Niños Con Canas

Pablo
Con 11 años y una madre muerta, alguna cana tenía que tener.
Con una abuela ejerciendo de madre eficaz, alguna rabia tenía que ocultar.
Y con la excusa de las vacaciones del verano, Pablo fue aprovechando para meterse poco a poco en una misantropía de piscina y bicicleta.
Su padre, exhausto al llegar a casa por el esfuerzo del trabajo y las pocas ganas de enfrentarse a una abuelamadre, asumía pocas decisiones acerca de él y se abstraía en fútboles y teles para no asumir que, a pesar de sus pocas ganas de estar vivo, su hijo no estaba aún muerto.
Pablo se hizo especialista en ciclismo silencioso y veloz, con cabriolas y frenazos temerarios. Y bajaba a la piscina, donde estaban sus otros amiguitos, los del verano. Fue dejando atrás a sus amigos de clase a base de responder con monosílabos al teléfono. Y aburriendo a sus compañeros de chapuzones recurriendo a inmersiones para bucear en vez de hacer preguntas o dar respuestas.
Aparentemente era feliz. Con la felicidad de un niño de una edad en la que nadie se pregunta si hay obstáculos, dando por supuesto que se están cubriendo todas sus necesidades. Saltaba, corría, comía bien, se ponía moreno, tenía una risa mecánica, nunca lloraba.
Tras acabar el curso con un nivel mediocre, pero suficiente, le dejaron en paz y no tuvo que esforzarse en satisfacer a su abuela para engrandecerla. Por unos meses quedaron atrás los reproches gratuitos y las exigencias a voces, crispadas, para que llegara a ser un hombre de provecho anticipado.
Se concentró en ir borrándose de la existencia de los demás. En pasar desapercibido.
Con la excusa de las vacaciones del verano, Pablo descubrió una cana blanca en su pelo.
Buscó un espejo en el dormitorio de su padre y, en ese calor de chicharra, la convirtió en su centro de atención secreto.
Belén
No es fácil atravesar una pubertad precoz y salir indemne.
Comenzar a tener casi más pecho que su madre con tan sólo 9 años, hizo muy duro a Belén no llorar cada vez que volvía a casa.
Incapaz de contarle a ella que las otras niñas le habían dicho que no era normal y que los niños pajilleros le decían de todo menos bonita, Belén sólo sabía llorar con una angustia que dejaba a su madre asustada, indefensa, sin saber que había hecho mal, culpándose de la triste existencia de su hija.
Cuando comenzó a menstruar, no dejó de sangrar hasta 6 meses después. Por culpa de un maldito folículo persistente, como dijo la ginecóloga que no pudo aportarle un tratamiento. Ese tiempo fue un infierno de anemias, tristezas, caída de pelo y una incertidumbre acerca del significado del mundo para las dos. Las hormonas les habían hecho perrerías que sólo serían superadas con unos 16 años de una chica hermosa.
Pero hasta entonces, desde los 10 años, Belén guardó en su pelo varias canas blancas.
Juan
Nadie supo que él le había empujado.
Era más guapo que él, más listo y se llevaba a la gente de calle.
Sus padres se creyeron la versión que enseguida todos habían reconstruido: Ramón iba haciendo tonterías por el borde de la acera, le falló el pie y cayó en la calzada justo cuando pasaba un coche oscuro como una noche de atraco. Juan se quedó mirando indiferente la cabeza deformada y llena de sangre de su primo. Contempló, guardando las imágenes a cámara lenta, de todo lo que hicieron los de la ambulancia.
Recordó su codo empujándole de lado cuando se dio cuenta de que se acercaba el coche.
Le salieron varias calvas y un mechón de pelo blanco.
Andrea
En la hora de la siesta, Andrea se encierra en el cuarto de baño y se disfraza de mamá.
Está un poco harta de que le digan que con 13 años no puede salir pintada a la calle y esa es su pequeña venganza. Se pinta como una mona, como mamá, que desde que se separó sale los fines de semana como una careta que vio una vez en casa de una visita. Se pone un vestido de color arena, ese con el que mami está tan guapa y a ella le hace parecer lista para participar en una carrera de sacos. No le hace gracia tampoco que el novio de su madre le diga lo que tiene que hacer y se haga el simpático imitando a los padres enrollados de las teleseries norteamericanas. Así que se pinta el pelo con una máscara de pestañas de color verde.
Luego, de forma precipitada y antes de salir del baño, aprovecha que es la hora de ducharse para quitarse todo ese alboroto, para seguir con cara de angelito cuando los demás despierten.
Hoy ha cogido el bote de pintura blanca de paredes. Mamá está triste. Él se ha ido. Hace un par de meses. Mamá llora por las esquinas y le han salido canas.
Andrea traza líneas en su pelo con un pincel, líneas blancas, de imitación, de desolación.
Señorita Soberbia
La niña agita los rizos dorados, eleva la ceja derecha, descoloca su boca en un esbozo de sonrisa, mira a la muñeca de trapo, a la que sólo le queda una pierna y la deja olvidada con un gesto de desprecio sobre la hierba.
La muñeca se queda con el mismo gesto de imperfección, sin osar moverse, ni tan siquiera atreverse a mirar su ropa rota tras ser arrastrada por la arena del jardín, desde que está con su dueña tiene conciencia de pertenecer a un subgénero y sabe que sólo ella es capaz de elevarla al altar de la fantasía cuando abandona el brillo altivo de sus ojos.
También los muñecos tienen canas.
