Nada | A Fuego Lento

NADA
Me tumbé, cerré los ojos y no pensé nada, absolutamente NADA.
Todo mi esfuerzo se centró en abrir todos y cada uno de los poros de mi piel. Respiré profundamente e imaginé, visualicé una playa inmensa desierta. No había nadie.
Una suave brisa acarició mi cara y pude oler un intenso olor a salitre, a mar.
Solo el ruido de las olas era apreciable en tan idílico lugar, en aquella inmensa calma.
Sentí el calor del sol acariciando todo mi cuerpo. Y mis ojos seguían cerrados.
Comenzaron a sonar las primeras notas de “MADAME BUTTERFLY” y penetraron poco a poco por los poros de mi piel. La melodía seguía y ahora todo mi ser se llenó de ella. Estaba llena de música.
Sin pedir permiso, dos lágrimas resbalaron de mis ojos, estaba plenamente feliz. Fué en ese momento cuando me dí cuenta de que la música no solo se escucha, se siente.
Hace poco recibí la visita de una buena amiga que hace unos años decidió emigrar a tierras más cálidas y templadas. Después de la puesta al día de rigor nuestra conversación se desvió hacia la literatura y ella me pidió que le recomendara la lectura de algún libro, pero no de los actuales, sino de los que han dejado poso. Yo digiriendo el pudor que me aflora en estos casos le hablé de varios escritores y entre ellos mencioné a Camilo José Cela. Advirtiéndole que pese a haber recibido el Nobel, de su abultada trayectoria como escritor, sólo le aconsejaría dos títulos. “La Familia de Pascual Duarte” y “La Colmena”.
El 22 de noviembre de 1999, en Colombia, se halló el cadáver del joven cooperante bilbaíno, Iñigo Egiluz. Volvía de recoger testimonios sobre la situación de los Derechos Humanos en Murindó, cuando la barca en la que viajaba fue embestida por una lancha de paramilitares.
Os imagináis cargar a vuestras espaldas con más de cien años y tener una mente tan lúcida como si tuvierais treinta. Pues de esta manera nos dejó hace unos días Francisco Ayala. Un hombre polifacético y erudito que dedico toda su vida a la enseñanza y a la literatura.
En el moderno santoral hemos incorporado un mártir al que le pedimos ayuda constantemente: San Google, que suele llevarnos a menudo a Santa Wikipédia. No es extraño que el Vaticano busque su parroquia también en Internet y dispuesto a difundir su palabra ha decidido entrar en el universo Internet y poner en marcha un diccionario de latín contemporáneo.
El día, a pesar de estar a finales de octubre, era caluroso y claro e invitaba a pasear por el campo y a escaquearse de los deberes diarios. Tan distraída iba admirando el cielo, azulísimo y sin nubes, que casi tropiezo con la chiquilla. Tendría unos trece años y me llamó la atención su pálida tez y los bucles de su pelo, pues no seguían, para nada, la moda actual. Me invitó con amabilidad a sentarme a su lado y lo hice, algo sorprendida por hallarla sola en medio de aquel hayedo. 