Adivinanzas
Adivina, adivinanza. ¿Quién no ha escuchado esta fórmula alguna vez en su vida? Utilizada sobre todo cuando éramos muy pequeñitos, por nuestras madres o abuelas para proponernos alguno acertijo confuso, cuya solución muchas veces se escondía entre las frases y palabras, desordenadas deliberadamente para confundirnos.
La adivinanza se remonta muchos años en la historia y está documentado que civilizaciones tan dispares y alejadas entre sí como la china de la dinastía Sung, que gobernó entre el siglo X y el XII o la de lo guaraníes que se establecieron en el sur de América en los siglos XV y XVI, ya hacían uso de estos acertijos cuya función social era tan apreciada como la de los malabares o cantores.
Generalmente son de origen anónimo y su función es la de entretener, educar y de forma indirecta, dar a conocer la lengua, sus utilidades, complejidades y posibilidades. Pero también las hay complejas, elaboradas y cuya solución sólo aparece después de mucho pensar y meditar.
Quizá con el paso de los años, cuando el peso de la realidad hace que nos ocupemos de las cosas urgentes de la vida, dejando muchas veces de lado las importantes, vamos arrinconando hasta olvidarlos, todos esos acertijos con los que tanto disfrutábamos de niños, pensando que son cosas que han perdido valor.
Yo no lo creo por eso voy a dejar aquí algunas adivinanzas sin resolver. Algunas sencillas y otras más complejas, pero todas divertidas, para que volváis de nuevo a la época donde lo importante era lo principal.
¿Qué es algo y nada a la vez?
Y lo es, y lo es y no aciertas en un mes.
Dos padres y dos hijos fueron a pescar. Tres peces pescaron y tocó un pez a cada uno. ¿Cómo pudo ser?
Mi sombrero es una ola, estoy en medio del año, nunca estoy en caracola y sí al final del castaño.
Soy como hierro labrado, en el nombre, no en color, es suavísimo mi olor, con agua y sol me he criado, asomado a un corredor.
