Recordando a Juan Larrea, el Poeta Maldito
Juan Larrea, amigo de Gerardo Diego, de la mano de quien llegó hasta la poesía, este bilbaíno, le confesaba en las primeras décadas del siglo XX al escritor santanderino que “lo único que me sostiene es la posibilidad de poder ausentarme de este pueblo pecera, de cielo y aires esmerilados” y que “me gustaría vivir de espaldas a tanta necedad y tanto rastacuerismo”.
Así pensaba el poeta de la ciudad que le vio nacer y de sus conciudadanos, por eso en 1921, con veintiséis años, se trasladó a Madrid para trabajar como archivero del Archivo Histórico Nacional. Y en 1924, cansado también de Madrid, se establece en París, cambiando el francés por el castellano, para escribir.
Inmigrante perpetuo, inconformista, culto e intolerante. Se trasladó definitivamente y hasta su muerte acaecido en 1980, a las tierras de ultramar donde produjo muchísimos ensayos sobre Cesar Vallejo, Vicente Huidobro y el “Guernica” de Picasso, que por cierto fue él, quien como agregado de la embajada española en París, hizo la petición al pintor malagueño de que realizara el cuadro.
Su escasa producción poética se puede catalogar de surrealista y vanguardista, siendo tildada de maldita y oscura, por la tendencia española al realismo y por la dificultad y exigencia que la lectura de sus versos reclamaba.
En un intento pasado, de catalogar su producción, se intentó sin éxito acodarlo entre los nombres de la Generación del 27, pero debido al escaso contacto que tuvo con todos ellos, la lejanía física y la escritura en otra lengua diferente al español, hicieron que fracasara.
El siguiente poema, es una muestra de lo que era capaz de expulsar fuera de sí Larrea, dotándolo de dificultad y hermosura.
Espinas Cuando Nieva
En un huerto de Fray Luis
Suéñame suéñame aprisa estrella de tierra
cultivada por mis párpados cógeme por mis asas de sombra
alócame de alas de mármol ardiendo estrella estrella entre mis cenizas
Poder poder al fin hallar bajo mi sonrisa la estatua
de una tarde de sol los gestos a flor de agua
los ojos a flor de invierno
Tú que en la alcoba del viento estás velando
la inocencia de depender de la hermosura volandera
que se traiciona en el ardor con que las hojas se vuelven hacia el pecho mas débil
Tú que asumes luz y abismo al borde esta carne
que cae hasta mis pies como una viveza herida
Tú que en selvas de error andas perdida
Supón que en mi silencio vive una oscura rosa sin salida y sin lucha
En su última visita a España, para presentar su ensayo sobre el “Guernica”, Larrea se definió a sí mismo y a su amigo, León Felipe, de la siguiente manera: “Más que inclasificables, somos desorbitados”.
Genial.
