Recuerdo

Aunque mis padres solían discutir, aquella vez era diferente. Lo percibía incluso en la luz fluorescente de la cocina, que se había vuelto dañina. La casa parecía más pequeña, sin rincones seguros en los que esperar a que mis padres se callaran y volvieran a la normalidad.
Entonces mi madre pronunció unas palabras perturbadoras: «nos vamos a casa de mi madre». Y así, ya de noche, nos vimos, mis hermanas y yo, arrastradas escaleras abajo en una peregrinación que nos aterraba. Ya habíamos estado en casa de la abuela, pero siempre los domingos al mediodía, para tomar el aperitivo después de misa. Era una casa baja con patio, muy vieja, como la abuela, y olía raro. No era grande, pero el techo estaba muy alto. Los muebles eran pocos, muy grandes, gigantescos, y muy oscuros. Las paredes estaban empapeladas en tonos grises y mostraban grandes retratos en blanco y negro de familiares muertos que nos miraban con frialdad desde la penumbra.
Cuando llegamos, mamá se echó a llorar en brazos de la abuela. Las tres estábamos mudas, encogidas. Pocas veces habíamos visto a mamá llorar así. Y con cada lágrima derramada por ella, odiábamos un poco más a nuestro padre. Él era el culpable de todo, el que la hacía llorar. Era… malo, olía a vino y nos gritaba. Le teníamos miedo. La abuela no dejaba de decir: «En mala hora te casaste con él».
Enseguida la abuela dijo que era hora de que nos acostáramos. Tania, la pequeña, dormiría con mamá. Siempre tenía suerte por ser la pequeña. Vanessa y yo dormiríamos juntas en una cama enorme, con ventana a la calle. Aunque en realidad no conseguimos apenas dormir. La ventana vaciaba casi toda la pared, y el suave velo de la cortina daba aires fantasmales a las siluetas de los transeúntes en aquella noche de verano. Imaginábamos además cucarachas por las paredes, por el suelo, intentando trepar a nuestra cama… Desde la habitación oíamos voces, ya irreconocibles. Fue una noche de cisma. ¿Y si ya no volvíamos nunca a casa? ¿Y si no volvíamos tampoco a ver a papá? ¿Nos quedaríamos a vivir con la abuela?
A la mañana siguiente, mamá nos despertó temprano. «Venga, a desayunar que nos volvemos a la casa». Se la veía tranquila, aunque con la mirada enrojecida todavía. Cuando, menos de una hora después, abracé a papá en casa, sentí una paz infinita. Nunca lo quise tanto como cuando nos recibió llorando de alegría porque volviéramos.
