Barbanegra en Acción
Cuando los piratas irrumpieron en el buque Amuko era de noche, y solo una débil luz llegaba del puesto de mando. Todos estábamos preparándonos, cada uno a su estilo, pero no para aquel abordaje. Es entonces comprensible que los piratas creyeran que yo era un hermano filibustero, sin saber que me había arreglado a conciencia para la celebración de Halloween. El disfraz de Barba Negra me había costado 15 euros en una tienda de Todo a 100 en la Calle Concha de Bilbao, y era impresionante en su validez histórica.
En el comedor reunimos a la tripulación, constituidos por 14 bailarines exóticos, el zorro, dos supermanes, cuatro Obamas, un Berlusconi y una tía golfa. Era lógico que los piratas me escogieran como su vocero, tomando en cuenta el sable que me colgaba del cinto de seda, el parche en el ojo y los abalorios adosados al negro sombrero. Hablé en inglés, para sorpresa del capitán (bailarín derviche) y de mi amigo el cocinero (la tía golfa) que esperaban un discurso en patois de barataria o en francés. Había tomado diez lecciones por TV y semanalmente leía el “Daily Telegraph” que me dejaba un amigo celador del “British Council”. Mis peticiones aparecieron esa misma noche en las noticias en Europa y Estados Unidos, porque uno de los supermanes lo captó con su móvil, filmando a escondidas desde una esquina de su capa.
He visto copias de mi discurso y me siento orgulloso de mis palabras. Mencioné como no éramos criminales, sino Robin Hoods del Índico, y con el pequeño rescate que cobraríamos, se beneficiarían miles de habitantes del desierto que carecían de agua, comida o de una simple bicicleta, aunque mucho mas se beneficiarían los intermediarios, abogados, periodistas, políticos y antiguos lobos de mar, que estarían en las noticias día y noche.
Fue una operación rápida, porque cuatro de los marineros tenían pasaporte de Liechtenstein. Una semana más tarde estaba en Bilbao, una vez mas con mi normal traje de txikitero, haciendo el periplo que tradicionalmente hacemos náufragos y sobrevivientes marinos. Nadie se percató de que por unos días yo había sido el jefe de los piratas. De hecho, fui el único del buque que celebró a todo dar el Halloween por aquella semana entera, en la que adquirí gusto por el ron, bebida tradicional de mis nuevos amigos. Recomiendo encarecidamente a mis conocidos en Bilbao ir de vacaciones a las Islas Seychelles llevando ropa adecuada. Uno nunca sabe cuando el romance o la aventura tocan a la puerta.
