La Tía Clara
Aunque no entendía muy bien qué ocurría, estaba tan excitada como mis padres.
Si ellos hablaban, yo hablaba. Si sonreían tras un comentario, yo sonreía. Si reían tras una anécdota del pueblo –para mí un sinsentido-, yo reía. Incluso mi madre me contagió sus lágrimas, a pesar de intentar ocultarlas tras el grueso álbum de las fotografías gruesas y ocres. Cuando vio mi lloro, me abrazó con fuerza susurrando: “no, Clara, cariño… No llores. Hoy es un día grande y feliz”.
En aquella época mi madre lloraba mucho. Lo recuerdo. Yo también, pero los míos eran sollozos provocados por las rabietas o las caídas propias de la infancia y, casi siempre, terminaban en hipo. Mi madre lloraba en silencio, por pura tristeza, por desolación… Por eso lo de “llorar por felicidad” no podía comprenderlo.
Por primera vez, fui al aeropuerto. Me sentía muy pequeña viendo esos enormes aviones y me sentía muy sola entre tanta gente con maleta. Agarraba la mano de mi madre como si me fuera la vida en ello, pero mis padres, lo notaba, no me prestaban atención. Clic, clic, clic. Se levantaba mi padre y volvía a sentarse inmediatamente. Clic, clic, clic. Mi madre levantaba la cabeza esperanzada, pero no leía lo que quería leer. Clic, clic, clic y una voz metálica resonaba, ininteligible, en toda la enorme sala.
De repente mi madre, y yo con ella, atada a su mano, se levantó y echó a correr entre gritos hacia una señora que no se parecía en nada a la tía Clara de las gruesas fotografías ocres. La tía Clara, me contaron mis padres de camino al aeropuerto en el “850” (convertido en piezas años más tarde por mis primos), venía de un lugar lejano y, por lo que decían en casa, más hermoso, más limpio, más alegre y más mejor que el nuestro. Y con más “libretad”. Eso es lo que yo entendía. Pero la Tía Clara del aeropuerto no parecía distinta a nosotros: soltaba tantas exclamaciones como mi madre. Se abrazaron y me quedé sin su mano protectora. Lloraban las dos. Mi padre, distanciado unos pasos, también lloraba. Nunca había visto llorar a un hombre y eso me superó. Yo también me eché a llorar.
La tía Clara me dio una enorme tableta de chocolate, porque en Suiza también había más y mejor chocolate y mi madre me pidió que le diera las gracias con un beso, añadiendo “te llamas Clara por ella”.
Pasamos unos días - ¿cinco? ¿Ocho? ¿Dos semanas?, la medida del tiempo infantil no es la misma que la de los adultos- con la tía, en casa de otros tíos, en el pueblo. La recuerdo escribiendo cartas, atendiendo algunas visitas o contándonos historias.
Recuerdo la despedida.
-¿Porqué vives tan lejos, Tía Clara?
- Porque soy roja y feminista y masona y liberal. Porque pedí que la mujer pudiera votar como los hombres y que trabajo para que la Historia reconozca a sus grandes mujeres, olvidadas. Porque no quiero que otras, no tan célebres, pasen con pena por esta corta vida. Porque creo y manifiesto que la república es la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos. Por denunciar torturas, violaciones y maltratos. Porque Franco asegura que he atentado contra el honor. Porque me llamo Clara Campoamor.
No la entendí y no volvió jamás.
Hay cosas que sigo sin entender ahora
