La Flatulencia de Hitler
Una de las pocas acciones que nos quedan a los mortales comunes, para vengarnos de las grandes injusticias que se desarrollan a nuestro alrededor, sobre todo cuando éstas son cometidas por hombres poderosos, que convierten su poder en instrumento para la barbarie, el asesinato y el genocidio, es la risa, la burla y todo el bienestar que ello conlleva, incluso si quien es objeto de nuestra mofa hace ya más de medio siglo que está muerto.
Por eso hoy voy a recomendar un libro. Se titula “¿Estaba Hitler Enfermo?”, y está escrito por el historiador Henrik Eberle y el profesor emérito de Medicina Hans Joachim Neumann. Ambos han unido esfuerzos para presentarnos un perfil del dictador diferente, un Hitler no tan carismático y que sufría como el más común de los mortales una serie de enfermedades, de las que yo me alegro y las que me producen una triste jocosidad.
Su amante Eva Braun, veinte años más joven que él, debió ser una fiera en la alcoba, o por lo menos exigir al hombre que asesinó a millones de personas, mucho más sexualmente de lo que era capaz de dar. Por ello se inyectaba testosterona y un compuesto de semen y glándulas de toro joven, para ser en la cama lo que pretendió ser en el mundo.
Padecía terribles dolores de cabeza, tensión alta, pólipos en la garganta, insomnio y una enfermedad en la piel de origen alérgico. Por todo ello no dudaba en acudir tanto a la medicina tradicional como a diferentes ritos esotéricos, llegando a ingerir hasta veintiocho remedios diarios para todas sus afecciones.
Por si todo esto fuera poco, Eberle y Neuman, nos dan detalles de la terrible flatulencia que sufría él y sus más cercanos colaboradores. Tal era el fétido olor que emanaba de su cuerpo en forma de pedos que muchos dirigentes nazis, antes de reunirse con él, mojaban sus pañuelos en colonia para paliar el sufrimiento pedil.
Y por último y para más INRI, también sufría de halitosis y pavor al dentista, lo que hizo que jamás se sometiera a un tratamiento para acabar con su problema y solamente era capaz de llamar más de ocho veces diarias a su dentista personal para que le hiciera apaños en la boca.
Bien pues este era el gran hombre que intentó dominar el mundo. Estaba tan podrido por dentro como por fuera y aunque no sirva de nada, me alegro que toda esta recua de enfermedades le hicieran la vida un poco más difícil, a él y a sus colaboradores.
