Infierno
Estoy muerto. No, no es una forma de hablar. Lo sé, estoy seguro. Me he enterado esta mañana cuando al levantarme de la cama me he sentido ligero, casi volátil y ya no me dolían las heridas que sangraban profusamente cuando me dormí o perdí el conocimiento. Además puedo atravesar con facilidad paredes y puertas, noto cuando lo hago que me fundo con la madera, con el ladrillo y la cal. No siento nada. Además mi memoria comienza a fallar, mis recuerdos empiezan a ser dispersos, nebulosos y lejanos. No es que me importe mucho y ni siquiera habrá quien me llore.
Estoy caminando, empujado por una mano invisible que me guía, me indica por donde tengo que ir. He pasado por delante del gordo y sudoroso recepcionista, el mismo que anoche apenas me miró cuando llegué con los dos agujeros de bala en el estómago. Ni siquiera se me ocurrió solicitar su ayuda; no la hubiera recibido o incluso peor, habría llamado a la policía. Mejor así, nunca he caído bien a la ley. Siempre he estado al margen de ella y me he sentido a gusto. Supongo que habrá mucha gente que se alegre de mi desaparición, que se jodan.
He bajado por las escaleras del metro sin apenas rozarlas. No siento frío pese a que a mi alrededor todo el mundo está abrigado. He saltado a la vía en el momento en el que pasaba un tren, en un acto reflejo he colocado las manos a modo de protección, luego, cuando todos los vagones han atravesado mi cuerpo, he sido capaz de sonreír ante mi estupidez.
Pese a que sé que todo está muy oscuro, veo perfectamente, también huelo y siento mucho mejor que cuando estaba vivo. Es como si todos mis sentidos se hubieran desarrollado fabulosamente mientras se borran todos mis recuerdos. He olvidado mi nombre.
Llevo caminando mucho rato, creo que varias horas, pero no estoy cansado. Me he metido por túneles y galerías cada vez más estrechas y húmedas. Hace mucho tiempo que no veo a nadie. Siempre voy hacia abajo, creo que comienzo a comprender cual es mi destino. Lo soportaré.
Creo que ya he llegado. Una luz roja y caliente ha aparecido ante mí. Durante unos segundos he creído que mis ojos se habían quemado. He sentido dolor, mucho más que cualquier otro que recuerde, pero recuerdo muy poco.
Estoy en una explanada gigantesca de la que parte una rampa enorme que desciende en picado, como si fuera un embudo, hacia las profundidades del abismo. Me he asomado y he sentido vértigo. Hay nueve niveles diferentes, no puedo contarlos pero lo sé y terribles gritos se escapan de cada unos de esos niveles. La mano que me guía, me obliga a seguir avanzando. He intentado oponer resistencia pero mis pies no me han hecho caso. A veces tengo mucho frío y otras un calor terrible. Presiento que no me va a gustar esto.
Los gritos se han vuelto insoportables, incluso me duele mirar, pero no puedo dejar de hacerlo. He llegado al primer nivel y en la puerta de acceso al mismo hay dos personas, me acerco a ellas. Están sonriendo y yo tengo tanto miedo que podría morirme si eso no fuera imposible.
- ¿Quiénes sois? – No sabía que pudiera hablar.
El de la nariz ganchuda me enseña sus dientes. Habla italiano y me dice que es el creador de todo lo que hay bajo mis pies.
- ¿Eres dios? – Le pregunto conmocionado.
- Para ti como si lo fuera. Él es un amigo, se llama Virgilio. Le estoy enseñando esto.
- ¿Podéis ayudarme?
- No. Debes entrar. Cada nivel es infinitamente mejor que el que le sigue. Será duro y largo.
Veo como desaparecen, como si se esfumaran y entro abatido en el primer nivel. Pese a que pueda resultar imposible, una última lágrima ha resbalado por mi mejilla y ha caído al suelo desapareciendo. La envidio.
