Siempre que estrenábamos era como la primera vez. Nudo en el esófago, sensación de vértigo, ganas de empezar, miedo a empezar, anhelo de aplausos, pánico a los críticos… Así que no era nada nuevo que, justo antes de empezar, tuviera que ir con urgencia al baño, aunque no sabía si para aguas menores, mayores o, incluso, expulsar lo poco que contenía mi estómago. Me refugié en uno de los retretes, pero los débiles tabiques no dan ni seguridad ni intimidad. En el cubículo de al lado, alguien canturreaba en francés. Sorprendida me di cuenta de que estaban recitando una parte de “El enfermo Imaginario”, la obra del estreno. Pensé que sería alguien de la compañía gastándome una broma absurda: aunque no teníamos propiamente servicios de damas y caballeros para los actores y actrices, el acuerdo tácito era ir de uno en uno…
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