La Poesía es un Arma Cargada de Futuro
Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta. Gabriel Celaya. Nació en Hernani en 1911 y murió en Madrid en 1991. Perteneció a la llamada Generación de la Postguerra. Es uno de los máximos representantes de la poesía comprometida. Viví unos años (los años dorados) en la Residencia de Estudiantes en Madrid donde conoció a Federico García Lorca y José Moreno Villa. En 1946 fundó la colección de poesía “Norte”, que pretendía ser un puente con la Generación del 27.
Escuetamente y a grandes rasgos esta es una descripción somera de la vida de Gabriel Celaya. Pero fue mucho más y por supuesto, lo sigue siendo. Porque Celaya es la Palabra, así con mayúsculas, con la que se pueden derrotar las armas. Porque era consciente del poder de la poesía y lo utilizaba. Porque sabía que la única arma efectiva era el verso, y los cargaba de Palabras. Porque el sentido estético de sus poemas quedaba en un segundo plano, exaltando el significado, cargado de razón. Porque tenía conciencia.
Que difícil es entender los duros años de la España de la postguerra sin los poemas de Celaya y por la misma razón, que difícil es escoger un solo poema para exponerlo aquí, descarnado. No sé si será el más representativo, pero sí el que lleva en su interior más carga de intencionalidad. Disfrutadlo.
La Poesía es un Arma Cargada de Futuro
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
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