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El Último Eslabón

Ilustración del relato 'El Último Eslabón'
Acompañado por Marisa, su actual pareja, Felipe se dirige por carretera desde Sevilla, donde han pasado unos días de vacaciones con la familia de ella, hacia “Llerena”, un bonito pueblo de la baja Extremadura, de donde era originario.

El trayecto que debía cubrir lo hacía como un autómata, como si fuese él mismo una pieza más del engranaje mecánico que tenía entre sus manos. Con la vista perdida en el asfalto, sin percatarse siquiera de los demás vehículos que, en sentido contrario, se le cruzaban, repasaba incesantemente sensaciones y vivencias que, en determinadas etapas de su vida, habían supuesto la principal razón de su existencia.

Sus recuerdos le retrotraen a la primavera del año 1962. Tenía entonces dieciocho años recién cumplidos y era el día que abandonaba su pueblo para emigrar, como tantos otros, con destino a Cataluña, en busca de mejores perspectivas de vida.

Recuerda con nostalgia el mimo con el que Antonia, su madre, atendía aquellos últimos momentos en el hogar familiar.

- Felipe, hijo, ya te tengo preparado algo de comida para el viaje. La ropa de abrigo la llevas en la maleta grande y las cosas de aseo, en la pequeña.

La viveza con que resuenan en su memoria aquellas palabras de su progenitora, a pesar del tiempo transcurrido, le sumergen por completo en aquellos acontecimientos de su juventud.

- No te preocupes, madre. Ya encontraré lo que me vaya haciendo falta – replica Felipe ignorando quizás que aquella retahíla de consejos postreros tenía la intención de mostrar ante su hijo una aparente normalidad que le permitiese acaparar parte de la entereza que, presumiblemente, a ella le sobraba.

Felipe esboza una sonrisa y sus ojos denotan emoción y cariño cuando también recuerda la imagen de Toñi, su hermana pequeña, flacucha y nerviosa, subiendo la vieja escalera de madera cuyos peldaños, resquebrajados por el tiempo, denunciaban su presencia con el clásico crujir lastimero, mientras gritaba:

- ¡Madre! ¡Madre!

- ¿Qué quieres, hija? – decía Antonia sobresaltada.

- Es que ha llegado ya Pepito y dice que le diga a mi hermano que va justo de tiempo.

- Bueno, dile que ahora baja. Anda, vete.

- ¡Ah!, también están ahí Juana y la tía Sole, que quieren despedirse de Felipe. O a curiosear todo lo que puedan – balbuceaba Toñi, mientras bajaba la escalera con la misma agilidad con que, momentos antes, la había subido.

Poco después lo hacía Antonia a quien, antes de bajar el último escalón, espetaba la tía Sole:

- Antonia, hija. ¿Es cierto que se marcha tu Felipe?

- Sí, tía, sí – respondió ella con un hilo de voz casi ininteligible, al tiempo que se dejaba caer sobre un sillón de mimbre que había a pie de la escalera.

La tensión que había en el ambiente se vio interrumpida por la presencia de Felipe en el rellano, provisto de dos maletas y una bolsa de viaje que pendía de su hombro.

Pepito, el inseparable amigo desde la infancia, aprovechó el momento para ir hasta su lado y ayudarle a bajar el equipaje.

- Bueno, venga ya, que no llegamos – le dijo mientras cogía las maletas para llevarlas a su vieja furgoneta y así, proporcionarle la necesaria intimidad para despedirse de su familia.

- Llama cuando llegues y escribe a menudo. A ver si comes y te cuidas, hijo – decía Antonia mientras difícilmente simulaba enjugar unas lágrimas que resbalaban por su rostro. Felipe se afanaba en colocar bien el equipaje para no dar rienda suelta a unos sentimientos que le atenazaban el alma y que, inevitablemente, le pondrían en evidencia.

Absorto en sí mismo, reaccionó ante la oleada de llamadas y avisos que, por el altavoz de la estación, dirigían de forma martilleante a los viajeros y acompañantes que por ella transitaban.

Cuando el tren iniciaba, con sus clásicos tirones y el chirriar de las ruedas sobre los raíles, su pesada y lenta andadura, sentado junto a la ventanilla, escudriñaba hasta los últimos detalles, la imagen de aquellas tierras, tan queridas por él como vilipendiadas por otros, raíz de todos los sinsabores y desgracias acaecidos a los suyos y a los que él tenía la misión de poner fin.

Acomodado ya en el compartimento y con la vista perdida en lontananza, vienen a su memoria los últimos recuerdos trágicos y amargos vividos en el seno familiar.

Hacía poco tiempo que su padre había fallecido a causa de una aguda crisis de la enfermedad pulmonar que le aquejaba desde tiempo atrás y que le tuvo postrado en cama los últimos meses.

Desde muy joven, había dedicado su vida y su trabajo a la finca “El Retiro”, situada a tres kilómetros de la población, propiedad de la familia Quintero y a cuyo frente se encontraba el hijo mayor, don Pedro.

Como recompensa a una abnegación sin límites y a la renuncia más absoluta de su vida familiar, había llegado a ser considerado por don Pedro como una especie de “hombre de confianza”.

Felipe tuvo que dejar el colegio a temprana edad para ayudar a su padre en las labores que tenía encomendadas. Solían levantarse al alba para recoger el pan de casa “Pinto” y llevarlo al cortijo antes de que los hombres, allí empleados, comenzasen su jornada. ¡Qué tristes y penosas aquellas caminatas matinales! ¡Qué imagen tan amarga la de su padre! Cansado y abatido, era un auténtico peón de briega.

Aunque su intención era quitarle más de un golpe, a él lo utilizaban para todo tipo de recados y faenas: Niño, lleva pienso al establo. Ayuda a Juan con las cántaras de leche. Recoge los aperos del pajar.

Poco a poco, fue tomando cuerpo dentro de sí una actitud de rebeldía e intransigencia ante el despotismo de aquel señor que, sin tener en cuenta la situación humana y familiar de aquellos que permanentemente le eran fieles servidores, no dudaba utilizarlos a su total capricho y antojo.

Recuerda, incluso, con minuciosidad, la imagen de una pareja de avanzada edad que era, hasta entonces, su única compañía en el tren. Ella, de mirada cansina y triste semblante, vestía toda de negro, blusa con manga larga sobre la que dejaba caer, no sin cierta gracia, una toquilla cuyos extremos quedaban sujetos por delante con un imperdible del que colgaba una medalla en la que se observaban los rasgos desvaídos de una imagen de su devoción. A su lado, un campesino ataviado a la vieja usanza, con traje de pana bajo el que se apreciaba una blusa inmaculada, abrochada hasta el cuello y tocado con una gorra cuyo estreno era evidente.

Con los ojos puestos en aquella pareja de lugareños, retomó el hilo de los acontecimientos vividos en su casa y que habían motivado que ahora se estuviera dirigiendo a un incierto destino.

Tras el fallecimiento de su padre, tardó varios días en aparecer por el cortijo. Su madre le aconsejaba reiteradamente que fuera a hablar con don Pedro para pedirle el puesto que tenía prometido y que, tradicionalmente, habían desempeñado sus ascendientes. Así lo hizo. Serían las diez de la mañana cuando franqueó la puerta principal de la vivienda que la familia Quintero ocupaba en la parte central de la finca.

- Buenos días –dijo dirigiéndose a una chica de la servidumbre.

- Buenos días –contestó ella. Y siento mucho lo de tu padre.

- Gracias. ¿Está don Pedro? Quisiera hablar con él.

- Sí, un momento –contestó la joven.

Pasados unos minutos, ella volvió sobre sus pasos y le anunció que el señorito le esperaba en el salón.

Don Pedro, al observar su presencia, fue hasta él extendiéndole su mano y lamentando no haber podido asistir al sepelio por estar de viaje. A continuación le dijo:

- Mira, si quieres tomarte unos días más…

- Don Pedro –le interrumpió- quisiera tratar un asunto con usted.

- Tú dirás. Ven, vamos a sentarnos.

-Yo quisiera continuar, pero ocupando el cargo que desempeñaba mi padre. Él había sustituido a mi abuelo y me tenía dicho que cuando faltase…

- De momento –sentenció don Pedro- ese cargo está ocupado; así que seguirás haciendo lo mismo.

- Lo siento, pero si no me lo da usted a mí, tengo que dejarle. Ahora mi familia depende de mi jornal.

Esa afirmación, tan inesperada como contundente, creó un momento de tensión entre ambos. Don Pedro, encendiendo un cigarro puro y levantándose del sillón, volvió a decirle, esta vez con acritud:

- Escúchame bien, joven. Aquí, en mi casa, se hace lo que yo creo conveniente. Tu padre y tu abuelo se ganaron el puesto a pulso y tú pretendes conseguirlo así, por las buenas. Si no cambias de parecer, serás el eslabón que rompa la cadena.

A medida que se alejaba de la hacienda, sentía sobre sí el peso de la decisión que acababa de adoptar. Como impulsado por una fuerza extraña, iba dejando atrás aquel lugar y con él, tal vez el fin de una larga andadura plagada de sufrimientos y sinsabores no exenta, las más de las veces, de una abnegada dedicación escasamente compensada. Haciendo caso omiso al tímido saludo que unos y otros le dispensaban, con paso firme enfiló el puente del arroyo que le conducía directo a casa.

Cuando Felipe abrió el portalón que, por la parte trasera, daba acceso al corral, vio la figura de su madre, quieta, expectante, secándose pausadamente las manos en el viejo delantal que, sobre el faldón, siempre llevaba. Felipe tomó una silla de la cocina y la acercó a la mesa camilla en la que Antonia, con un recipiente de barro asentado sobre su regazo, troceaba mecánicamente unas patatas que, más tarde, con un elemental aliño,
servirían de cena.

- ¿Qué te ha dicho el señorito? –le preguntó.

- Lo que me temía. Que ya veremos más adelante… que siga ahora igual… que el cargo está ocupado; en fin, lo de siempre.

Una vez que conocía el desenlace que ella, más que nadie veía venir con antelación, se sentó en la pequeña mecedora que tenía a su lado, triste y afligida por la incertidumbre que, a partir de ahora, el destino les depararía.

- Voy a ver al “Torrijo”, para decirle que me marcho con él –terció Felipe mostrando ante su madre una actitud firme y segura.

- Hijo, ¿por qué no hablas con tu tío Manolo? Ahora debe estar en su casa.

- No, madre. No hace falta.

- Pues él te puede aconsejar bien. Siempre ha querido lo mejor para…

- No –contestó tajante Felipe.

Antonia quedó perpleja y se giró hacia su hijo buscando con su mirada una aclaración sobre algo que ella desconocía.

- Mira, madre. La otra noche, en la taberna de “Juanini”, tomando unos vinos, estuvo comentando a todos los que allí estaban, que don Pedro le había prometido el cargo a él.

Felipe, dándose perfecta cuenta del dolor y la amargura que reflejaba el rostro de su madre, la abrazó y se echó sobre su hombro ocultándole unas lágrimas preñadas de pena y rabia.

Antonia, sacando fuerzas de donde no sabía, abrazó también a su hijo y le dijo:

- Felipe, hijo mío, haz lo que tengas que hacer y que Dios nos ampare.

Cuando Marisa le hizo una observación acerca de la belleza del paisaje que, en ese momento transitaban, Felipe volvió al presente y, reduciendo gradualmente la velocidad, le indicó que estaban bajando la famosa cuesta de la “media fanega”.

- ¿Sabes por qué se llama así? dijo Felipe. Pues porque –continuó – una media fanega era la medida que aproximadamente tenían los cementerios que hacían en las afueras de los pueblos. Y como en esa cuesta ha habido ya tantos accidentes mortales… Eso, al menos, he leído en algún sitio –concluyó.

Cuando estaban a mitad de camino, Marisa pidió a Felipe que parara en algún lugar para descansar un rato y tomar algo. Así lo hicieron. En las proximidades de Monesterio, en plena Ruta de la Plata, Felipe se desvió de la carretera y detuvo el vehículo junto a una venta, aparcándolo debajo de un cobertizo que había en la parte lateral de la misma.

Una vez que tomaron acomodo en una mesa que estaba situada junto a una enorme chimenea, Marisa, mirándole a los ojos con ternura, le hizo esta observación:

- He venido la mayor parte del tiempo callada porque en tu expresión se veía claramente que estas tierras te traían a la memoria recuerdos muy importantes para ti. Ahora, me gustaría que me hablaras de ellos.

Felipe, por su parte, no tuvo el más mínimo problema en pormenorizarle cada uno de los aspectos sobre los que ella se interesaba. Es más, se explayó a gusto cuando, a retazos, comenzó a hablar de lo orgulloso que siempre se había sentido de su tierra y de sus ascendientes.

- Los dos apellidos que forman mis señas de identidad –dijo Felipe –representan para mí dos valiosos engarces que me fijan y me identifican con esa bendita tierra de Extremadura, la “Extrema y Dura”, como se denominaba antes. La dureza de esas tierras –continuó –y unas condiciones de vida que, hoy día, difícilmente serían asumibles por una sociedad moderna y avanzada, han sido forjadas y modificadas, durante siglos, por generaciones de hombres y mujeres que son de una talla especial. Seres dotados de una abnegación sin límites y un espíritu de sacrificio insuperable. Es por eso que, desde la distancia, me sienta tan dichoso de mis raíces. De proceder de una ascendencia tan privilegiada.

- Perdona, Marisa – matizó Felipe - pero cuando recuerdo aquellos años, que tanto significaron para mí y para los míos, me pongo algo sensiblero. Lo reconozco.

- No hay nada que perdonar –contestó ella, con la emotividad que reflejaba su mirada –Me encanta escucharte. Por favor, sigue.

Durante unos momentos, ambos mantuvieron silencio y aprovecharon para ir dando buena cuenta de los platos que tenían por delante.

- ¿Hay algo que recuerdes de aquellos años con especial cariño? –preguntó Marisa.

- Muchas cosas –contestó Felipe –pero hay una que se quedó grabada en mi corazón. Verás: En cierta ocasión, sucedió algo que, posiblemente, para los demás, resultara intrascendente pero en mí ha permanecido, desde entonces, de forma imborrable. Cogido de la mano de mi padre, nos disponíamos a subir una empinada y empedrada calle cuando, con la pequeña comitiva que nos acompañaba, nos acercamos al portal de una humilde casa, en cuya puerta y sentado en una silla baja, permanecía aliviándose con los últimos rayos de sol reflejados en la encalada pared, un anciano enjuto y ligeramente encorvado.

Cuando estábamos frente a él –prosiguió –uno de los que formaban el pequeño grupo, llamándole por su nombre y a voz en grito, le espetó:

- ¿Sabes quién es éste? –refiriéndose a mi padre.

Aquel hombre que, aparte de cierta sordera, también dejaba traslucir serios problemas de visión, alzó su rostro y, con sus ojos perdidos, intentaba definir la figura de quien tenía delante.

Desistiendo de su empeño, volvió su huérfana mirada hacia quien le había preguntado, inquiriendo una respuesta.

- Es Antonio Ruiz, el hermano de Amalia, la del huerto –le dijeron.

Al oír su nombre, alargó tímidamente su mano temblorosa para saludar al visitante.

- Mientras tanto, yo me había percatado, al tener la vista a la altura del bolsillo de mi progenitor, que éste, disimuladamente, sacaba unas monedas. Al estrechar su mano, le pasó aquella humilde limosna que quedó bien pertrecha entre sus artríticos dedos, al tiempo que, con dificultad, dejaba escapar una palabra de agradecimiento.

- Jamás olvidaré aquel rostro de pergamino que evidenciaba una vida preñada de carencias de todo tipo, presidido por unos ojos claros que, mientras los agachaba pausadamente, dejaba escapar unas sentidas lágrimas que seguían con languidez el curso de los surcos que marcaba su cara.

- La imagen de aquel hombre emblemático –concluyó Felipe –acrecentó en mí la valía de una generación de la que era digno representante. El trabajo y los sacrificios de entonces han propiciado el bienestar social que disfrutamos nosotros ahora.

Justo cuando terminó de hablar, Felipe sintió cómo la mano de Marisa acariciaba con dulzura la suya y, cuando sus miradas se encontraron, ambos se transmitieron tanta intensidad en sus sentimientos que hacía inútiles las palabras.

Retomaron el camino y, a la altura de Fuente de Cantos, justo donde está situado el Cuartel de la Guardia Civil, dejaron la carretera nacional y enfilaron la que pasa por Bienvenida, recta como un tiralíneas, hasta el cruce con la que, por fin, les llevaría hasta su pueblo.

Estaba el otoño muy avanzado, y próximos ya a su destino, al paso por Villagarcía de la Torre, con la enseña de la torre mocha de su castillo, en todo lo alto, como un majestuoso vigía de la campiña, se percibía el olor a leño quemado que emanaba de las chimeneas.

- Aún recuerdo – decía Felipe – la imagen de mi madre, sentada en una silla baja, con asiento de anea, aventando con el soplillo el brasero de cisco picón que, justo después, colocaría con mimo dentro de la tarima de una mesa camilla que presidía la zona central de la cocina, no sin antes haber llevado a cabo el correspondiente sahumerio, espolvoreando unas semillas de alhucema para que su aroma impregnara toda la estancia.

Desde que su madre falleció, hacía años, Felipe no había vuelto por allí. Su única hermana, Toñi, cuando se casó, se trasladó a Madrid, donde residía. Así que, salvo con su tía Ana, hermana de su padre, quien sí era conocedora de su visita, con el resto de familiares apenas mantenía relación, pero algo muy fuerte le empujaba a llevar a Marisa, con quien compartía su vida en la actualidad, para que conociera, in situ, las tierras que le forjaron como persona y revistieron su espíritu con un afán de superación que propiciaron en él, con el paso de los años, una estabilidad personal y social que, a base de trabajo e innumerables sacrificios, logró labrarse.

 

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Narrado por Fernando Mimbrero Chaves el 24-12-2009 [Escribir comentario]
Categoría: Cuentos

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