prótesis de titanio, gatuna también, pero que le había dejado un poco tuerta la pata y que le hacía tener el semblante de estar a punto de iniciar un “elevé” en la tercera posición de ballet.
En resumen, que era un gato feo (ugly a más no poder). Pero un gato feo a ojos humanos porque a Gata Parda la traía loquita. Lo llamaba por las noches apoyada en la farola de la plaza, aunque a veces lo hacía encaramándose a un árbol solitario y lleno de corazones atravesados con flechas, nombres y fechas (anda, un pareado).
Una noche, James Gatopirata… sí, ya sé que les interesa más las andanzas de la gata pero es que el protagonista es el gato.
El gato feo… Pero protagonista.
Una noche… no, no había quedado con Gata Parda. Una noche digo, James Gatopirata le dio por aventurarse a saltar desde el balcón de su casa a la calle. Debió ser la oscuridad o que se había cenado un cuenco de olivas arbequinas lo que le nubló la razón. Todavía hoy no se explica como pudo saltar desde un tercer piso sin medir las consecuencias ni, por supuesto, las distancias.
El Gatazo fue tremendo.
Lo vieron impulsarse cual saltador en un trampolín olímpico dispuesto a ejecutar un mortal con tirabuzón y medio.
Soltó un maullido que sonó a “allá voy” y se zambulló en el espacio.
En el espacio entre el balcón de un tercero y el suelo.
La vecina del segundo, que tendía la ropa en ese momento, jura y perjura hasta la fecha de hoy, que al gato le dio tiempo de mirarla y de guiñarle un ojo.
Como era un gato feo, a ojos humanos porque Gata Parda bebía los vientos por él y se pasaba el día y la noche merodeando por el barrio en busca de su amado…
¡Ep! ¡Volvamos al gato!
El vecino del primero dice que vio una sombra caer justo en el momento en que se levantaba para ir al lavabo aprovechando los anuncios de la tele y oía una voz proveniente del tercero que decía “¡que se mata!”. Que a día de hoy también, el vecino del primero dice que se llevó un susto de muerte al creer que la sombra era humana y que atendía por Paquita. Que a su vez era la vecina del segundo que tendía la ropa sacando medio cuerpo del balcón y que jura y perjura que el gato la miró y le guiñó un ojo.
Aprovecho la coyuntura de la repetición para explicar que como todos los feos, James Gatopirata había desarrollado una especial simpatía y era querido en todo el barrio humano. Ni falta que hace explicar de nuevo que en el barrio gatuno era apreciado por otras cosas.
Tres cabezas humanas a diferentes alturas se asomaban al vacío buscando el bulto espachurrado.
Ni rastro del bulto.
Ni rastro del gato.
La compañera humana de piso de James Gatopirata lloraba desconsolada, Paquita “ojoguiñado” repetía “ ay que pena, ay que pena” y el vecino “vejigallena” acompañaba la escena con “ay que susto, ay que susto”.
Bajaron los tres a la calle, los tres con el alma en pena, sobre todo la del tercero.
Gata Parda, ajena a la desgracia, merodeaba la farola y se acicalaba las patas.
“Ay, que te has quedao viuda gatica” decía Paquita.
“Pero ¿ande coño está el gato?” decía Vejigallena.
Allí donde se suponía que debía haber un gato despanzurrado sólo encontraron un trozo de algo blanquecino que después de muchas vueltas concluyeron que era un colmillo. Se lo dieron a oler a Gata Parda con la esperanza de que tuviera instintos sabuesos y olisqueara hasta encontrar al dueño. Gata Parda no mostró el más mínimo interés, olisqueo el colmillo, reculó y siguió acicalándose empezando por el rabo.
Los vecinos del barrio fueron sacando sus cabezas a medida que los gritos de la del tercero se volvían más lastimeros.
Más de veinte veces tuvieron que explicar lo que andaba ocurriendo. Todos, excepto uno, no por gusto ni antipatía, sino por tener la pierna rota, acudieron esa noche a buscar al gato kamikaze.
“Ay pobrecico” decía uno.
“Con lo cariñoso que es” decía otro.
“Con lo que le gusta mi paella” comentaba una tercera.
“Si es que maúlla que se le entiende” y asentían otros tantos.
En fin, que después de tres horas de búsqueda y anécdotas sobre el gato se dio por concluida la tarea ya que el minino no aparecía.
Se decidió con mucha pena y veintipico desolados desfilaron hacia sus camas dando ya por sentado que el gato estaba “muerto y enterrado”. (el segundo pareado).
Gata Parda, que esa noche ni maulló ni se subió al árbol, recibió el pésame de todos y cada uno y a todos y cada uno les puso la misma cara.
“¡Ay que arisca!”.
“Con razón no tiene dueño”.
“Yo no sé que le ha visto el James”.
La vecina del tercero con los ojos irritados y la nariz como un tomate de tanto sonarse los mocos, obsequió con un café y bollos a los presentes a modo de velatorio.
Casi todos aceptaron, total, con el disgusto nadie iba a pegar ojo.
Subieron los escalones pareciendo la Santa Compaña, unos sorbían los mocos, otros reprimían las lagrimas un poco avergonzados de llorar por un felino.
La del tercero sorbía mocos,
lloraba desconsolada
y de vez en cuando soltaba
un quejido lastimero. (el verso)
“Sentaos donde podáis” dijo al llegar a casa y se fue hacia la cocina a preparar la vianda.
Todos se acomodaron en sillones, sofá, sillas y taburetes y alguno más jovencito se sentó en el suelo.
Volvieron a hablar de las anécdotas del gato.
Que si os acordáis de cuando se partió la pata, que si a mí me saluda desde la ventana cuando me ve venir, que si no veas como le gustan las lentejas, que si cuando Manolito se pone enfermo viene a visitarlo, que si vaya gato más listo, que si vaya gato más raro, que si…
Un bulto peludo fue acercándose hacia el grupo, se restregó en las piernas de algunos a modo de saludo y nadie reparó en ello, enfrascados en la tertulia no se extrañaron cuando James Gatopirata se acomodó en el regazo de Paquita Ojoguiñado y de que ésta lo acariciaba sin tan siquiera mirarlo.
La vecina del tercero salió con la bandeja cargada de tazas, azucarero, cafetera y pastelillos.
Todos dieron un brinco, todos, sobre todo el gato, al ruido del estruendo de la bandeja cayendo.
“Que está aquí el gato” acertó a decir temblando.
“Pobrecilla, ya tiene alucinaciones”.
“Que no, que no, que lo tenía Paquita”.
“Que dices mujer, yo no tenía nada”.
“Que lo estabas acariciando, ¡mira que falda de pelos!”.
Todos miraban estupefactos la falda de Ojoguiñado, era cierto.
Pero, ¿donde diantre estaba el gato?
¡El gato!
¡El gato feo!
El gato feo estaba más feo que nunca encaramado al estante con los libros de cocina.
De resultas del gatazo, porque el gatazo existió, tenía la nariz el doble de grande y la boca el triple. Pero no parecía importarle lo más mínimo, sentado con la pata tuerta miraba a los contertulios con cara de indiferencia.
Comprobaron, mientras la del tercero sorbía mocos y lagrimas, esta vez de alegría, que el colmillo encontrado en la calle hasta hacía pocas horas había pertenecido al gato.
Se armó un revuelo tremendo comentando el episodio, que si como había entrado, que si a ver si no se ha tirao, que si la vecina del segundo jurando y perjurando “vaya si se ha caído”, “que yo he visto el bulto”, “que yo lo he visto tirarse”.
Concluyeron de manera unánime y cuando ya salía el sol, que igual que había entrado y acomodado en la falda de Paquita, el gato había estado con ellos mientras lo andaban buscando, que una especie de catarsis los había hecho ofuscarse y que lo mismo que cuando uno busca las llaves por todos los sitios y resulta que las tiene uno en la mano, nadie había visto al gato.
Todos estuvieron de acuerdo al recordar la tranquilidad de Gata Parda ante el nerviosismo de todos. Dieron por sentado que la gata si que lo vio y por eso no se inmutaba y se acicalaba por si esa noche mojaba.
No sabemos si fue esa noche o en noches posteriores por que lo cierto es que desde entonces Gata Parda se enamoró todavía más si cabe de James Gatopirata, no sabemos, digo, si fue esa noche o en noches posteriores cuando se produjo el embarazo. Más feo que nunca gracias a la nariz partida y al morro colgando, James Gatopirata se convirtió en padre una tarde de verano.
Fue trayendo uno a uno, con ayuda de Gata Parda cogiéndoles por el pescuezo, a sus retoños a casa.
Gata Parda siguió igual de antipática pero igual de enamorada. Sin pedir permiso se apoderó del sofá y se dedicó a criar a sus hijos y a vivir como una reina.
A James Gatopirata le dio por traer regalos, que si un ratón pa entretener a los chiquillos, que si un pájaro muerto para la madre, que si unos amigos que venían de visita.
Todos en el barrio celebraron la ocasión, gatos, humanos y hasta el perro del quinto parecía satisfecho.
De los cuatro retoños, tres machos y una hembra, solo uno salió al padre. Más feo si cabe que el padre, es el dueño de la plaza, cuando éste se lo permite.
Gata Parda sigue en casa y parece que no hecha de menos ni la farola ni el árbol y se pasa el día viendo la tele aunque ésta no esté encendida.
La vecina del tercero se tuvo que buscar un segundo empleo, ya que los gatos de momento no tienen seguridad social y el veterinario cuesta una pasta.
James Gatopirata lo sabe, por eso, por las noches, cuando ha vuelto de parranda, se recuesta en la vecina y le lava las orejas mientras le ronronea bajito.
Y colorín colorado este cuento no se sabe si ha acabado.
Moraleja: lujosa urbanización residencial situada en el municipio de Alcobendas, muy cercana a la ciudad de Madrid, donde, ni por asomo, se produjo este episodio.
