Marcos Quiere un Café
Se estaba despertando el sol. Lucía se levantó de la cama sin energía, como todos los días desde hacía dos meses. Los niños seguían dormidos y Lucía confiaba en que no se despertaran hasta su segundo café. La casa estaba totalmente en silencio y se oía el trinar de los pájaros del parque. Lucía abrió balcones y ventanas. Desde los balcones se divisaba el parque de El Valle, que se desperezaba con tímidos rayos de sol, que iban iluminando los rincones y el espacio abierto de la fuente todavía dormida, sin brillo de agua. Las cancelas cerradas con candados guardaban celosas el orden pacífico y sereno de plantas y palomas, de los senderos entre los setos y la quietud un poco triste de los columpios sin niños.
Con la taza en la mano Lucía contemplaba la paz del parque, que alcanzaría a durar acaso una hora más, hasta que vinieran los mozos del Ayuntamiento con sus tareas de mantenimiento, las madres con sus cajitas de zumo y sus galletas, y los niños con sus mocos de primavera. Pronto los bancos del parque estarían ocupados también por borrachos sin otro destino y otro sentido que la próxima caja de tinto. Novios principiantes que hacían novillos buscarían los rincones más escondidos, y los jubilados repetirían el sitio de ayer tras pasear sus perros rechonchos, diabéticos y aburridos.
Todo era igual que las primaveras pasadas, pero Lucía otros años no envidiaba a madres y a críos, a jubilados y adolescentes encendidos, a los mozos del Ayuntamiento con sus trajes fosforitos y hasta los pordioseros borrachos, pestilentes y peludos que se lavaban en la fuente cuando sabían que los del Ayuntamiento ya se habían ido. Imaginaba que ninguno de ellos cargaba con una tristeza tan profunda como la suya.
Lucía conectó el portátil que estaba instalado en una mesa junto a un balcón. Lápices, plumas y bolígrafos permanecían ordenados sobre la mesa en preciosos botes de cristal y Lucía los miró con gran melancolía, porque dos meses antes con sus sobrinos en casa los lápices estarían desparramados por todos lados y los botes vacíos, pero los niños, de pura confusión y abatimiento, habían perdido todo interés por desordenar la mesa de su tía y andaban cada día por toda la casa respetando cada objeto, cada cosa.
Lucía dio un repaso a los diarios en Internet con su segundo café en la mano. Leía sin leer, dejándose llevar simplemente por la rutina de tantos años de estar siempre al día. Lucía era periodista
De pronto Marcos apareció por el pasillo con un bote de café en la mano.
- Buenos días Marquitos.
- Tía Lucía, quiero tomar café.
- ¿De dónde traes esa idea?, eres demasiado pequeño para tomar café.
- Mi padre decía que lo mejor que hay para tener una buena mañana es tomarse un buen café.
- Pero Marcos tú tienes cinco años y los niños con cinco años no toman café.
- ¿Y qué tienen que hacer los niños de cinco años cuando no tienen buenas mañanas?
Lucía contuvo el llanto y abrazó a Marcos, lo tuvo un largo rato entre sus brazos y después le contestó que algún día dejaría de echar tanto de menos a sus padres y en lugar de ello, tendría un espacio tremendo en el corazón lleno con los besos de los dos, que le acompañaría para siempre.
- Ahora - le dijo - estás triste, pero ya ves, yo me he tomado ya dos cafés y sigo triste todavía, pero te prometo que se irán los fantasmas negros de tu cabeza y tus padres irán siempre contigo a todas partes, con mucha alegría y no con tanta penita como tienes ahora.
- Y si no te mejora la mañana, ¿tú por qué bebes dos cafés?
- Es una costumbre tonta que tenemos los mayores, además, me sirve para despertarme.
- Pues yo también quiero despertarme y dejar de soñar con el coche roto que se llevó a mis padres. Seguro que si tomo mucho café me despierto mucho y ese sueño se va de mi cabeza. Tía Lucía, quiero que me des mucho café, el abuelo ha dicho que ésto es un mal sueño para toda la familia y yo quiero despertarme antes que nadie.
