De Amor y de Cólera

Tendría treinta años cuando leí, por vez primera, “El amor en los tiempos del cólera”. Estaba, como casi siempre, a la sombra de los alerces viejos que bordean el viejo sendero de este pueblo viejo y arrugado. Sentado en un viejo banco de maderas agrietadas, recién terminada esa historia de amor entre viejos, me sentí viejo. Viejo. Bueno. Quizá no fuera eso. Quizá mi temor residiera en los años venideros. Al proyectar el futuro me veía caduco, impotente, un eunuco abandonado en el imperio de los fuertes. El sol declinaba despacio, se dejaba arrastrar por los tentáculos imperceptibles de las nubes, se sonrojaba al ocultarse en los trigales. “El día está viejo”, pensé antes de incorporarme y, tras el rutinario vistazo a su balcón, caminar con el peso de los años, los míos y los de Florentino Ariza, rumbo a la decrépita soledad de mi hogar.
Rebuscando en la cocina, entre trozos de pan duro y fiambres ahumadas, fui consciente, demasiado consciente, del rumbo inevitable del destino. Ante mis ojos interiores tomó forma un porvenir ya escrito. La misma casa de paredes ajadas, de papel enverdecido por la humedad. El mismo paisaje de abandono asomado al mismo cristal polvoriento. Tal vez algún coche de más, tal vez algún otro rectángulo asfaltado. El mismo cielo, impoluto, azul como la sangre de los ricos, sin esperanza de nubes ni de agua. Y el mismo banco raído donde dejar pasar horas y semanas en la absurda contemplación de su balcón. Ella, como siempre, fingirá no verme cuando asome discreta a la ventana, saludará a sus nietos que han de corretear tras un balón en los jardines y se perderá en brazos de su marido. Yo recogeré mi sombrero, inclinaré mi espalda dolorida por el reuma y retornaré al frío refugio del caserío. Es curioso. Una de las mejores obras de la literatura universal se ha limitado a contar mi vida.
Con una diferencia, claro. Yo, me he reservado para ella. No he seguido el camino fácil de Ariza, esa búsqueda desenfrenada de placeres que mitigaran sus penas. No. Nunca he besado a otra mujer (nunca he besado a ninguna mujer. Los besos de juventud que arañaron sus labios son simple producto de mi imaginación) y, por supuesto, jamás he compartido mi lecho. No concibo el placer sin ella, no concibo el alba sin su calor, ni soy capaz de soñar algo diferente a ser su amante. Son sensaciones tan claras, tan vívidas que, en ocasiones, llego a pensar que no se limitan al interior de mi mente frustrada. Llego a pensar que estoy allí, paladeando cada segundo con la ansiedad del tiempo perdido. Pero cuando, como siempre, despierto envuelto en sábanas desnudas, el vacío de mi dormitorio me observa con gesto ceñudo y el día se presenta, una vez más, árido y aburrido.
Pero aquella mañana fue diferente. “Es culpa de Gabo” pensé mientras trasteaba en el fregadero acartonado por la grasa. El sol atravesaba los cristales con rabia de estío, entre sus afilados dedos flotaban pequeños nimbos de polvo en suspensión. Era un espectáculo tan extraño como habitual. El extenso salón, protegido de miradas indiscretas por unas vetustas persianas mal conservadas, dejaba filtrar escasos rayos de luz a su interior, provocando un espejismo de líneas inclinadas que en su camino iluminaban con más pereza que acierto la mesa, el sofá y las interminables estanterías de la biblioteca. Apoyado en la puerta de la cocina, aburrido, miraba aquella celda de barrotes incorpóreos mientras García Márquez susurraba despacio en mi interior. “Tú ganas” respondí, y el eco de mi voz contra las paredes me sorprendió tanto que dejé escapar el plato que secaba distraído. Bueno. Ya recogería después. Cuando se toma una determinación, no se debe permitir flaquear al valor. No se debe perder ni un segundo.
Llegué a la puerta de su casa a media mañana. El sol gobernaba sus dominios desde lo alto, y la hilera de alerces y chopos del camino, golpeados en una vertical casi perfecta, apenas exhibían sombras bajo las que protegerse. La vieja mansión de su familia, mitad finca de labranza, mitad palacio solariego, llevaba siglos saludando sin ganas a los viajeros que, despistados, se pierden entre las callejas de este pueblo arrinconado en la esquina más discreta de los mapas. Desde que soy capaz de recordar, me gusta sentarme frente a su fachada, fingidamente oculto bajo la complicidad de la arboleda, y alternar el placer de la lectura con el placer de espiarla sin ser visto. Siendo niños, ella correteaba con sus amigas por un jardín vetado para mí, que seguía sus risas y sus juegos desde el otro lado de la valla. Y en plena adolescencia, mientras ella viajaba a la ciudad para regresar de mano de algún mezquino urbanita de desprecio en la mirada, permanecía aquí, firme y vacío. Incluso, debo confesar, pasé en este banco la mayor parte de su noche de bodas, oteando con rabia, con un dolor desesperado, la luz marchita de su dormitorio. “Ya basta”, pensé aferrado a una nueva firmeza. “No soy Florentino Ariza. No dilapidaré mi vida soñando con un milagro, no esperaré que el invierno se lleve a su marido”. Así, fingidamente seguro de mí mismo, caminé hacia el grueso portón de la vivienda, camuflando mi miedo con el desdén de una sonrisa artificial, desahogando mi nerviosismo en el ejemplar de bolsillo de “El amor en los tiempos del cólera” que oprimía entre los dedos.
Sabía que el marido seguía en la ciudad, buceando en las finanzas y legajos de sus rechonchos clientes, acumulando dinero mientras otros atesorábamos soledad. Así que me dejé resbalar cauteloso por el estrecho resquicio de una puerta entreabierta.
La casa me recibió con indiferencia. Una escalinata de piedra ascendía hacia la zona noble de la vivienda, alejada del olor a granja y humedad de las caballerizas. Una alfombra gastada, de estrechos flecos abrazados por sus nudos, cubría el suelo y silenciaba mis pasos. El aire parecía espesarse a mis espaldas. El silencio flotaba en un ambiente turbio, ligeramente opresivo, sensación que no conseguía aliviar el torrente de luz de la primera planta. Me detuve un momento, cerré los ojos y aspiré. Era eso. En pequeñas nubes invisibles, como el mensajero incorpóreo de dramas y venganzas, un olor desconocido, un aroma a carne y sudor, flotaba en la estancia. Desconocido, sí, pero reconocible incluso para mí. Olía a sexo.
Era imposible. Su marido no estaba, y sin embargo… El sudor comenzó a resbalar por mis axilas, adherir la sucia camiseta a mi pecho tembloroso. “No. Ella no es de esas” pensé con el absurdo raciocinio de la desesperación. Me arrastré cauteloso hasta el dormitorio. Ahora eran audibles los gemidos, un constante chirriar de muelles desvencijados, palabras ininteligibles susurradas en tonos bajos y veloces. Conteniendo la respiración, me asomé sin ser visto. Sí. Era ella. Vencida bajo el peso de otro cuerpo, arqueada a cada embestida del hombre que la penetraba con furia, suspiraba y se debatía, acariciaba y arañaba la espalda expuesta del desconocido ladrón que la poseía frente a mis narices. Era ella. ¡Ella! Mientras yo conservaba intacta mi virginidad, mientras me reservaba para entregarle lo único que me quedaba, ella no se limitaba a copular con su marido, sino que recibía en su lecho a desconocidos que saltaban sobre sus pechos. La rabia, el odio… la cólera en suma se apoderó de mí, trepó ardiente por mi columna y se asentó, firme y vengativa, en mi cerebro. Ya no era perfecta. Ya no era pura, nada tenía que ver con mi ideal, nada con mis sueños. Nada con la digna y elegante Fermina Daza, siempre fiel a su marido aunque la pluma de García Márquez le reservara un mejor desenlace. No. Ella nada tenía de realismo mágico, ni este pueblo infecto era Cartagena de Indias. Una meretriz con ínfulas de princesa, una Mesalina cualquiera, indigna de mi amor y mi respeto. Sonreí. De repente me sentí libre, me sentí dueño de mi destino, de mi futuro, y sonreí. Sin hacer ruido, saqué el teléfono móvil del bolsillo, hice un par de fotografías a los incautos amantes que gozaban su pasión con puertas abiertas, y me alejé de puntillas.
No tardé en madurar mi venganza. Era sencilla, clara, sin extraños recovecos ni ingeniosas maquinaciones. Conocía el correo electrónico de su marido. En realidad, cualquiera podía encontrarlo sin problemas. Bastaba buscar su nombre en la web del bufete donde trabajaba. Pinchar el link, adjuntar los ficheros con las fotos, ampliadas y más gráficas incluso de lo que yo hubiera querido, y destruir con un clic de ratón la felicidad de aquel hombre adusto que me robó las ilusiones un lejano atardecer de otoño, la de aquella mujer de ojos profundos que, pese a ignorarme, me mantuvo demasiados años hechizado por el espejismo de su perfección.
Sólo restaba esperar. Descansar, comer algo y echar una siesta, una breve cabezadita en espera de su regreso. No llegaría antes de las ocho y, como siempre, yo estaría ahí, contemplando el ocaso a la sombra de los alerces, un libro arrugado entre los dedos, una sonrisa inescrutable en el fondo de mi alma.
Desperté sobresaltado. A mi alrededor, oscuridad y silencio cerraban un manto pétreo, roto por el canto lejano de algún grillo ¡Era de noche! No me lo podía creer. Asustado, busqué el reloj y confirmé mis sospechas. Casi las diez, hora prohibida a los ancianos habitantes de este pueblito tranquilo como las tumbas. Furioso, corrí hasta su casa. El coche estaba aparcado frente a la puerta “¡Mierda!” maldije en un lamento frustrado. Hubiera deseado verlo, hubiera querido escuchar los gritos, las protestas, la furia del cornudo y la vergüenza de la adúltera ¡Pero me había dormido! Todavía incrédulo, inicié el fracasado regreso a mi hogar cuando caí en la cuenta de un detalle.
La puerta estaba abierta. De par en par. Y había luces en casi todas las ventanas.
Pensativo, permanecí unos segundos pendiente de la nada, estudiando sin disimulo la orgullosa fachada de ojos brillantes. Algo, una inquietud difusa, comenzó a hormiguear en la boca de mi estómago. A pesar del resplandor artificial que destellaba tras los cristales, a pesar del reclamo de la entrada expedita, no se distinguía movimiento alguno, ni en el edificio, ni en los jardines.
Algo no iba bien.
Me decidí a entrar.
El silencio inundaba la casa. Un silencio hosco, muy distinto del conocido mutismo de los campos, salpicado aquí y allá de susurros de viento, rumor de arroyos o zumbidos de insectos invisibles. No. Allí se espesaban la ausencia y el abandono. Hacía frío. Nada agitaba los pesados cortinajes, ni crujían las vigas centenarias por el peso de los años. Entonces, encerrado en el vacío de la vivienda, tuve la imposible certeza de que la casa, aquel recinto físico de tejas y ladrillos, había dejado de respirar.
Sacudí la cabeza, limpié, o lo intenté, la mente de ideas descabelladas, y comencé a trepar por la escalera. Sigiloso, temiendo tropezar con la furia del marido engañado, ascendí despacio hasta la primera planta, donde el brillo de los focos no conseguía alejar la angustia que inundaba cada rincón. Notaba cómo mi corazón se aceleraba, palpitaba nervioso bombeando un exceso de oxigeno a mi cerebro demasiado alterado. Jadeaba. Me sentía agotado. Pero no. No era eso, y lo sabía. Estaba aterrado. El vello de mis brazos se erizaba en el ambiente gélido del pasillo, la saliva se atascaba en mi garganta, y el olor… el olor que llegaba a recibirme, que flotaba desde el dormitorio y perforaba mis fosas nasales me retraía a escenarios conocidos, a las fiestas crueles de cada San Martín. Una ráfaga de fuego pareció taladrarme y hube de obligar a mis piernas a sostenerme.
Olía a sangre.
¿Y si no había medido las consecuencias de mis actos? ¿Y si el imbécil del marido, dominado por los celos, por la humillación, hubiera sobrepasado los límites de una simple riña? No me atrevía a mirar. Algo me retenía allí, acobardado tras el quicio de la puerta, encogido como un niño pillado en falta por sus mayores. Suspiré. El aire salió de mis pulmones apelmazado en miedo y en sudor. No era capaz de asomarme. Pero tenía que hacerlo. Y lo hice.
Ella descansaba sobre la cama. Desnuda entre sábanas teñidas de su propia sangre, rígida y maloliente, sombras oscuras sobre el rojo reseco de su espalda delataban los sitios, los muchos sitios, donde el cuchillo había perforado su carne.
Creo que grité, pero no puedo asegurarlo. No estoy seguro de nada de lo sucedido en los siguientes cinco o diez minutos. La realidad se transformó en una nube de contornos indefinidos, una ciénaga asfixiante donde me hundía sin capacidad para luchar. Estaba muerta, acribillada por un marido cegado por el odio. La mujer que yo amaba. La única mujer de mi vida. Todo se diluía a mi alrededor. Las lágrimas me ahogaban y una mezcla indescriptible de pánico y dolor embotaba mi mente, cercana a la locura. Como pude, salí de allí. Corrí, corrí a ciegas por los caminos desiertos del pueblo, rumbo a la seguridad de mi hogar, a la tranquilidad conocida de mi estudio, donde me encerré con un portazo. Extenuado por la tensión, por un terror desconocido, me dejé caer contra la pared y, recostado en la librería, cerré los ojos.
Poco a poco, mi corazón recuperó parte de su ritmo normal. Cuando mis jadeos se convirtieron en algo semejante a una respiración acompasada, me atreví a separar los párpados. Todo estaba difuso. Borroso. La pequeña luz del escritorio y la azulada pantalla del ordenador pintaban los muros con sombras irreales, desfiguradas por la humedad de mis pupilas. Me froté los ojos y en segundos recuperé el sentido de las formas, de los objetos desperdigados en la habitación. Junto a mi cabeza, una mancha oscura en el grueso lomo de un libro llamó mi atención. Sin ser apenas consciente, me fijé en el título. “El amor en los tiempos del cólera”. Era una edición antigua, de mil novecientos ochenta y cinco. “La primera edición” murmuré para mis adentros. Y al instante comprendí que algo no cuadraba. Inquieto, me incorporé y analicé con detalle aquella repisa donde descansaban decenas de volúmenes. Me volví hacia el siguiente. No era de bolsillo, pero sí más pequeño que el anterior, una edición intermedia de “El amor en los tiempos del cólera”. Y el siguiente también. Y el otro. Y el otro. Enloquecido, repasé uno a uno cada ejemplar de la discreta biblioteca. Tomos lujosamente encuadernados, baratas obras de bolsillo, arrugados pasquines fotocopiados, publicaciones de infinidad de fechas y tamaños, todos con el mismo título impreso en sus lomos: “El amor en los tiempos del cólera”.
Retrocedí tan asustado que tropecé y caí sobre la silla. El golpe movió la mesa y tumbó el retrato que descansaba en una esquina. En el centro, el portátil parpadeaba con rutina mecánica. Rocé el teclado y un mensaje ocupó el total de la pantalla, la imagen borrosa de dos amantes capturados frente a un espejo. Ella parecía gemir frente a la cámara. Él, una espalda demasiado conocida, se volcaba contra su cuerpo. La saliva se volvió cemento en mi garganta. Busqué la dirección del remitente. Era la mía. Sólo podía ser la mía. Un escalofrío eléctrico subía y bajaba acariciando a punta de cuchillo los bordes de mis nervios alterados. Preso de una sombría certidumbre, regresé al retrato recién derribado. Lo contemplé inquieto. No recordaba aquel marco de bordes plateados, pero sabía que siempre había estado allí. Apenas era capaz de controlar el temblor de mis manos mientras lo devolvía a su posición original, temeroso de confirmar las sospechas que afloraban a mi mente. Atrapada en el inerte colorido de la fotografía, ella sonreía con dulzura. Estaba preciosa en su vestido de novia. A su lado, yo parecía acariciarla con la mirada. La imagen perfecta, idílica, de un matrimonio feliz en el día de su boda. Un oscuro reguero de sangre teñía el cristal, la misma que empapaba mis dedos convulsos, la misma que acartonaba las tapas repetidas, obsesionantes, de “El amor en los tiempos del cólera”.
Mención Especial del Jurado en el XXXI Certamen Literario de Bargas (Toledo). Agosto 2.009
