Editorial Narradores

Malditos Narradores

30-enero-2010Raúl Luceño

J.D. SalingerMe ima­gino que, a estas altu­ras, quien más quien menos ya sabrá lo del falle­ci­miento del escri­tor esta­dou­ni­dense J.D. Salin­ger, el autor de la mítica obra ‘El Guar­dián entre el Cen­teno’.

Durante el día de la luc­tuosa noti­cia y en los días pos­te­rio­res, han corrido ríos de tinta des­cri­biendo y ana­li­zando la con­tro­ver­tida figura de este autor y comen­tando tam­bién mucho en torno al libro que le ha ubi­cado en el olimpo lite­ra­rio, por lo que poco más puedo apor­tar al res­pecto yo aquí (teniendo en cuenta, ade­más, que ya le dedi­qué una entrada a ‘El Guar­dián entre el Cen­teno’)

En todo caso, en lo que la mayor parte de los medios han coin­ci­dido en seña­lar es en el huraño carác­ter de Salin­ger, en su extraña per­son­sa­li­dad, en sus extra­va­gan­tes ritua­les, en su rechazo a la apa­ri­ción pública o mediá­tica… Carac­te­rís­ti­cas todas ellas que, sin duda, colo­can a Salin­ger en uno de los pues­tos ele­va­dos de ese selecto grupo de escri­to­res mal­di­tos que siem­pre deja o nos ha dejado la crea­ción literaria.

Y es que en nues­tro ima­gi­na­rio colec­tivo, muchas veces, nos dibu­ja­mos la ima­gen de un escri­tor admi­rado como la de un hom­bre borde, mal­edu­cado, que rechaza todo acto social, que sufre pro­ble­mas de alcohol, des­ali­ñado, para­noide incluso… Y aun­que, evi­den­te­mente, esa ima­gen no se corres­ponde, ni mucho menos, con la de la mayo­ría de los escri­to­res, efec­ti­va­mente tam­bién, si esa reco­no­ci­ble foto llega es por­que, como las mei­gas, haber­los hay­los o, al menos, los ha habido. Para mues­tra, como veni­mos diciendo, el botón Salinger.

Así, ade­más del crea­dor del ado­les­cente Hol­den Caul­field, son muchos los escri­to­res que por unas razo­nes u otras, podrían entrar en ese grupo de narra­do­res mal­di­tos, de extra­va­gan­tes bio­gra­fías. A bote pronto, ¿dudan, acaso, de que una figura como la de Char­les Bukowski no tenga cabida en este colec­tivo? ¿y la de Edgar Allan Poe? ¿Qué me dicen, ya en nues­tro país, de Leo­poldo María Panero? ¿y Luis Cer­nuda?

Estos son sólo algu­nos ejem­plos de esos Mal­di­tos Narra­do­res y seguro que voso­tros tenéis alguno que otro que apor­tar. Desde luego, soy de los que pien­san que, en la mayo­ría de oca­sio­nes, hay que sepa­rar la obra del autor o, mejor dicho, hay que valo­rar los libros sin caer en la ten­ta­ción de dar impor­tan­cia a epi­so­dios bio­grá­fi­cos de su hace­dor, sin que esas extra­va­gan­cias influ­yan en una per­cep­ción más acer­tada de la obra. Si bien es cierto que, en muchas oca­sio­nes, para enten­der deter­mi­nado pasaje o frag­mento, hay que enten­der, a su vez, de qué clase de vida o de mente procede.

En fin, que lo dejo ya, que si sigo estos escri­to­res mal­di­tos me arras­tran a su locura.



Un Comentario en “Malditos Narradores”

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  1. Una Lágrima por Holden Caulfield | Revista Literaria de Editorial Narradores dice:
    3 febrero 2010 3:04

    […] Raúl ya ha dado buena cuenta del óbito de J. D. Salin­ger en su estu­pendo artículo “Mal­di­tos Narra­do­res“, no he podido evi­tar aña­dirme a los que sen­ti­mos su pér­dida, escri­biendo estas breves […]

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